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“Sí, allí es, en la calle sin
salida”
La mujer amodorrada que atiende el bar me dice que sí, el Centro Ocupacional para discapacitados está cerca, en la calle que no tiene
salida, justo en el punto donde he girado el volante hace un minuto sin
convicción. He salido de la consulta de salud mental para reunirme con la psicóloga que lo dirige pero el edificio se encuentra donde no se mira. Lo levantaron al borde de un descampado marchito en el barrio de vivienda social, entre las
matas secas que se alternan con los plásticos orillados por el viento, donde el
asfalto pierde la nitidez y se imbrinca con el patio deshidratado, la sombra
enclenque de un par de eucaliptos y la silueta del edificio chato color café
que me trae a la memoria mi colegio público de los ochenta.
La brisa de Levante ya se ha
levantado y seca las placas de cartón que los enfermos han pintado. Las han
extendido en la cuneta, es el papel que han reciclado en el taller de
manualidades y enseñan su esplendor como flores planas sobre la hierba. A unos
cien metros de allí, los gritos de un hombre salen de algún bloque de viviendas
y llegan mezclados con el rumor de los chavales que bullen y fuman reunidos en la
entrada. El barrio social está en un extrarradio deprimido y los gritos del vecino que puede estar
borracho, o cabreado, o matando a su mujer por puro hartazgo, pasan
desapercibidos a sus oídos indiferentes, a su gesto abstraído y dócil. Los gritos
son barridos por el Levante como un elemento más de su paisaje diario, no menos corrientes que las placas de papel reciclado que tiemblan bajo el mediodía de
junio. El tiempo se remansa en los escalones y ellos enseñan una sonrisa
destartalada mientras caminan ufanos, entran y salen del pasillo con un trote
que parece ligero, aunque muchos arrastren los pies, parecen moverse en
zapatillas de estar por casa.
Están en su casa.
La psicóloga, Isabel, ha salido a
esperarme a la puerta y me disculpa el retraso, tiene una precisión de relojero
a la hora de mostrarse agradecida con mi visita. Sin gran ceremonia me enseña
el patio trasero y todas las estancias, pero sus palabras delatan un matiz de
orgullo, “fíjate cuánto espacio tenemos”, se adivina que trabaja justo donde
quería trabajar. Los chicos la respetan sin un asomo de intimidación, conoce
todos sus nombres y se les hace cercana sin empalagos, les incluye con
naturalidad. Desde el comedor me llega el aroma del rancho escolar que humea y
se mezcla con el olor del serrín esparcido por el suelo. Entre la reverberación
de la loza que choca, veo al segundo turno de comida apilar las bandejas con
diligencia. Mientras tanto discurren, ríen o se empujan entre ellos, estallan
en enfados breves, enfados con sordina.
Patricia, la chica que atiendo en mi consulta y nunca me ha visto venir aquí, se entusiasma cuando me descubre salir del despacho y quiere presentarme a su novio enseguida. La psicóloga tiene su misma edad y ha crecido cerca de Patricia desde niña. Compartían aula
en el colegio de las monjas, a pesar de que la epilepsia de Patricia se
empeñara en llevársela entre la clase de gimnasia y la de religión. Ahora
parece más claro el dibujo de su mundo: Isabel a un lado, Patricia al otro lado
de las cosas, pero cuando miro a esta psicóloga austera que se mueve en
zapatillas y camiseta, sé que lleva más tiempo que yo sin sorprenderse de la
suerte que hemos tenido, los de este lado.
A Susana, que también es paciente mía, la
descubro en el aula de manualidades. Al principio no me identifica, pero luego
me da dos besos húmedos en la mejilla y no me suelta de la mano hasta que fuerzo una
despedida. Para entonces ya me ha enseñado el vidrio pintado, las botellitas
rellenas de arena, las piedras de colores y la serpiente de cartón, “témperas,
témperas” es todo su vocabulario. Antes me ha dirigido a una esquina donde ella
sonríe junto a los compañeros del centro en una foto montada sobre un marco
reciclado. “Mira”, repite, “¡mira!” y tengo que sonreirle a los ojos para que
se crea que sí, que me he dado cuenta, ella es una más entre los 45 amigos que
ha encontrado en el centro. Y ese calor, esa presión de su palma contra la mía,
será lo más auténtico que me regalen hoy, tiene más verdad que la caída del
Ibex, el resultado electoral, el Brexit, la última reunión de la troika o las cifras de la
última encuesta de población activa.
Un minuto antes, Isabel me
explicaba que les cuesta cobrar las ayudas de Bienestar Social y que los
bancos, esta parte la mencionaba sin dramatismo, parece que no quieran darles
crédito porque recelan del gobierno. Hablaba secamente y
no perdía la sobriedad del gesto, como todos los que se empapan cada día al
otro lado de las cosas.
Al final de la calle sin
salida.