domingo, 22 de marzo de 2020

Covid 19. BITÁCORA DE UN MUNDO REINVENTADO. Capítulo 4





Viernes 20

Como soy la única que sale, me hago polivalente: saco a la perra y preparo la sopa de pollo antes de irme a trabajar. El resultado de la sobrecarga es dejar la basura abierta con las prisas e invitar a la perra a un festín; mi marido amanece con cabezas de pescado hasta en el sofá del salón. Como está ensayando un nuevo budismo zen, sólo recibo una sonrisa con la descripción del desastre.

Una amiga anestesista ha sacado sus gafas de buceo del altillo. Su hospital, en Albacete, ha poblado mis pesadillas, pero le doy a la llave y arranco sin saberlo. En el primer semáforo un  chico cruza con gafas de natación y me la recuerda, la cara de mi amiga salta a mi parabrisas como un peatón atropellado. Albacete está a 140 km y ya tiene dos plantas monográficas para el virus. La urgencia la tienen llena de gente que boquea. El miércoles lo compartí en el equipo y creé un silencio en el chat, una parálisis dilatándose lenta como el hongo de una bomba atómica.

Enciendo el ordenador con el guante, repaso el teclado con la gasa empapada y ataco el teléfono, me cuelo en la angustia con sordina de mis pacientes. Me sobrecoge su valor. Aldo ha pasado de víctima a cuidador y se desgañita con su madre, vence su agorafobia y le trae el pan, la verdura, las medicinas. Se siente útil por primera vez en años. Floren me cuenta cómo le organizan el día desde el CRIS, le han mandado un cuestionario, su whatsapp no para y está mucho en la cama, pero no se aburre. Destaca cómo el ayuntamiento les lleva el pan, les saca la basura, ya no me llora por el último chico que le partió el corazón.  Le va diciendo a su madre mis instrucciones según las oye: separar toallas, vajilla, repasar los tiradores de los cajones... Antonia, la madre de la anoréxica que nunca viene, disimula el pánico delante de su hija y le sorprende estar positiva, “esto es una guerra de la salud ─aclara─, ¿qué le vamos a hacer?”

“Ya es oficial, nos tenemos que ir”. En el centro de salud son las dos y pico y Luz está frente a mí con su mascarilla. Les llaman grupos de contención, la mitad en el frente y la mitad en la retaguardia. Me siento impelida a largarme como si hubiera aviso de bomba, luego le pregunto si puedo acabar las llamadas y me tranquiliza. Sus ojos no llevan pánico, tampoco nostalgia. La miro y me pregunto por qué no sabe lo mucho que la echo ya de menos. Siento que no voy a volver a verla, como si estuviéramos en un andén lleno de convoys militares. Me limito a sonreír con los ojos y ella se encoge de hombros, esos dos metros entre nosotras son de una sustancia espesa.

Por la tarde las cookies de Rocío y su insistencia en comprar pepitas de chocolate y harina. El viaje a Consum es baladí, pero al menos traigo pan. En la cola hago una sesión a cuatro bandas con mis amigas. Me entero de que una ha sufrido una crisis de ansiedad al bajar a la farmacia, la mascarilla le ha recordado los meses que despidió a su padre en Clínico. Alabamos cómo mantiene a raya la tristeza. Después le sonreímos a la que tiene al marido trabajando en la UCI y duerme en el cuarto de los niños. La cámara enseña sombras en su cara y todos los ángulos del cansancio. En nuestro gesto de asentimiento está diluida la angustia, no debe llegar al recuadro de la pantalla.

Y en los audios del amigo que pelea contra el virus en el hospital hay un timbre algo más fuerte, un poco más de fuelle desde sus pulmones infectados. Si el efecto viene de la cloroquina o de mi deseo de oírle mejor, todavía es una incógnita. Lo imagino lejano como un astronauta, mirando las rayas de la batería que le queda en el móvil y rodeado de gente plastificada que lo asiste como a un cobaya.

Sábado 21

El tiempo corre despacio y es como una lupa de aumento, pone en primer plano las cosas pequeñas. Ayer la niña filmó una cotorra de cuatro colores posada en su barandilla. Como todos los vecinos, el pájaro buscaba también el contacto con los extraños. A través del cristal tuvieron varios minutos de conversación que la niña ya añora. Cuando volvió con el pan la barandilla estaba otra vez desierta.
Yo también atiendo a lo mínimo, al segundo plano. A primera hora saco a la perra e intento emular a Jep Gambardella. Voy a la caza de la belleza en esta ciudad que podría ser la Roma deshabitada de las secuencias que filmó Sorrentino. Sus gloriosas madrugadas después de la farra quedan lejos de estas calles. No paseo entre palacios de piedra, simplemente por una ciudad espantada de provincias.
Me sitúo en el centro y fotografío el asfalto de los cuatro carriles en Botánico Cavanilles. En una ruta azarosa por la mediana de Blasco Ibáñez descubro que la Atenea de la avenida (Leyenda: Patria y Estudio) fue elaborada por Lladró. La firma del autor (Roberto Roca) está borrada por medio siglo de lluvia. Hemos saltado los setos para ver la estatua de cerca. Una bandada de palomas toma el espacio como un banco de peces de vuelo raso y su encanto se desvanece pronto, como una pompa de jabón.
También rastreo la belleza del parque desde las rejas. Pasamos el hocico por toda la valla y envidiamos a la colonia de gatos que se ha hecho la propietaria del parque. En el recodo junto al museo nos miran pasar con el desdén de poetas románticos. Ocupan los bancos de piedra y las fuentes secas con una nueva altivez y desafían a la perra con mirada de ganador. Noa copia un instante su inmovilidad y se hace de piedra. El azahar de los naranjos nos llega en este tiempo de fallas sin fallas y no encuentra límite en su cadena de contagio.

Gambardella aspiraba a escribir una novela sobre la nada. Citaba a Flaubert, que fracasó en el intento. Ojalá pudiera yo con el reto. Quizá la Nada con mayúscula sea esto. Un océano entero en retirada, un fondo de mar deshidratado por el que deambular sin ruta.

“Siempre se termina así ─concluía el protagonista romano─, con la muerte. Pero primero ha habido una vida escondida bajo el bla-bla-bla. Todo está resguardado bajo la frivolidad y el ruido: el silencio y el sentimiento, la emoción y el miedo. Los demacrados e instantáneos destellos de belleza (…) Todo sepultado bajo la vergüenza de estar en el mundo bla-bla-bla”

Vuelvo a casa y asisto a mis maniobras de higiene preguntándome si las palabras del italiano me otorgan una nueva fortaleza o ya estoy sucumbiendo a su nostalgia.

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sábado, 21 de marzo de 2020

Covid 19. BITÁCORA DE UN MUNDO REINVENTADO. Capítulo 3



Lunes 16

Primer día de confinamiento y calles por fin desiertas hasta el centro de salud. Sonido del día: el cacareo de la gente en la cola del Consum, plantada bajo mi despacho médico. Todos critican a los saqueadores del sábado, pero nadie confiesa su propia gula. Imagen del día: el mostrador desierto, dos bancos vetados de cada tres, la celadora con tres cajas de mascarillas quejándose de que no se sirven ya más. Silvia, la nueva enfermera, habla de cómo el planeta nos castiga. Sus ojos sobre la mascarilla son más soñadores que antes. Sufro por su desazón, ella que no tolera ni un jersey de cuello alto ahora siente que se ahoga. También la sofoca la orden de quedarse en casa la semana que viene “ahora que nos necesitan tanto”.

Las voces entre nosotros han cambiado bajo la profilaxis, pero no es por la celulosa desechable: es el lugar desde el que hablamos. Hay una sacudida nerviosa en nuestras risas comunes que antes no estaba.

El teléfono colapsado y la chica del brote. Escupe unos granos negros, como de pimenta, y asegura que son el Covid. Como no hago nada frente a un teléfono que no funciona dejo el despacho y me voy a su casa. Ya no hay SAMU disponible y será un Trasporte No Asisitido, los ambulancieros bullen inquietos frente al portal porque no he llamado a la policía. Tampoco están acostumbrados a la mascarilla ni a mí, la enfermera los ha calmado antes de mi llegada. La chica accede enseguida porque quiere que se le haga la prueba hospitalaria. Cuando se despide de sus pequeños, la emoción se nos agarra a la garganta como un garrote y se mantiene durante los siete pisos de ascensor. La mamá se va al hospital pero no hay palabras para que los niños entiendan el motivo.

Por la tarde una siesta espesa, como de caramelo derretido, con un sueño iluminado en amarillo donde mi abuela Gregoria conoce a Rocío, o Rocío la conoce a ella y me hace feliz porque la quiere como a su yaya.

Y por la noche una sesión de cine ectópica por ser lunes en la que yo me voy la primera a la cama. 

Martes 17

La relajación. O mi sospecha de la relajación. Más bien mi miedo. Gente por la calle a las ocho sin mascarilla, sin gestos nuevos, sin alerta. Al menos parece que ya no hay paseos de perro largos ni en parejas. 

El día es otoñal y castiga el ánimo, pediría el recogimiento si no estuviéramos todos atravesados por el cable del virus. Por la autovía Los Secretos en Spotify, que me deslizan a los Hombres G. Revisitar canciones de la adolescencia a los cuarenta tiene su hondura, se descubren capas ocultas. David Summers conjuraba su rabia de onda corta con polvos pica-pica, mientras los grupos trash de mi hermano emitían consignas asesinas. Diferentes puntos en el espectro de la ira. Suéltate el pelo es una invitación a perder la virginidad y yo no me enteraba a los quince, sólo bailaba en la pista hasta el desaliento. Avanza mi nostalgia de un pasado que se precinta más rápido de lo asumible.

Por la mañana dos pacientes y diecisiete intervenciones. El teléfono es un hilo con los hogares, un periscopio privilegiado. Todavía no hay grandes batallas entre las cuatro paredes. Los neuróticos se portan muy bien, saben apartar lo superfluo y hasta se liberan de sí mismos. Los psicóticos sólo temen que el tabaco se acabe, a ellos no les tiene que pasar nada. Me conmueve que sólo teman por el trankimazin y por la salud de sus médicos. Tabaco, pastillas y nosotros. Imagino que ese es el orden, su verdad entre líneas.

Miércoles 18

Un sol que se levanta como un ojo castigador, un disco incandescente que no tiñe las nubes. La mañana empieza en el esqueleto de la ciudad, calles que sólo pertenecen a las patrullas y a los que levantan contenedores desde su bici y no conocen más mandato que la miseria. Día que empieza lánguido y acaba con la ovación de las ocho entre himnos patrios: España, Per a ofrenar y I will survive. Tres niveles de identidad en la misma calle. Amores que van de balcón a balcón “te quiero tía…” en una voz infantil con manitas agarradas a una barandilla, vecinos que se retan al veo veo y hacen reír a Rocío. La niña se empeña en tirar la basura conmigo, somos dos furtivas bajo el canto melancólico que oímos estos días en el árbol sobre la verja. Un pájaro (¿el mismo pájaro?) que Rafa tenía fichado cuando pisaba el parque a las seis de la mañana y luego parecía enmudecer con el bramido del tráfico. “Los pájaros están alegres”, dice la niña. Los humanos estamos en silencio, pienso.

Las manos han aprendido ya una nueva gravedad, son un arma letal, flotan alrededor de mi cuerpo y le han traspasado al codo y la rodilla sus destrezas. La limpieza del coche me absorbió antes de arrancar, ansia de volver a subir a por el cubo porque he tocado el tirador de la puerta del garaje, también he olvidado repasar el mando. Es agotador ser un TOC. Imposible esquivar los fallos de estrategia, hay que asumirlos, darle a la llave, desconozco cómo van los soldados al frente, me vendría bien una arenga y tengo que mutar en general y dármela yo misma. “Rosana, arranca y no enloquezcas”.

En la consulta, un compañero nos llama pijas por descartar ya las mascarillas que usamos hace cuatro días. La enfermera que hizo bolas de navidad para la sala de espera ha cosido creaciones propias y tiene la mesa llena de telas para elegir, a la mía sólo le falta un pespunte. He optado por una tela lisa anticipando los lejiazos, pero luego me siento cobarde por descartar las más bonitas. ¿Cuándo tiré la toalla? Me he despedido de la estética. Ya no me maquillo porque se queda todo en la mascarilla. Pienso en ello mientras inicio en el baño una tragicomedia con los guantes, nadie me dijo que había que quitárselos antes de bajar las bragas. Me río de mi desgracia yo sola y compadezco a los que esperan de mí un gran sentido común para arreglar este desaguisado.

En el equipo hay un ánimo más calmado, más de ejército que acata y no piensa. Otra doctora tiene que hacer un informe para que la madre de un psicótico recupere a su hijo del extranjero, por ser español lo tratan como apestado. Un neurótico recalcitrante aparece en la consulta de mi vecina y recibe una reprimenda. Nunca la había oído tan enfadada. La doctora acababa de telefonearle para que no viniera, pero él no puede mear. Hablamos de los delirios místicos por venir (Noé, el Apocalipsis, el castigo de los infieles) y descargamos un tono de chanza que nos alivia, pero no más allá de lo que haría un remedio casero a base de melisa y parsiflora. Lo más divertido es descubrir que ya hay quien atribuye la pandemia a la exhumación de Franco.

Abajo, en Primaria, han presenciado ya varios psicodramas. Trabajadores municipales que se niegan a limpiar las calles alegando ser “de riesgo” y piden bajas. Un señor que aseguraba haberse quedado enganchado levantando una bombona y su jefa misma presentándose en la consulta para calificarlo de farsante. Las residencias de ancianos los mantienen en vilo a todos, pero prefiero callar. Me he propuesto hacer las preguntas justas, omitir lo que sé y es oscuro, filtrar sólo el humor y el afecto. 

Todos se funden en una larga discusión por el mejor meme, el del perro agotado o el del hombre que bala como una oveja. Hace falta una sesión clínica para decidirlo. La del viernes promete, su título reza “Cómo afrontar el Coronavirus y no morir en el intento”. Luz nos enseñará su pret á porter a base de gafas de buceo, bolsas de basura y guantes de fregar, disponible en varias tallas y colores.

Jueves 19

Día festivo que disimula el silencio rotundo de las aceras. Dejo que la perra me guíe, al menos se merece el capricho. Damos con nuestros pasos sobre las vías del tranvía y su hocico explora los raíles que pronto dejarán de estar gastados. Me vienen secuencias apocalípticas a la cabeza, si no levanto la mirada de los zapatos puedo imaginar una ruta sin fin a lo largo de una vía poblada de maleza.

Se acerca un vagón fantasma y bajan tres personas con mascarilla. Un fotógrafo brota de la nada e hinca la rodilla en el suelo con flexibilidad de bailarín. Cuando termina de disparar le confieso que yo también hago retratos con palabras, que fijar imágenes ayuda a lidiar entre la realidad y la irrealidad. Me toma por escritora y no lo desmiento. Él trabaja para el Arzobispado, va a cubrir la misa de San José a puerta cerrada. Me alarga una tarjeta que vacilo en coger, “no lo llevo ─añade al percibir mi miedo─, tengo tres niñas en casa”. No le corrijo el malentendido, tampoco me atrevo a decirle que introduzca él mismo la tarjeta en mi bolsillo. Me alejo pensando que el virus en el cartón durará 4 días y ya ansío el momento de llegar y lavarme las manos. 

A las dos las azoteas braman, la mascletà vecinal tiene mimbres caseros: cacerolas, silbidos, patadas y descargas sobre todo tipo de artillería doméstica y resonante. Es la última, la de San José. Alguien me confiesa que la falla del Ayuntamiento (Açò també passarà) ha sido quemada sin aviso previo y de madrugada, como un rey apestado. Siento una punzada melancólica y pienso en Escif, el artista que la ha creado y que ya estará dando forma a todo esto con una nueva entrega de arte urbano.

Después se convoca sesión de música en los balcones y la novedad atrae incluso a la perra, que ladra al trompetista de enfrente. Los americanos están sacando las escopetas contra el virus. Nosotros los clarinetes, violines y trompetas: no sabía que en mi calle vivieran tantos músicos. Alan, el del segundo, me guiña el ojo. Me pregunto si en Dinamarca están haciendo también esto. Ayer vi a su mujer trajinando con el cubo en la galería y tuve el impulso de llamarla para charlar. No sabía de qué. Del suavizante que usa. De las bolas de los calcetines. De lo que sea.

Por la noche decido esconder el móvil, me tiene secuestrada. Cuando Rocío lleva un rato disimulando que se deja ganar a las cartas suena otra vez y es la mujer de un amigo que lleva nueve días con fiebre. Mi latido se desordena, efectivamente lo han ingresado. De 37 a 39 cuando ya parecía amainar la cosa. El virus tiene un comportamiento muy cabrón. Me pide que le mande un audio de tranquilidad y yo araño las palabras que se pueden embutir en el émbolo de un sedante aéreo. 

Todo es aéreo estos días, la vida y la muerte, la guerra y la paz.


COVID 19. BITÁCORA DE UN MUNDO REINVENTADO. Capitulo 2



Viernes 13

La mañana en el centro de salud había sido fantasmagórica. Nadie se acordó de que era viernes 13, pero esa misma tarde se declararía el estado de alerta. La sala de espera era una hilera de sillas de plástico precintadas y clavadas en la retina como ojos acusatorios. La entrada estaba poblada de carteles que rezaban “no se apoye en el mostrador”. La chica del pródromo psicótico había dormido con dos cuchillos bajo la almohada, conocía la cura contra el virus, pero sólo pude calmarla telefónicamente. Todas las visitas fueron a distancia, salvo las de primera hora, que venían de Madrid. Les alargué las mascarillas y les pedí que no tocaran la mesa. Se revolvieron nerviosos en su asiento y acabamos rápido. El paciente estaba mejor que nunca.

Fue cuando la mascarilla se hizo mi segunda piel. Creía que eran un mecanismo de defensa, pero solo son la antesala de la tortura: nostalgia de cuando el aire viajaba libremente por nuestros orificios, nostalgia de una libre movilidad.

Por supuesto, mi sesión sobre tabaquismo mutó en una histérica reunión con chistes malos y miradas recelosas. Todos revolvían con excitación las cucharillas del café, nadie se acordaba de marcar la distancia de seguridad. “Los madrileños son muy exigentes, nos van a pedir que vayamos a verlos a casa…”. La sala de reunión tenía era un extraño merme, un estrechamiento abrupto de trinchera y nadie quería estar en el pellejo de los que harían la guardia ese fin de semana. Una confusa conmiseración por el compañero de límites borrosos, dirigida hacia dentro y afuera. Solidarios e hipervigilantes, ociosos y desconcertados, a las once olvidaríamos las mascarillas y los turnos y nos volveríamos a meter en la salita para el café de las once. Necesitábamos ese café de las once. Como el beso de Candela, como la dosis que se conceden los yonquis antes de la desintoxicación: tomamos el último respiro de los de antes y seguiríamos en contacto por el chat todo el fin de semana; había que redactar protocolos, debatir sobre el ibuprofeno e incluso ultimar un bando para que la alcaldesa difundiera por el pueblo.

Cuando llegué a casa, mi hija se hacía selfies con la mascarilla puesta y se demoraba en elegir la que más le destacaba los ojos verdes sobre el material quirúrgico. Mi amiga Sara, desde Berlín, mandaba sus ojos almendrados y su mascarilla self made con una sonrisa pintada. Se quejaba de que los alemanes no hagan humor con el virus.

Por la noche, La Grande Bellezza de Sorrentino nos salvó la vida. Ovillados en el sofá, todavía lejos de las esquinas, dejamos que el gran Jep Gambardella nos llevara de la mano por su nostalgia y su resistencia a la nostalgia. Un cielo surcado de pájaros, las risas de unos niños en un jardín o la pureza de las novicias romanas abrían la garganta y despejaban la congoja como caramelos de eucalipto.

Sábado 14, domingo 15.

El estado de alerta y Real Decreto, pero el sábado aún tuvo una marcha festiva. Carcajadas histéricas con los memes más creativos y paseos holgados con la perra, el parque aún abierto y cruzado por gente que se aglutinaba por parejas y se buscaba los ojos, una tendencia que se potenciaría el domingo ante la verja cerrada de Viveros. Complicidad espontánea. Los transeúntes se dicen “aquí estamos, aguantando”. Rocío quiso comprar Nutella, artículo de primera necesidad. Hablaba de sentirse triste al ver cada mascarilla y yo la alejaba de mí cada vez que se acercaba. Cuando llegamos a la puerta del Consum encontramos una empleada en la puerta, como en los viejos garitos nocturnos de moda. Habían sufrido una avalancha por la mañana y ahora se regulaba la entrada, entrábamos por turnos. Yo fui la que le pidió a todos en la fila que guardaran la distancia. Respuestas educadas, tenso civismo entre todos. Las baldas vacías de papel higiénico estuvieron a punto de llevarse una foto, pero la memoria del móvil estaba llena, como las UCIs de La Paz. Confié en mi memoria.
Por la noche, mientras cenábamos, la niña abrió la ventana para que oyéramos la ovación: los sanitarios del país estábamos en la mente de todo el barrio, de todos los barrios. Vecinos de los que no sé ni el nombre, balcones iluminados, gritos. Un cosquilleo en la barriga y unos largos minutos aplaudiendo en los que obedecí mecánicamente.

Siempre supe que hacíamos un trabajo vocacional. Siempre me quejé de hacer un trabajo vocacional. Una tarea que nos fagocita sin dejar energía para la protesta, que no pone el foco en la nómina, sino en algo intangible que se escurre por los ojos de los pacientes. Pero nunca imaginé una escenografía para algo a lo que no sé poner palabras. Cronometré tres, cuatro minutos. Me harté pronto en la ventana, un pudor extraño, quizá un punto de vergüenza. Ahora lo sé: un rechazo inútil a ser protagonista. Cuando cerré el balcón de atrás aún se escuchaba el clamor, llegaba ahogado y sostenido desde la calle Alboraya. No somos estrellas, me dije. Nadie pensó que estaríamos nunca en el centro de tanta gente asustada, pero tampoco apetece que dure la gloria. Me siento como el héroe por error de las comedias baratas, todos los ojos puestos encima de uno que no sabe dónde meter las manos. Las tripas pegadas como el ascenso de una montaña rusa, cuando el trenecito baquetea de forma grotesca, el cielo se proyecta al frente y el taca-taca-taca anuncia que ya no puedes bajar y devolver el billete.

El domingo ya vimos las patrullas doblar por la esquina desierta de Genaro Lahuerta pero no les llamó la atención que paseáramos a Noa en pareja. Circulaba ya el veto por todo el país, las grandes vías ofrecían imágenes aptas para filmar el final del planeta. La niña completó varias rutinas con sus amigas por videoconferencia: tablas de gimnasia, una mascarilla facial casera, cotilleos y risas voladoras que mantenían la misma frescura de antes. Se enseñaron mutuamente el contenido de la despensa. Después vendría la sesión de piano y de cartas, hacia el final de la tarde con abruptos ataques de risa, carcajadas algo febriles que brotaban por un gesto o una frase y nos doblaban un minuto largo. Fue el momento de descubrir los besos en los pies y un momento clandestino en el que nos estrujamos con un almohadón en medio de la cara.

A las ocho nueva ovación en los balcones, esta vez para el personal de los mercados. Nadie imaginó nunca que los currantes éramos los que podríamos salvar el planeta. Aplaudir sienta bien, un momento de evacuación y aire fresco en la cara. Promete rutinizarse. Cerramos la ventana con la conciencia de una necesidad nueva: la de buscar al vecino y compartir su gesto. Y un sentimiento desempolvado y puesto a circular, como las prendas vintage: que todos somos pueblo, una nada amorfa sin los demás. Un todo conectado.

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jueves, 19 de marzo de 2020

COVID 19. BITÁCORA DE UN MUNDO REINVENTADO. Capitulo 1


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Domingo 15 marzo

Mi crónica de la pandemia arranca en el día en que asistí con mi hija a la manifestación del 8 M. La negación es una defensa tan poderosa que tapa de la vista lo que nos inunda y amenaza. Ahora miro las fotos que hice de las niñas alzando pancartas donde se pedía protección y me sobrecoge la paradoja: la violencia estaba ya en el aire, en los gritos, en los abrazos. Violencia espirada. Gotas como balines que dejarían con los días la calle desierta y un sinfín de cuerpos sobre el asfalto.

El lunes 9 mi padre arrastraba un constipado inoportuno y mi visita a su casa fue vacilante, exploración de visu a dos metros y una tos seca que nunca le había conocido, sonaba como la boca del infierno. Sonrisas que no pude devolver y algún chascarrillo fuera de lugar para que yo cambiara el gesto. Indicaciones higiénicas que ninguno tomaría en serio hasta que la televisión lo dijera todo. “Pero hija, ¿tú no te ibas ya?”. Su cerebro tomado por el Alzheimer es un bálsamo envidiable. Horas y horas de telediario y “el ciclovirus ese es un cuento chino, hija”. Reclusión domiciliaria sin dolor porque su secuencia temporal está detenida hace dos años largos, su mañana siempre es un mismo mañana de mesa camilla y telenovelas. El martes ya eran dos picos de fiebre. Tuve que escribírselo a mi madre porque el whatsapp me infundía más valor: mañana llamas al 112. Esa misma noche se suspenderían las fallas, con lo cual nadie podría acceder al 112 al día siguiente. Teléfonos colapsados, instrucciones ansiosas, peticiones inútiles a los compañeros del Clínico y dar por positivo a los dos abuelos. Zona de indefinición. “No salgáis de casa”: la única receta disponible. El jueves les estaría alargando otra mascarilla sin cruzar la puerta.

El miércoles 11 renuncié al autobús y me decanté por un taxi. El conductor bromeó y me mostró la imagen de un Aldi que abría sus puertas a una avalancha. Sólo faltaban dos días para que la escena fuera real en los supermercados de toda la provincia. Charlamos sobre el pánico de las masas. Mi reflexión sobre lo poco preparados que estamos para la desgracia y lo muy inflados que estamos de imágenes apocalípticas le gustó, “Usted y yo deberíamos salir en la tele hablando de esto…” Me hizo confesar que me dedicaba a analizar la conducta y las emociones humanas.
Estábamos a mitad de semana y los audios desesperados de los médicos madrileños ya dormían en la memoria de mi móvil como bombas lapa. Llamé a mi marido con el corazón disparado y me pidió que confirmara la fuente antes de difundirlos. Cuando la familia preguntó en el chat si lo esos lamentos ya virales eran ciertos me recriminó que no los desmintiera, “No debes alarmar a la gente más asustadiza”, ¿y engañarles? En ese instante supe la línea invisible entre estar y no estar en un hospital, formar parte o no de la liga de bomberos de Fukushima. La médico madrileña jadeaba por los pasillos de La Paz sin haber dormido en varias noches. Una voz entrecortada y cargada de indignación se puede fingir en un audio; el miedo de un médico y las expresiones que elige para conjurarlo no se fingen, son el patrimonio íntimo que nos gastamos, la cháchara propia de la salita entre los boxes. Un salvoconducto que todos identificamos.

Le puse uno de los audios de la desesperación a mi hijo de camino al dentista. Una médico de la Paz vaciaba su indignación y su rabia entre los neones de urgencias. Era jueves y le explicaba que su fiesta de graduación no se haría al día siguiente. “No vas a ir, aunque no la desconvoquen”. Yo misma iba a hacer de dinamitera y él no me devolvería la palabra en toda la tarde. Le hice mirar a la multitud díscola y diversa que llenaba las aceras de la calle Ruzafa y le pedí que grabara esa imagen para despedirla. Apenas levantó los ojos de su móvil. Un hijo de diecisiete odia que su madre se signifique y salga de su condición de bulto, y más si se trata de reventar su gran noche. Después de darle el dinero para un taxi de vuelta se bajó sin despedirse y empecé a contactar a las madres de sus amigos. Sólo al día siguiente me daría la razón y sacaría pecho, presumiendo de madurez, asegurando que había estado de acuerdo desde el principio.

Ese jueves la niebla se había instalado en toda la comarca. Yo había dejado el hospital con un pálpito de irrealidad que se materializaba con esa autopista emborronada por la niebla. En un instante se me hizo fácil imaginarme otra vida, otra identidad, otras coordenadas, dado que las nubes habían descendido y borraban el paisaje más allá de la cuneta. Salté con la imaginación a un tiempo sin tiempo y a un lugar sin lugar, como si me viera sepultada al guión de una distopía. Cuando bajé a Noa al parque, las siluetas de los padres con sus hijos se aclaraban poco a poco en la distancia media pero nadie hablaba de esa niebla tan atípica para el mes de marzo. La meteorología es el recurso de los tiempos fluidos, de la sala de espera o el ascensor, de los huecos por rellenar. Sólo alcanzaban a mis oídos frases de una difusa conversación global que comenzaba en mí y se completaba en las bocas de la gente anónima por el cauce del río, “…y he dicho que no voy a la fiesta…”, “…pero si cierran los colegios desde el lunes…”, “…pues no sé qué harán con tanto papel higiénico…”

Noa también había mutado, como las orquídeas. En un momento de tensión, el ser humano vuelve la vista hacia otras criaturas en busca de las respuestas que él no puede encontrar. La perra olisqueaba febrilmente los bajos de los coches y se resistía a entrar en el parque. El día anterior se había meado por los rincones de la cocina. Al día siguiente se desataría del arnés y me obligaría a perseguirla por los setos en una media hora en la que parecimos un dúo cómico (tres veces me tiré en plancha y cuando la atrapé le improvisé una correa con el pañuelo de mi cuello, los bajos de mis vaqueros ya estaban embarrados). Esa fue la tarde del viernes, cuando ya íbamos por los 5200 contagios y los memes en el móvil volcaban su ira hacia los madrileños que invadían Denia o Cullera. La desbandada. Las estanterías vacías de los supermercados. Lo que el día anterior era un drama (la suspensión de las fallas, de la fiesta de graduación, la falta de pruebas o mascarillas…), al día siguiente caía en un olvido depredador.


domingo, 8 de marzo de 2020

Tienda de coral


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Eran pequeños cerebros coloreados: azul pálido, salmón, amarillo azafrán. Los corales estaban en un altillo de la tienda, se veían delicados y luminosos bajo las lámparas térmicas.
Había ido allí con su marido porque el niño necesitaba uno para su trabajo de ciencias y la mujer del mostrador les indicó la escalera con el dedo. De novios también habían frecuentado el altillo de un pub que ofrecía sillones de skay rajados y una penumbra aprovechable, pero el recuerdo de aquella intimidad no le despertó más que nostalgia. Cogió asiento en cuanto coronó la escalera y dejó que él se dirigiera al encargado. Durante cinco minutos, su cuerpo y su dolor sería solo para ella y nadie atendería a la expresión amarga de su cara. El dolor es inevitable, le decía su médica, pero el sufrimiento es opcional. Quisiera verla a ella metida dentro de ese esqueleto en ruinas, con las juntas rechinando a cada paso.

La tarde de noviembre no era otoñal y ella se había preguntado por qué la gente andaba por la calle abrigada a veinte grados. La costumbre, se decía, es más importante que lo que anuncie el parte del tiempo. La costumbre de vivir, concluiría peligrosamente, también podía estar fuera de lugar en su caso; su enfermedad no tenía cura ni causa ni nombre pero ella insistía en seguir viva. Nombre sí, al menos eso: fibromialgia.

Había dejado que él condujera hasta la tienda de acuarios mientras ella desde su asiento veía la noche derramada por la calle, abruptamente estrecha, que daba a la estación del Norte. Una secuencia de solares oscuros con fachadas del Eixample venidas a menos miraba a las vías. Ruzafa se desplomaba por ese costado como los castillos de arena lamidos por el borde; así imaginaba ella su cuerpo y, por extensión, su vida. Imparable lisura. Dolorosa erosión.

Su marido peroraba sobre el experimento del niño y el CO2, se extendía en rodeos, derrochaba energía (una energía que ella quisiera para sí), añadía detalles que al encargado le sobraban: la profesora de ciencias, el cambio climático, la erosión de los arrecifes. Ella también perdía el hilo y paseó la mirada por la mesa donde crepitaban varias piscinas rectangulares: rejillas metálicas sobre las que respiraban los corales variados, sometidos al cosquilleo suave del agua que removía un discreto vibrador. Una congoja absurda la invadió al descubrir su belleza. Criaturas silentes, de una simetría ondulante y diversa. También la belleza podía doler, ¿había algo que ya no le doliera?
Imaginó el celo del encargado con los corales. Contratado en exclusiva para atender la sección, seguramente conocía al milímetro el pH, la temperatura, el flujo concreto al que tenía que conservar sus tesoros. Un simulacro de arrecife caribeño, la misma triquiñuela que anunciaban los pósters de las agencias de viaje: una vida regalada bajo pago a plazos.

Su luna de miel en Yucatán le asaltó en el recuerdo. En la boiserie de su salón asomaba sonriente dentro del traje de novia, la expresión tersa y confiada, la cintura tan flaca que habría que haber calculado la presión exacta de un abrazo. Se le prometieron las condiciones óptimas, una vida de vitrina, el suave arrullo de un oleaje tímido al que llamaría amor.
Un pez plano y elegante sorteó la rejilla del coral y dio la vuelta entre los cerebros delicados, hermosos, listos para el consumo. Naranja con franjas blancas, un pez payaso como el que había visto con su hijo en aquella película de peces donde un padre se fatigaba buscando a su pequeño. El ansia de protegerlo. La derrota de protegerlo. La cadera le mandó un latigazo eléctrico que la obligó a descruzar las piernas y levantarse.

El encargado hablaba ahora sin freno y había hecho callar a su marido. Más de cien mil especies. Mil géneros. Veinte clases. Blandos y duros, pólipos largos o cortos, desde quince euros a quinientos. El niño necesitaba demostrar la erosión del esqueleto coralino, para ello la carcasa blanca debía quedar al descubierto. “¿Entonces lo que queréis es sacrificar un coral?” El acuarista no cambió el tono al decirlo, pero ella se sobrecogió sin entender por qué. Algo en su cara delataba una sorda decepción. Ella paseó su mirada desde la cara del hombre a la piscina multicolor y de vuelta a su figura delgada, enfundada en unos vaqueros y una camiseta con el logo de la tienda. No se trataba de un simple empleado. Rondaba los treinta y tenía el pelo ralo, algo se había apagado en su discurso al conocer la intención de sus clientes. Supo que sudaba lentamente y adivinó imperceptibles gotas detrás del cuello. “Quedarán menos del 50 % en 2030”. Una extraña liga de personas defendía cosas misteriosas y frágiles pero ella no formaba parte. Cosas indefensas y bellas, quizá dolientes, al borde de la extinción. Envidió sin remedio su militancia, su sentido de pertenencia. Su misión. 

Emplearían un esqueje de xenia pulsante. El acuarista la sirvió sin drama en una bolsa de agua con la que bajaron hasta la caja. “Morirá en unas 24 horas” repitió la empleada al cobrar, pero nadie se extrañaba del gesto absurdo de la bolsa con agua, ¿por qué una bolsa si moriría igualmente? Todos acudían a la costumbre y, una vez en casa, ni siquiera su marido pudo vaciar la bolsa en la pila.
A la mañana siguiente, la xenia seguía dentro de su pecera improvisada junto a las macetas mustias de la cocina. Una orquídea seca que languidecía sin flores le hacía de pantalla. Cuando los niños y su marido desaparecieron rumbo a la escuela, ella tomó la bolsa y la colocó bajo  el grifo. Retuvo el aire un instante antes de deshacer el nudo. El agua tibia resbaló entre sus dedos y supo que algo de sí misma se escurría por el sumidero. La xenia quedó al descubierto como una pequeña mano semicórnea con tres dedos extendidos hacia arriba, casi una súplica. La superficie húmeda brillaba bajo las luces LED pero pronto estaría seca.  

Eligió el balcón de poniente y se entretuvo todavía eligiendo el tuper donde meterla. Al menos así mantendría lejos el hocico de la perra.

sábado, 30 de noviembre de 2019

Faraones

El chaval que ingresó anoche en la planta ya puede levantarse y charlar conmigo, me vuelca la galaxia Andrómeda y los siete faraones como una mermelada oscura que pringa la mesa.

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Mañana espesa, gastando las suelas entre el pasillo de urgencia y la sala. El chaval que ingresó anoche en la planta ya puede levantarse y charlar conmigo, me vuelca la galaxia Andrómeda y los siete faraones como una mermelada oscura que pringa la mesa, toda la fuerza del agujero negro se concentra en su garganta como si apretara la base de un tubo dentífrico, la jalea se escapa y no le creemos, las constelaciones y Andrómeda, Ustedes qué saben, no tienen idea, pregúntele a la policía. Zyprexa sirve igual para los faraones que para los animales que ve su compañero en la cara de la gente: pájaros, perros, leones, y nada puede contra la manada entera, nosotros menos. Dice que ya no para que le perdonemos la dosis, sus zapatillas de felpa ya se funden con el suelo del pasillito.
Animales. Faraones. Puñetas. El rodillo psiquiátrico se lo lleva todo.
El reloj, el ascensor que no llega. La mañana no perdona, el café se quedó en visita a la máquina que se quedó en deseo de visita a la máquina. Al chico del box lo conozco diez años, me parte el alma que tres policías, tres, mejor si me tomo algo mientras la residente me cuenta. Le gorroneo un café a las enfermeras y empieza la liturgia del pase, hago que escucho pero me intriga más saber qué hago ahí pasadas las tres, saber si los demás no se habrían ido ya, si seré yo, si las horas, si algún día. Cuando descorro la cortinita, el chico se revuelve y se infla, los tendones se levantan como amarras hasta encontrar el tope de las correas. Ha dejado de escupir pero aún lleva la mascarilla que le han puesto y los ojos le arden. No te lo creerás, Rosana, cuando le quito la ridícula mascarilla, pero hoy es el día. Las estrellas están alineadas. Andrómeda. Han hablado.
Ellos.
Los faraones.

viernes, 1 de noviembre de 2019

Of Mice and men: Cuando la ternura fue letal


Miles de desheredados recorren las granjas de EEUU en los años de la Gran Depresión. Las crónicas de la época dan cuenta de cifras y porcentajes. Steinbeck distingue dos rostros entre la marea y los saca de la categoría de bulto para clavarlos por siempre en el imaginario colectivo. Son George y Lennie. El gigante incapaz y su astuto escudero. El corazón sin cerebro y su amigo fiel. Frankenstein y su lazarillo.

De ratones y de hombres sugiere un largo tratado sobre especies animales pero contiene sólo cien páginas donde caben asombrosamente Lennie y sus manos.


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No es un texto científico pero da cuenta de lo que nos define como especie. El autor que recibió el Nobel en 1962 lo logra con el gigante más tierno de la literatura norteamericana. Son las manos de Lennie las que merecieron tal galardón; como las del Rey Midas, están malditas. Son tan potentes como su deseo de criar conejos, su desamparo o su ansia de que George siga sacándole de los apuros en los que lo mete su mala cabeza. No puede ni pensar en prescindir de él y de su relato: la promesa de un trozo de tierra, una estufa en invierno y montones de heno para alimentar a sus conejos. 

George personifica así el papel del storyteller, otro elemento imprescindible para el salto evolutivo del Homo Sapiens. Sin historias no hay esperanza y sin esperanza no hay sentido. A fuerza de repertírselas a su infeliz amigo, el mismo George acabará haciéndolas reales en su cabeza. Lennie de momento se contentará con escucharle, obedecerle y acariciar (más bien liquidar) ratones y perros pero la tensión crece y esas manos que estrujan articulaciones como si fueran cáscaras de pipa pueden posarse en cualquier momento sobre un cuello humano.

Lennie sufre de autismo y es un bebé monstruoso atrapado en un corpachón de hierro. Un incapaz en una época inclemente con los incapaces. El novelista nos dará cuenta de una lista de ellos empezando por el perro viejo de un jornalero lisiado. Asistiremos al sacrificio de la mascota en crudo sin que el narrador haga una mínima incursión en las emociones de los testigos. Es un narrador cámara y opera en seco. Tampoco se da a la prosa con abalorios, los diálogos son ágiles y coloquiales, se escupen con contundencia y levantan un pequeño cráter en el polvo.

La soledad embrutece a todos los personajes del pequeño universo donde han ido a parar los dos jornaleros pero Lennie tiene más que ninguno de ellos: tiene un amigo fiel y tiene un sueño. Acaricia cachorros de perro hasta aplastarlos mientras los demás matan las horas apostando con las cartas o en un burdel. La miseria y la soledad los hace más canallas y violentos. El viejo lisiado, el negro y el autista están a la cola de la desgracia pero hay alguien por detrás y es la mujer de Curly, el único personaje femenino. Steinbeck no le concede ni un nombre propio. Lennie, nuestro pobre jornalero con intereses restringidos, sólo se calma acariciando algo suave pero pronto será el pelo sedoso de ella. Necesita alcanzarla pero la ternura de sus manos es letal. 

El autor explotará hasta la última página el potencial de esta metáfora. Ilustra así un mundo donde mostrar afecto o la tentación de soñar liquida al instante. Asistimos a la singularidad del monstruo pero también a la monstruosidad de quienes se hacen llamar hombres. Sin la ternura y sin nuestros sueños ¿qué nos distingue de las bestias?

Steinbeck se dio a conocer con esta joya del género breve en el 37. Ensayaba aquí lo que sería su obra más lograda: Las uvas de la ira. Corrían tiempos en los que un escritor que pudiera ensartar la vida y la desgracia tenía que ser inevitablemente celebrado. Y él lo hizo. Había pululado en los escenarios de sus relatos, había dejado incompleta su carrera en Stanford y había trabajado con sus manos. Posiblemente asistió o escuchó hablar de algún caso como el de su antihéroe. Se comprometió con el New Deal de Roosevelt y pasó al activismo pero, sobre todo, nos dejó las manos de Lennie para el recuerdo. 

Un legado admonitorio.

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EN CINE: 

Versión 1992, dirigida por Gary Sinise, con John Malkovich:

http://www.sensacine.com/peliculas/pelicula-7635/

Trailer: http://www.sensacine.com/peliculas/pelicula-7635/trailer-19535682/

Versión clásica, 1939, dirigida por Lewis Milestone:

https://www.filmin.es/pelicula/de-ratones-y-hombres?origin=searcher&origin-type=primary