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Fina tiene la nariz rota. El tabique se desvía hacia la
izquierda donde la piel dibuja una antigua cicatriz. Cada vez que hablábamos
del asunto, mis ojos se iban siempre a este punto de su cara. Debajo de ese
trozo de piel tersa sonaba para mí le estruendo de bártulos cayendo al suelo,
estanterías de formica haciéndose pedazos bajo su cuerpo arrojado, puertas resquebrajadas. Un empujón
más y no quedaría ni un mueble en pie en esa vivienda de protección social donde intentaba tirar adelante.
“Llora ella. Llora él. Mis padres se han pasado la vida
llorando”. Adrián, el mayor, había empezado a darse cuenta a los trece o catorce. Así
lo había declarado al Juez en la primera mañana del proceso que sentenció una orden de alejamiento. Ahora tenía veinte años y
fuerza para defenderse de su padre cuando estaba bebido, pero ya no le hacía falta, simplemente había huido. “Sí, quiero que mis padres se separen y que él no la busque”, anotaría el
sercretario del Juzgado número 4.
Fina tiene los ojos bonitos. Es el segundo lugar donde uno
la mira cuando habla, o cuando llora, que es casi un sinónimo para ella. El
iris cambia de color con la luz, parecían azules con el neón del hospital, pero
en el despacho del centro de acogida han virado a un verde fango con vetas
azuladas. Y esa cualidad magnética de la mirada se convertía a menudo en
perdición, sentencia, veredicto. Seducir lleva pena mayor, puta rastrera te
mato, y mirar se convierte en un gesto de bueyes, en una cosa más que esconder
detrás de la barra que atiende en el bar Levante. Pone los ojos bajo sus manos
pequeñas, hechas a la pila de fregar y al hábito del temblor.
Mi despacho en el centro de salud mental no tiene barra ni
muebles astillados, pero Fina no podía evitar sentarse y plegar los hombros
hacia abajo, se quedaba ovillada en la silla como si esa fuera la posición que
quedó tras la última paliza. Parecía una gata disimulando la tensión de sus
músculos, la crispación controlada en cada uno de sus movimientos. A la tercera
visita, desistí de recordarle que nadie sin mi permiso entraría por la puerta:
Fina la vigilaba detrás de sus palabras y siempre parecía preparada para huir.
“Sueño con un cuchillo clavado…”, me adelantaba en un
susurro, inclinándose hacia delante para que la oyera. Eran los primeros días
en el centro y Fina recuperaba el sueño poco a poco, aunque tuviera que volver
a casa en sus pesadillas. “…que me despierto dentro de un ataúd”, continuaba
mientras yo me inclinaba también para recoger sus frases susurradas, intentaba
hacer algo con ellas. Las dos sabíamos que nada era suficiente para protegerla.
Su verdugo seguía andando por las galerías de su sueño, ahora que no tenía que
dar cabezadas en el baño porque su marido guardara el cuchillo debajo de la
almohada. “Pero no quiero que le encierren”, insistía, y en ese momento yo ya
me había ido a la primera noche, cuando me llamaron al hospital de urgencia y
les vi allí juntos, él atado a la camilla y ella acariciándole en un mar de
lágrimas, “tienes que curarte mi vida…”, una ternura tan de veras como su soga
echada al cuello, porque eso es lo que siempre las mata.
Hoy he sabido que Fina no está en el centro de acogida. Por
la mañana, su habitación estaba vacía y era una ausencia que palpitaba en el
aire, un vuelco en el corazón de su compañera cuando ha ido a despertarla y
sólo ha visto la cama hecha, las mantas dobladas sobre la mesa con un cuidado
que era su delicada despedida, un adiós profundo y triste, como lo son sus ojos
de color musgo y color cielo, cambiantes con la luz pero siempre inclinados, un
azul claro en el neón del hospital, un verde fango con vetas azuladas en el
centro que ahora ha dejado.

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