He decidido dejar el móvil tranquilo mientras la máquina inicia su empuje suave través del túnel. Abro bien los ojos y me estremezco. Desocupar la mente por unos instantes es tan insólito que parece en sí una aventura.

El volante corrige solo la dirección, en giros
imperceptibles y secos, y yo me recreo de haber soltado las manos y comprobar
que no me necesita. Enseguida la espuma se deshace en columnas de algodón,
resbalan dulcemente y me dan su despedida. Antes de que el cristal recobre del
todo su transparencia, dos cilindros retumban en los laterales y se acercan
intimidantes y oscuros. Me sobrecoge su volumen y su giro enloquecido, apenas
puedo adivinar dónde empiezan y dónde acaban pero ya están encima de mí,
precipitando sobre el parabrisas una lluvia de monzón asiático que amenaza con
anegarlo todo.

El cielo se ha cerrado por completo aquí en Kerala y la
lluvia es tan apretada que entorno los ojos y encojo los hombros sin querer. La
gente atraviesa delante de mí envuelta en telas de colores vivos, caminan
encorvados con una mano en la capucha y otra en el manillar de sus endebles
bicicletas, tan frágiles frente al empuje del torrente, absurdas sobre el
camino borrado por el agua.
De pronto, la lluvia se debilita y se hace finísima sobre el
cristal, las gotas hacen dibujos tenues con su impronta diminuta. Me fascina su
delicadeza. La gabardina inglesa se me está calando sin que me dé cuenta y la
gente cruza las calles de este Londres gris con el gesto grave, sin reparar
demasiado en la lluvia que les pega el pelo a la cara. Es agradable avanzar
despacio entre la niebla que no deja adivinar del todo la silueta de las cosas,
que te palpa la cara y te invita a imaginar una distancia mullida y húmeda
entre las personas, un mundo emborronado y amable.

Finalmente es el turno de una cima perdida en la cordillera
del Himalaya. El viento comienza a sonar como una exhalación rotunda en el
Annapurna, es la respiración grandiosa de la cumbre. Retumba en la cabina y
esparce las últimas gotas sobre el parabrisas, recordándome lo pequeña que soy
frente a este viento que afila la roca desde hace millones de años. Me
sobrecoge saberme a ocho mil metros sobre el nivel del mar, en esta nada
resonante, sin un solo ser vivo a mi alrededor. Mis respiraciones están
contadas y mi vida resulta efímera delante de esta dorsal de roca que se formó
hace millones de años y seguirá silbando cuando yo desaparezca.

Mientras lo pienso, las últimas gotas del cristal se han
hecho ya tan pequeñas y frágiles como mis pupilas, que tiemblan al salir de
nuevo a la luz.
Han resistido un viaje alrededor del mundo en dos minutos.
El chico del lavadero aparece de nuevo en su mono amarillo y
me da indicaciones para que aparque a un lado. Mientras me ayuda a poner de
nuevo la antena de la radio, yo me muerdo el labio y me digo si no le compraré
otro ticket. Resulta sorprendente que solo cueste seis euros. Eso sí: hay que
resistir la tentación de estar toqueteando el móvil.
Olvidamos a menudo que el
señor Google lo creó uno de nosotros, los humanos: tenemos un portal de búsqueda en
nuestra imaginación, solo hay que acordarse de usarlo de vez en cuando.