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sábado, 4 de abril de 2020

Covid 19. BITÁCORA DE UN MUNDO REINVENTADO. Capítulo 9



Miércoles 1 abril

A primera hora vuelvo a comprobar que la internista no me necesita, aunque la curva ha vuelto a subir después de una tímida bajada. 120 ingresos Covid, 26 en urgencias a la espera de cama. Mi compañera agradece la llamada de forma seca, sin ceremonia, es una mujer operativa y está concentrada. Dispone de varios gines, otorrinos y urólogos que la siguen por la planta escribiendo las constantes. El Covid es el inquilino principal de la casa, ocupa dos plantas de las tres que tenemos. Oigo por primera vez “planta sucia”, “planta libre”. Yo vivo en la libre pero me reclaman arriba y remoloneo, iré mañana. Un día más sin jugársela es un día más. Vivimos al día. Uso el teléfono, flambeo de nuevo el teclado con hidrogel, la emprendo con mis dos móviles, el ratón, la tarjeta. Los objetos cotidianos han desarrollado uñas y dientes. Ahora te puede matar un clip.  

El estudiante. Un estudiante de medicina exigió hace 14 días su prueba y la tuvo, pero ahora cree que era un falso negativo, los enfermeros están que trinan. “¡Pero dile que el falso es él!” Ya le han explicado que a nosotros tampoco nos hacen la maldita prueba. Y que el atlas de anatomía es inofensivo, son los pacientes los que contagian. No pueden estar bien de la cabeza con esa nota tan alta que piden, bromeamos.

Tomo un café con mi jefa. Es un momento exótico, no suele haber tiempo para ello. La cafetería tiene la tristeza de los comedores escolares en vacaciones, el tufo a lejía y las sillas sobre las mesas. Los pocos visitantes se quedan en la puerta, los sanitarios nos esparcimos por las esquinas. La chica de la caja agradece mi interés y me da cuenta del resto del equipo. Todos están bien pero en sus casas, la empresa ofreció no venir a los que tenían miedo. Una heroína puede ser como ella, alguien ordinario que achina los ojos detrás de la mascarilla y te devuelve el cambio, pero quizá no vuelvas a ver en tu vida. Me alejo hacia mi mesa pensando que nunca le he preguntado cómo se llama.

Y mi primo Valen metido en el Gregorio Marañón. Los whatsapps llevan días hablando de fiebre. Le dejaba la comida en la puerta a su mujer, confinada en la habitación. Y sé que no rebañaría las sobras. Su suegro ya ha sido enterrado por los técnicos de una funeraria.

Acabo a mi hora. En el parking se abren las nubes y la primavera mete cabeza con una insistencia que parece más duradera que antes. Hay buenas noticias, pero sólo con este cielo me atrevo a repasarlas. 

La curva ya no es una vertical. Nadie sabe lo que es, pero no es un disparo al aire. Los surfistas tienen los sentidos entrenados para entender en qué momento se aplana la ola y les ofrece un hueco. Nosotros no. Desplegamos las antenas ansiosamente entre nosotros. En nuestros chats vibran ensayos clínicos, propuestas francesas, chinas, combinados de cloroquina con antirretrovirales, desmentidos, bulos. Todo el mundo tantea en una caja negra. Espío el pasillo de urgencias. Hay fluidez. Les ha dado tiempo a montar un vídeo en el que dan las gracias y parece que estén a punto de irse de vacaciones. Hay que estar aquí dentro para entender por qué bailan. En otros servicios oímos hablar de un hombre muerto de aneurisma. Nos gustan los relatos remotos, los de antes. Alguien intervenido de no sé qué, un par de nacimientos, varias muertes oncológicas. El saturímetro sube. El hospital respira.

Jueves 2 abril

La chica que tenía la cura para el Covid ya está de nuevo en casa. Es un encanto. En pocos días hablaba del mal viaje que le habían provocado los porros y nos daba las gracias con una honestidad sencilla, no tenía ningún motivo para fingirla. Me enseñó orgullosa unas sillitas para la Barbie que había hecho con rollos de cartón pintados y purpurina, un comedor completo para su pequeña. Me sonrió con un entusiasmo muy de verdad y quedamos en seguir llamándonos toda la semana.

El drama esos días estaba en un chaval fugado del CEEM que había sido recaptado y vuelto a ingresar: no había forma de conseguir una prueba para él. Coordinadores, jefes, jefecillos y hasta la cúpula misma de la Consellería. Este es un país de favores y yo no me daba por vencida. Doscientos internos peligraban en el centro donde el chico voceaba y escupía atado a una cama y aislado, el personal que entraba con las inyecciones había gastado en una tarde la mitad de los pocos EPIs que tenían. Sin la prueba, el enfermo estaba condenado a las correas. La gerencia parece la oficina de prensa en la Telefónica de Arturo Barea (obuses silbando en la Gran Vía madrileña, su espíritu de poeta electrizado por el miedo, vomitando el alma amarilla de bilis). Pasos nerviosos, rostros fugaces. Cola para hablar con dirección médica. La complicidad de otros tiempos se ha esfumado. En su lugar: ángulos, gravedad, ojeras, pelos crespos, gestos rápidos. Puertas cerradas. “Si fuera un político te diría que las pruebas llegan mañana. Como no lo soy, te lo digo así, como es: no tengo ni idea”

El señor de la crisis maniaca no responde en casa. Su dosis de litio diaria es un enigma y un peligro, los ceniceros sobre el hule mugriento rebosan cada día más y la enfermera y yo lo perseguimos impotentes en sus viajes del salón a la cocina. El capricho de su enfermedad lo hace oscilar entre el halago y el insulto pero al final siempre encontramos la forma de ponerle la inyección en uno de los intervalos. Su humor es una noria. Hay que ingresarlo y la ambulancia tarda dos horas largas en llegar. Una mascarilla endeble, unos guantes y un anorak que yo plegaré después por el forro y meteré en una bolsa de basura. Tarda también la policía. Dos horas largas agotando la conversación inútil hasta que la enfermera, más viva que yo, llama directamente a la Nacional y en diez minutos hay ocho tíos en casa de los que ninguno hace falta. Esos uniformes y esos bíceps son más elocuentes que el mismo Freud y los doce tomos de sus obras completas.

Mi primo ha pasado la noche en la sala de los “leves”. El primer autobús a Ifema no lo ha llevado, está esperando al siguiente. Es afortunado de tener un sillón, alrededor de él se apañan con sillas de pinza. Es un cincuentón de carácter austero, aficionado a la escalada, a los ambientes puros. Se ha llevado la montaña a esa salita abarrotada y por eso respira bien, no exige nada. “Esto es la guerra, mamá”, le ha respondido cuando ella le ha dicho que pidiera algo con lo que distraerse.

Viernes 3 abril

Entro en el hospital y me invade el hartazgo. Arponeo una nueva relajación que despierta en mí: el deseo de haberme infectado. Envidio a los que ya lo han superado y se pasean con la mejor vacuna deseable, con sus propios anticuerpos. Me agota repasar el coche con hidrogel, no rascarme la nariz, despedirme de mi marido con los codos, no comerme las sobras que dejan mis hijos en el plato. Vivo harta de maldecir mi rinitis alérgica que me convierte en un grifo de Covid mal cerrado, goteo cada minuto. Soy un aspersor de la muerte.
Rastreo este nuevo sentimiento tan liberador y dejo de compadecerme, le meto mano a unos pastelitos de coco que ha traído una enfermera para todos y me quito la mascarilla para emprenderla con el teléfono.

Pero todo gira con la primera llamada. Mi compañero del centro de salud me habla de J., una médica muy cercana que lleva una semana en la UCI. Me quedo paralizada. Ayer estaba en prono, hoy la analítica sólo enseña una tormenta bioquímica. Le escribo un whatsapp que caerá sepultado en su móvil como el que tira una botella al mar desde una isla. Está intubada y en coma. Mis palabras son una florecilla e imagino que cae sobre su ataúd. Maldigo el pastelito que me he comido, el gusto del coco me quema en el paladar todavía.




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jueves, 19 de marzo de 2020

COVID 19. BITÁCORA DE UN MUNDO REINVENTADO. Capitulo 1


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Domingo 15 marzo

Mi crónica de la pandemia arranca en el día en que asistí con mi hija a la manifestación del 8 M. La negación es una defensa tan poderosa que tapa de la vista lo que nos inunda y amenaza. Ahora miro las fotos que hice de las niñas alzando pancartas donde se pedía protección y me sobrecoge la paradoja: la violencia estaba ya en el aire, en los gritos, en los abrazos. Violencia espirada. Gotas como balines que dejarían con los días la calle desierta y un sinfín de cuerpos sobre el asfalto.

El lunes 9 mi padre arrastraba un constipado inoportuno y mi visita a su casa fue vacilante, exploración de visu a dos metros y una tos seca que nunca le había conocido, sonaba como la boca del infierno. Sonrisas que no pude devolver y algún chascarrillo fuera de lugar para que yo cambiara el gesto. Indicaciones higiénicas que ninguno tomaría en serio hasta que la televisión lo dijera todo. “Pero hija, ¿tú no te ibas ya?”. Su cerebro tomado por el Alzheimer es un bálsamo envidiable. Horas y horas de telediario y “el ciclovirus ese es un cuento chino, hija”. Reclusión domiciliaria sin dolor porque su secuencia temporal está detenida hace dos años largos, su mañana siempre es un mismo mañana de mesa camilla y telenovelas. El martes ya eran dos picos de fiebre. Tuve que escribírselo a mi madre porque el whatsapp me infundía más valor: mañana llamas al 112. Esa misma noche se suspenderían las fallas, con lo cual nadie podría acceder al 112 al día siguiente. Teléfonos colapsados, instrucciones ansiosas, peticiones inútiles a los compañeros del Clínico y dar por positivo a los dos abuelos. Zona de indefinición. “No salgáis de casa”: la única receta disponible. El jueves les estaría alargando otra mascarilla sin cruzar la puerta.

El miércoles 11 renuncié al autobús y me decanté por un taxi. El conductor bromeó y me mostró la imagen de un Aldi que abría sus puertas a una avalancha. Sólo faltaban dos días para que la escena fuera real en los supermercados de toda la provincia. Charlamos sobre el pánico de las masas. Mi reflexión sobre lo poco preparados que estamos para la desgracia y lo muy inflados que estamos de imágenes apocalípticas le gustó, “Usted y yo deberíamos salir en la tele hablando de esto…” Me hizo confesar que me dedicaba a analizar la conducta y las emociones humanas.
Estábamos a mitad de semana y los audios desesperados de los médicos madrileños ya dormían en la memoria de mi móvil como bombas lapa. Llamé a mi marido con el corazón disparado y me pidió que confirmara la fuente antes de difundirlos. Cuando la familia preguntó en el chat si lo esos lamentos ya virales eran ciertos me recriminó que no los desmintiera, “No debes alarmar a la gente más asustadiza”, ¿y engañarles? En ese instante supe la línea invisible entre estar y no estar en un hospital, formar parte o no de la liga de bomberos de Fukushima. La médico madrileña jadeaba por los pasillos de La Paz sin haber dormido en varias noches. Una voz entrecortada y cargada de indignación se puede fingir en un audio; el miedo de un médico y las expresiones que elige para conjurarlo no se fingen, son el patrimonio íntimo que nos gastamos, la cháchara propia de la salita entre los boxes. Un salvoconducto que todos identificamos.

Le puse uno de los audios de la desesperación a mi hijo de camino al dentista. Una médico de la Paz vaciaba su indignación y su rabia entre los neones de urgencias. Era jueves y le explicaba que su fiesta de graduación no se haría al día siguiente. “No vas a ir, aunque no la desconvoquen”. Yo misma iba a hacer de dinamitera y él no me devolvería la palabra en toda la tarde. Le hice mirar a la multitud díscola y diversa que llenaba las aceras de la calle Ruzafa y le pedí que grabara esa imagen para despedirla. Apenas levantó los ojos de su móvil. Un hijo de diecisiete odia que su madre se signifique y salga de su condición de bulto, y más si se trata de reventar su gran noche. Después de darle el dinero para un taxi de vuelta se bajó sin despedirse y empecé a contactar a las madres de sus amigos. Sólo al día siguiente me daría la razón y sacaría pecho, presumiendo de madurez, asegurando que había estado de acuerdo desde el principio.

Ese jueves la niebla se había instalado en toda la comarca. Yo había dejado el hospital con un pálpito de irrealidad que se materializaba con esa autopista emborronada por la niebla. En un instante se me hizo fácil imaginarme otra vida, otra identidad, otras coordenadas, dado que las nubes habían descendido y borraban el paisaje más allá de la cuneta. Salté con la imaginación a un tiempo sin tiempo y a un lugar sin lugar, como si me viera sepultada al guión de una distopía. Cuando bajé a Noa al parque, las siluetas de los padres con sus hijos se aclaraban poco a poco en la distancia media pero nadie hablaba de esa niebla tan atípica para el mes de marzo. La meteorología es el recurso de los tiempos fluidos, de la sala de espera o el ascensor, de los huecos por rellenar. Sólo alcanzaban a mis oídos frases de una difusa conversación global que comenzaba en mí y se completaba en las bocas de la gente anónima por el cauce del río, “…y he dicho que no voy a la fiesta…”, “…pero si cierran los colegios desde el lunes…”, “…pues no sé qué harán con tanto papel higiénico…”

Noa también había mutado, como las orquídeas. En un momento de tensión, el ser humano vuelve la vista hacia otras criaturas en busca de las respuestas que él no puede encontrar. La perra olisqueaba febrilmente los bajos de los coches y se resistía a entrar en el parque. El día anterior se había meado por los rincones de la cocina. Al día siguiente se desataría del arnés y me obligaría a perseguirla por los setos en una media hora en la que parecimos un dúo cómico (tres veces me tiré en plancha y cuando la atrapé le improvisé una correa con el pañuelo de mi cuello, los bajos de mis vaqueros ya estaban embarrados). Esa fue la tarde del viernes, cuando ya íbamos por los 5200 contagios y los memes en el móvil volcaban su ira hacia los madrileños que invadían Denia o Cullera. La desbandada. Las estanterías vacías de los supermercados. Lo que el día anterior era un drama (la suspensión de las fallas, de la fiesta de graduación, la falta de pruebas o mascarillas…), al día siguiente caía en un olvido depredador.