sábado, 19 de octubre de 2019

Corazón de perro


Sólo pide un sitio donde ver gente joven, le digo a sus hermanos. Me siguen el hilo, pero lo toman como un capricho. Uno más en una vida sin otra cosa distinta al capricho. El capricho de enloquecer, que todo lo abarca. De que el gen de la locura no le tocara a ellos.

Jose Luís, 50 años. Media vida en manicomios. Mirada de gelatina, manos amarillentas. Ojos redondos y castaños que hubieran pertenecido a un buen conserje o taxista si no fuera por. 

Motivo de consulta: Mortadelo (o Filemón) se ha intentado estrangular con el cable del radiador en la sala de gimnasia. Las monitoras no sabían que él se quedaba solo allí. Habían apagado la luz y avanzaban aéreas y felices por el pasillo hacia un fin de semana plagado de series y citas y parques de bolas. Él sólo quería perder de vista la residencia, pero volvieron a ubicarle en la sala de grandes asistidos. Había varios nonagenarios sujetos a los sillones cuando fui a conocerle, cuerpos distónicos, torsos mustios, volcados, miradas de yeso que no atendían el televisor ni a él con su melancolía puesta. 

¿Será el vandral o la promesa de un piso donde olvidar la sopa de tapioca? Con los meses veo brotar una sonrisa y varios centímetros más de gaznate cuando me habla. Mis propuestas son complejas, fundamentadas, he hecho llamadas estratégicas, informes sociales. 

Su barbilla sube hasta una altura media en las visitas y pero luego empieza a ceder otra vez porque no pasa nada. Mohín de niño frustrado y yo que no, ya verás como no, tú ten paciencia. Lo cierto es que los 2200 euros que cuesta el piso son un atraco y la paga de orfandad no llega, la de hijo-a-cargo ha cesado con la muerte de su madre, ¿por qué se extingue uno antes como hijo que como huérfano?

“La llevamos al hospital a tu mamá, está malita”. La cháchara almohadillada de las auxiliares, la violencia de la no violencia. Nadie le dijo que había entrado ya muerta en esa ambulancia que rompía el tedio del patio deshidratado. Los movimientos del camillero eran decididos, enérgicos, su brazalete reflectante hacía que todos lo siguieran con los ojos. 
No habría entierro para él porque Jose Luís era ya cadáver hace años, todo el mundo sabe estas cosas.

Pero él no deja de dibujar. Con techo de cristal, pero sin dejar de intentarlo. Primer premio de este año, de cada año, en el Salón de los Independientes de Vistalmar Residencias 3ª Edad.   

Me trae un carboncillo con la cabeza de un perro. Es un signo de mejoría, según reza el informe de la médica. Aún no lo sé, pero es la última consulta. El dibujo lo pego con celo en la pared mientras le agradezco el obsequio pero resbala hasta el suelo con el siguiente paciente. 

Ahora los ojos del perro me miran desde la estantería, todas las mañanas. Se clavan en mí de nueve a tres, de lunes a viernes. Me dicen (me ladran) que no lo consienta ni un día más, ni uno más. 

Emparedados del mundo, me hablan (me ladran) desde la estantería.
Jose Luís tiene corazón de perro. Y el perro aún me censura con la cadena puesta.

Me llegué a creer que juntaríamos esos 2200, ¿lo esperaba él o se hacía el loco?

sábado, 12 de octubre de 2019

NI DECIR



Uno y su significado son dos, dice un aforismo zen. Las cosas, cuando se nombran, se convierten en otra cosa. Ni siquiera hay que indagar en su significado, lo dicho adquiere una nueva materia. El amor, si la tiene, la siente transformada cuando se declara. La misma suerte corre la guerra, el hastío, la soledad, el miedo a la muerte.

En el hospital nadie la nombra, a la muerte. Aunque planea por los pasillos, los formularios, los mostradores. Los médicos somos funambulistas del no decir. Etiquetadores profesionales, dispensadores de esperanza. El amor es un bálsamo, el optimismo es otro. Y a los médicos se nos enseña a no negarlo. A no traicionar la realidad pero tampoco la ilusión cuando palpita en las pupilas del que pregunta. Acabamos haciendo malabares con las palabras que elegimos u omitimos en una frase. El mismo orden sintáctico puede obrar el milagro o la catástrofe. La muerte es una amenaza pero el miedo lo es mucho peor. Y la crudeza de vivir se convierte en la suma de muchos asaltos, de muchos silencios.

De requiebros tácticos. De envolturas que consuelan.



En psiquiatría, sin embargo, las palabras son el centro, nuestro material de trabajo. Los escuchólogos, o palabristas, prescindimos de artilugios técnicos y de pruebas complementarias. Y nos consulta gente debilitada por el no decir. La negación o el rodeo se convierten aquí en una opción perversa. El paciente, que acude con su manojo de palabras o de silencios, se va con un nuevo manojo. Con palabras les descubrimos, les palpamos, les volvemos a cubrir.

Y no me refiero a los diagnósticos psiquiátricos, antipáticos como un jersey de lana en un día de mucha calefacción. Hablo del grueso de la consulta, de los “enloquecidos”, que no locos (hace tiempo que al psiquiatra no le queda tiempo para el loco). El psiquiatra no da abasto con el sano preocupado, con el que ni es enfermo mental ni tiene salud. El que se ahoga porque se le dijo que debía ser feliz. El que se enamoró del amor, de la primavera en el Corte Inglés, de la paz que promete una playa en una agencia de viajes. Personas que colonizan la agenda y piden rumbo, nombres, flechas pintadas en el suelo, moléculas mágicas, manuales de instrucciones. Gente enferma de contradicciones o autoengaño, de vacío, de silencios que se llevan a cuestas durante años hasta quebrar el espinazo. 

Contar una soledad muta esa soledad en otra cosa. Nombrar un miedo lo desactiva el rato que dura la consulta. Confesar un secreto lo trivializa, le cambia la cualidad, alienta la idea de que podía pasarle también al vecino de al lado.

Lo dicho, una vez dicho, es un lastre menos en el alma, alivia los pasos. Y el tiempo, en una nueva dimensión, parece que ya no empuja tan rápido hacia el declive. Hacia lo que ya, de una vez, se nombra. Se dice por fin.  



Texto integrante del Catálogo de la Exposició de Javier Garcerá NI DECIR

https://www.javiergarcera.com/NI-DECIR

https://issuu.com/javiergarcera/docs/javiergarcera_alta_2_medio/92


domingo, 5 de mayo de 2019

Mi mamá es a veces una niña


Los niños están alborotados. “¡Vamos al circo mamá!”, me anuncia Manuel y su voz parece de estreno, como todo en estos días en que el parque suena con un enredo de padres, abuelos y críos, ellos trotando entre globos y juguetes rutilantes al sol de diciembre. Es navidad y en el circo mundial los acróbatas búlgaros y los tigres de Bengala nos reclaman como cada año desde la plaza de toros. Javier insiste en saber si hay serpientes y un brillo de temor y deseo se cuela por sus ojos redondos.
Atravesamos el parque como un rebaño ajetreado, ahora Rafita se echa una carrera detrás de una paloma coja, después a Javier se le han desatado los cordones, a Manuel no se le oye porque su padre le ha subido en hombros después de un terco lloriqueo que duró hasta la valla.
Jorge quiere cantar una canción de circo y Rafita se entusiasma con una estrofa perdida, “había un ratón-ton-ton”, enfadando a sus primos.

Cuando llegamos a la plaza de toros, el sol de las cuatro es casi horizontal sobre la estación del Norte y en la puerta se aprietan ya los padres con los niños. Los cartelones anuncian la trouppe acrobática de Pekín y el hombre tiburón. A lo alto parpadean las letras en neón contra el azul limpio de la tarde.
Alcanzamos la entrada a pasos cortos. Cuando el hombre del uniforme rojo recoge las entradas, los niños ya se han dejado absorber por la semipenumbra que gravita en el pasillo central. Sus gritos se pierden en el polvo de las bóvedas y hay que improvisar una carrera con ellos hasta el acomodador, que nos espera al borde de una escalera de aluminio.
Fila 9, asientos 100 al 108. Manuel no le quita ojo a la carpa azul, estira el cuello para seguir el entramado metálico que tensa este cielo improvisado, este límite desmontable que guarda un mundo nuevo para él, una realidad que surge y se desvanece ante sus ojos cada mes de diciembre y que luego pasará unos días más visitándole en sueños.


El acomodador tiene la sonrisa fácil y el pelo erizado de una forma disparatada sobre la coronilla. Después descubriremos que es Toni Tonito, el payaso, y que su salto mortal sobre los muelles del plancton ha merecido el Premio Nacional de Circo este año. Lo anuncia un presentador alto de voz grave. Según se mueve dentro del chaqué rojo y gris, uno diría que es su segunda piel. Me pierdo su discurso inicial al escaparme a por los gusanitos y los bocadillos. En el corredor de la entrada ya sólo retumban los altavoces de la pista y el sol se entretiene en silencio por el enrejado de la plaza. Ahora el hombre de las entradas se acoda relajadamente sobre la barra de la cafetería y no deja que su buen humor flaquee ni un momento. “Qué seria estás, rubia”- le lanza a la camarera-“pensativa, nada más”-contesta ella, dejando ver su adiestramiento en piropos. El cortado que me adelanta en un vasito de duralex servirá de placaje para la siesta no dormida.
Nos esperan dos horas y pico que pasan en túnel para los niños. Los altavoces gastan kilovoltios contra los tímpanos más tiernos y en la pista se sucede el baile de los trapecistas, los forzudos, los tropezones del payaso o el trotar gregario de las fieras. Tina Aurora es la reina del circo y su cuerpo delgado es tan pequeño junto a los cinco elefantes que ruedan alrededor. A un golpe de látigo, el más grande y viejo levanta sus patas delanteras y hay un momento en que uno adivina una tristeza antigua en sus ojos. No le salva su carne descomunal, la falta de astucia es el pecado del que no le han servido esos colmillos como sables. Tiene un grito que pudo romper el aire de la selva y lo ignora. Animales con el instinto escindido, robado. Parecen todavía asustados del público y de la música enloquecedora. Cuando Tina repite su número rodeada de camellos, uno de ellos orina en un margen de la pista, levantando el rabo con gravedad.
Después de los animales, los pequeños se tensan con la llegada del hombre tiburón. Mister Olganovich ha ganado la medalla de plata en el festival de Montecarlo y promete robarnos la respiración. Este hombre menudo y fibroso aparece con un traje metalizado y un sombrero puercoespín que los niños no van a olvidar. Después de saludar en redondo por toda la pista, sus ayudantes traen una caja de metacrilato donde él se plegará con cuidado hasta dejar sus miembros sellados durante tres minutos y veinte segundos. Aguantará la respiración dentro de una cuba de agua mientras los adultos nos andamos preguntando por el truco. Yo sólo sé pensar en aquella película donde un acróbata judío escapaba así del asedio nazi, doblándose dentro de una maleta de cuero. No puedo evitar que la historia de esta gente me traiga la noción de infelicidad, intuyo que sus vidas corren al filo del drama.

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Cuando Olganovich resurge victorioso, empiezo a contar desarraigos. A las doce acróbatas flexibles como juncos se las presenta desde el circo Nacional de la República China, a los equilibristas desde el Estatal de Bucarest y el número de motos rugiendo dentro de una jaula esférica lo traen un filipino, un mexicano y un corpulento dominicano (que luego se jugará la vida a veinte metros del suelo).
La melancolía siempre es una tentación en el circo. “Hemos visto ya tanto en estos tiempos multi-media- puntualiza mi cuñada-que el circo sólo fascina a los niños más pequeños”.
El último número lo trae Toni Tonito. Arremete contra el público y escoge a tres ayudantes improvisados. Les disfraza y les compromete a bailar, actuar y ensartar las escenas de una trama básica sobre amor y celos. Mientras él les dirige detrás de una cámara de cine armada en madera y cartón, todos nos quedamos atrapados. Ni un adulto se resiste a identificarse con las tres víctimas de Tonito y nuestra risa es la carcajada sobre nosotros mismos, sobre nuestro rechazo a hacer el disparate, a jugar, a enseñar nuestro pequeño niño. El aplauso final es liberador para todos.
Mientras salimos ordenadamente de la carpa, voy recordando las palabras de Javier al venir de casa “mi mamá es a veces una niña- revelaba, mientras su mano latía dentro de la mía con el calor de un gorrión- pone una voz rara y dice que se llama Margarita”. Después era un silencio en contrapicado, lanzándome esos ojos tan quietos desde su metro y poco del suelo. Le costaba entender ese desdoblamiento ocasional, ese juego al que él no llama juego. “Explícame, tía, ¿cómo puede ser, si mi mamá tiene las tetas gordas?”.
Es el final de la tarde, asomamos al cielo de nuevo y encontramos el aire amarillo de la ciudad iluminada. Mi cuñada sonríe ahora con calma. Escucha contagiada la verborrea de Javier sobre el hombre tiburón. Y en su sonrisa veo la mía, y la de la niña Margarita.


Feliz día de la madre


domingo, 31 de marzo de 2019

¿Cuánta verdad somos capaces de soportar?


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Jean-Claude Romand asesinó a su esposa, hijos pequeños, padres e incluso al perro en plena conciencia de sus actos. Había fingido una reputación de médico exitoso durante 18 años y, a punto de ser desenmascarado, los masacró antes de perpetrar un suicidio fallido. No estaba loco. “Lo irracional es diferente a la locura”, dictaminaría uno de los psiquiatras que lo examinaron más tarde en el juicio.
Emmanuel Carrère, un escritor obsesionado con la sinceridad, quedó herido de intriga nada más conocer la noticia. El Adversario es la novela que surgió de ese impulso.
A simple vista el libro trata de la mentira. Realmente aborda la potencia o, más bien, la falta de ella. La hombría, el coraje, la masculinidad como mandato para seducir es el eje que tira del protagonista, Romand, y le impone la creación de una identidad imaginaria que acaba encubriendo un vacío ominoso, un pozo sin fondo. Desde el principio, Carrère no ve a este impostor como un criminal sino como “un hombre empujado hasta el fondo por fuerzas que le superan” y así se lo confiesa en la carta en la que le pide permiso para escribir un libro. Deseaba mostrar la anatomía de esas fuerzas. “No había nada detrás de su doble vida. Ni un vicio, ni una perversión sexual. Simplemente deambulaba. Había algo misterioso. Estaba convencido de que no encontraría una clave, pero quería aproximarme a esa especie de ventana al vacío, de agujero negro, que está en todos nosotros”. ¿Quién no se ha sentido alguna vez extraño a sí mismo?
La novela recrea el trasfondo de un asesinato muy mediático que tuvo lugar en la comarca de Gex, una periferia residencial de Ginebra en territorio francés, en el 1993. En el libro, que dio un espaldarazo a su carrera, Carrère imbrica confesiones personales mientras da cuenta de su trabajo en la reconstrucción de los hechos, haciendo que el texto cobre tintes de “novela en marcha”. Abrió con ello una etapa en la que se mueve aún con soltura y le ha granjeado el privilegio de ser tildado como el Truman Capote francés. Como el autor de A sangre fría, se empantanó durante años en un terreno limítrofe entre el periodismo y la escritura del yo pero salió transformado en maestro de la no ficción. La buena salud de su escritura dos décadas después da cuenta de que, a diferencia del malogrado americano, su equilibrio emocional estaba hecho a prueba de bombas.
El asesino y protagonista es un célebre confabulador o mitómano que logró engañar a todo su entorno acerca de su vida profesional y sus fondos bancarios. Hoy cumple condena perpetua en la cárcel de Chateauroux y el tribunal acaba de rechazar una demanda de libertad que ha vuelto a causar revuelo mediático. Hasta el día en que asesinó a toda su familia, le creían un investigador e intelectual algo hermético, modesto, afable, habitual de los viajes y los altos despachos, que salía a diario a ocupar un alto cargo en la OMS. Durante dieciocho años ningún amigo ni familiar hizo una sencilla llamada que hubiera bastado para comprobar que no había tal cargo y ni siquiera había pasado del segundo año en la facultad de medicina. Sufragaba una vida de altos vuelos estafando a conocidos de su entorno y llenaba sus lunes al sol olisqueando las rutinas de los demás en las isletas de las autopistas o en la biblioteca de la OMS, donde decía tener un despacho (en una foto que regaló a sus padres, señalaba incluso la ventana donde estaba ubicado). Una nada monstruosa, vacía de realidad, que le daba una tregua cuando volvía a su nido familiar para colmar a sus hijos de folletos e impresos con el sello de la organización. Les daba obsequios comprados en el aeropuerto de Ginebra y amenizaba sus veladas con anécdotas de los supuestos viajes que habían transcurrido en un hotel cercano (allí se quitaba los calcetines, veía despegar los aviones y estudiaba con fruición una guía del lugar donde se suponía que estaba).
En este drama donde toda una familia termina aniquilada por el impostor, la actitud cómoda es mirar a Romand como a un monstruo. Carrière mismo lo menciona así en algunos parajes de su libro (si bien él sólo está haciendo de reflector y dando cuenta de todas las miradas que están puestas sobre él). Su monstruosidad nos salva porque lo enajena. El psicópata, el enfermo, el mitómano, la etiqueta que segrega lo humano de lo no humano, nos calma a los que, como él, hemos percibido en algún momento de nuestra vida nuestra flaqueza, nuestra invisibilidad, nos hemos frustrado y hemos caminado en la sombra. Mentir es consustancial a la vida misma, empezamos de niños y lo hacemos a menudo por motivos “piadosos” cuanto menos. Lo que hace de esta novela un texto de terror es el continuum que nos separa del camino que toma Romand: no hay solución de continuidad entre imaginar una mentira que nos salve y actuarla de pleno hasta acabar creyéndola.
El retrato de Romand enseña un hombre anodino criado por una madre ausente, preocupadiza, consumida por la melancolía, a la que el pequeño Jean-Claude quiere llamar la atención para recibir una limosna de afecto. Un padre rudo y una moral católica donde prenden con facilidad los espejismos y la doble realidad. Un código familiar cargado de mandatos imposibles, donde la honestidad es la médula de su apellido pero todos ocultan a diario sus emociones para no enfermar más a la madre. Un niño triste que muy pronto aprende a ocultar que está triste, un hijo único algo mustio, un escolar brillante “más estimable que realmente afectuoso”.
El motor de la intriga es la pura curiosidad, el lector se consume por conocer los detalles escabrosos del crimen final. Por debajo corre, con más urgencia si cabe, la necesidad de obtener una explicación de este misterio. La autopsia mental de este médico afable de doble rasero, este buen vecino que compartimos todos y que en cualquier momento puede mostrar un reverso implacable. ¿Cómo se resuelve este enigma? “…el misterio consiste en que no hay explicación y en que, por inverosímil que parezca, las cosas fueron así”
Hay más de un monstruo en este drama y el catálogo empieza por sus padres, pasa por ese mejor amigo pagado de sí mismo e incapaz para la escucha y termina en la esposa cebada de complacencia. No se trata de culparla, es una víctima. Pero es monstruosamente normal. Una mujer “protegida por su fe”, que habitaba “una vida ordinaria…sin el más mínimo bovarysmo, la menor inclinación a las fugas, la inconsecuencia ni, por supuesto, la tragedia”. Que había encontrado un marido “sólido y cordial como ella” y nunca llamó a su trabajo ni se extrañó de no recibir nunca llamadas ni de conocer a sus colegas. Nunca echó un vistazo a sus cuentas bancarias. Mientras los rituales de la buena burguesía rueden con fluidez, nada despierta alarma. Nadie tiene sombra. Los contrastes se borran bajo la luz cegadora de la bonanza social. Le bastaba comprobar que tenía “un tren de vida que aumenta de forma moderada pero constante… niños hermosos a los que se inculca principios firmes y un talante alegre; un chalé en el barrio residencial con la cocina bien equipada; grandes fiestas de Navidad y de cumpleaños…” Cuando uno concluye la novela, la constatación que hiela las entrañas es aquello que siempre habíamos sospechado: sólo accedemos a ver lo que el deseo pone ante los ojos.
¿Qué es una familia feliz y amorosa, pues? ¿Había amor entre todos ellos? ¿Qué hay detrás de las palabras de Romand cuando admite que era un falso médico pero un auténtico padre que amaba a los suyos? ¿Amaba realmente a los suyos? Carrière no da nada por supuesto y nos lleva de la mano al filo del abismo, nos inocula la duda. ¿Qué es amar? Esa emoción que ni siquiera uno puede definir cuando la siente, ¿estaba en el corazón del hijo, marido y padre depredador? ¿Son compatibles el amor y la aniquilación del otro? Romand elige una carabina con silenciador, no causa escándalo, como si accionara el mando de un televisor, los borra de su campo y luego sale a comprar L’ Equipe y Le Dauphiné libéré sin causar sorpresa en el quiosquero. No es tan extraño si uno tiene en cuenta que llevaba dos décadas moviéndose en la disociación, en un doble plano que franqueaba con naturalidad varias veces al día. “Cuando hacía su entrada en el escenario doméstico de su vida, todos pensaban que venía de otro escenario…Pero no existía otro escenario…Fuera se encontraba desnudo. Volvía a la ausencia, al vacío, al blanco, que no eran un percance de ruta sino la única experiencia de su vida”.
El día del crimen le ayuda la certeza de que pronto estará muerto, ha mutado en el suicida convencido, un nuevo personaje en su ramillete. Es un momento delicado, precioso; desde la muerte todo ocupa por fin su lugar. Reflota el pequeño hijo solitario y torpe de un adusto maderero que ha pensado tantas veces en no existir, está cerca de su yo más real. No puede querer, no ha sido instruido para ello, no es nadie. Querer, nos sugiere Carrère, significa ser alguien y mostrarse, compartir lo que uno es con el otro al que también se puede ver. El pequeño Romand nunca pudo mostrar su aflicción, ni compartir nunca con sus allegados su condena: lo lejos que estaba de tener “palabra”, como un Romand de pura cepa. Tampoco pudo nunca, se deduce, ver al otro es su dimensión completa. ¿Qué eran pues para él esos niños a los que pone una película de Los tres cerditos, les prepara unos Choco pops y después liquida mientras simula que juegan? Posiblemente eran para él como sombras chinescas, las figuras de un belén, existirían solo para una arista de su personalidad poliédrica, la identidad del doctor Romand. Pero, ¿quién podía predecir que todo podía girar abruptamente para dar paso al que golpea a su mujer con un rodillo pastelero y le abre la cabeza? ¿Quién es él realmente?
En el texto somos testigos de su difusión de identidad y llegamos tarde, en el momento en que la emergencia de nuevos rostros es ya imparable. El propio Carrière, que le sigue el pulso a su personaje escurridizo con varias cartas, visitas a los lugares de su biografía y un perturbador vis-à-vis, tendrá una terrible lucha para eludir los tentáculos del complaciente Romand y conservar la objetividad. “Mi problema no es la información –le escribe el escritor al asesino-, es encontrar mi lugar ante su historia…ser objetivo, en un asunto como este, es ilusorio”. Se debatirá para dar con un punto de vista útil e incluso abandonará el proyecto de novelar su historia durante un par de años. La dificultad, como le llega a confesar, es “más suya que mía –le indica a Romand- y constituye lo que está en juego en el trabajo psíquico y espiritual que usted ha iniciado: esa falta de acceso a usted mismo”.
Comprobará finalmente que el vacío lo ha colonizado todo, la nueva máscara, la del católico arrepentido, ha tomado el relevo como la nueva cabeza de la hidra. “Al personaje del investigador respetado suplanta el no menos gratificante de gran criminal en el camino de la redención mística”.
El adversario ha ganado el pulso y lo devora todo. “Cuando Cristo entra en su corazón, cuando la certeza de ser amado, a pesar de todo, hace que rueden por sus mejillas lágrimas de alegría, ¿no sigue siendo el adversario quien le engaña?”





domingo, 13 de enero de 2019

Irse, de Esmeralda Berbel. Manual de ruptura para no iniciados. Reseña-relato


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A veces la lectura de un autor podía ser casi un lugar físico para ella y se refugió en su libro; sería un recodo donde plegarse. Menos mal que aquél fin de semana llevaba a Esmeralda Berbel en el reader, su texto salvavidas: Irse.

Había elegido el hotel por la decoración, pero ningún detalle del lobby le ofrecía ahora gusto ni sabor alguno. Nada más entrar se sintió imbécil. “¿A qué hemos venido aquí? ─le había dicho su marido─ ¿El tedio se salva a golpe de hoteles de diseño?”

Antes de bajar del coche ya se había quebrado la escapada romántica, la discusión la había hecho añicos como una campana de cristal y la entrada en el lobby sólo le ofrecería vidrios rotos bajo las suelas. Aún quedaba el bar de la azotea, se dijo ella, el buffet desayuno y los quince minutos a pie del Teatro Real.

El Teatro Real, ¿un nuevo oxímoron?

Ya le había pasado años atrás con John Berger, cuando también faltó poco para el divorcio. El británico de Aquí nos vemos tenía otra escritura poderosa del yo, una voz a la que uno acude como a los remedios contra el catarro: infusión caliente, bata suave, peucos y a la cama. Y más allá de eso: autores como ellos facilitaban una extraña comunión, eran gente que uno pondría en la lista de emergencias, junto al teléfono 112 y el de los bomberos.

Berbel le permitía acercarse tanto a ese dolor ajeno que a ella le borraría la odiosa decoración de la 504. La autora, filóloga y profesora de escritura creativa (Badalona, 1961), contaba aquí su ruptura de pareja desde un adentro valiente con el dolor. Una crónica del duelo y del declive templado que se instala en el matrimonio y un prodigio de escritura natural y destilada, de un lirismo esencial y rotundo como un haiku.

“Mirar algo por última vez es lo más parecido a verlo por primera vez”. La lírica de Berbel velaba la terrible pregunta de por qué estaban allí, el zumbido de la Gran Vía (que seguramente él le reprocharía) y la respiración cargada de su marido, esa espalda de pronto extraña que ahora dormía y minutos antes la había roto con su desprecio. Horas antes era el amor de su vida.

Se sentía quebrantada como al cabo de una gripe larga y volvía una y otra vez a Berbel en la desesperación del insomnio. Cuando la pantalla del reader se encendía, no sólo buscaba evasión; si el desamor podía contarse era la prueba de que tenía un recorrido. Si lo tenía: tendía al fin.

La torpeza de embocar la Gran Vía madrileña con el coche en plena tarde de sábado les había llevado a la debacle. Las brechas se abrían de pronto como los terrones de un barranco bajo la gota fría; todo adquirió de pronto la violencia de un choque de isobaras. No habían llegado ni al parking cuando ella se bajó en un paso de cebra, no te soporto y un portazo. Veinte minutos después el silencio acusador de él haría la habitación doble más pequeña de lo que ya era. Hubo un pulso breve entre la tregua y las frases afiladas, una mano tendida que siempre duraba poco y un nuevo portazo. Ella fue la que se llevó la única llave que les había dado la recepcionista y caminó satisfecha por la moqueta porque él se quedaba a oscuras.

Sin embargo, el atardecer de Madrid la embriagó en el bar de la azotea y la animó a invitarle con una foto crepuscular llena de antenas a contraluz. “Sólo he subido para que no digas que no lo intento” dijo él minutos después, apoyado en la mesa enclenque que los separaba. En el rato largo que le llevaría al sol desaparecer detrás de los edificios no se dijeron nada. Se habían convertido en una de esas parejas terribles que ocupan los bares inmersos en sus pantallas de móvil.

A ella el silencio le permitió examinar la suntuosidad de las terrazas, la presunta intimidad de esos áticos privilegiados que aspiraban a escapar del ojo ajeno. De pronto se le descubría un paisaje blindado, como las zonas muertas de su relación, armadas para permanecer ocultas.

“Tengo tan poco pasado sin ti”, decía Berbel en sus páginas de agonía. Y ella le daba vueltas a esa extraña hibridación que se da en la pareja con los años, a ese fenómeno que podía visitarla casi físicamente con un autor como Berbel o Berger. Ella también maridaba con los autores, vivos o muertos, ¿qué no podía pasarle con su esposo tras veinte años escribiéndose y leyéndose el uno al otro con la piel, las palabras, los días? Ahora tenían que extirparse mutuamente, ¿cuál de los dos siameses moriría en el intento?

La azotea bullía de turistas distendidos y locuaces. La felicidad a su alrededor la irritó como si fuera energía estática y la advirtió de que debía comer algo antes de que el gin tonic terminara de erizarle el estómago. Una pareja que había encontrado antes en el lobby se acaramelaba en una esquina y ella se avergonzó de haber reparado entonces en lo maltrecho que era el chico: el embeleso con el que miraba a su novia le hacía ahora muy hermoso. No pudo soportarlo y escondió los ojos de nuevo en el móvil. Cuando los volvió a levantar su marido ya no estaba, ¿habían acabado ahí? ¿Por qué el amor no tendría flechas en el suelo como en los parkings? Necesitaba números, líneas, marcas. Verde libre. Rojo: ocupado. Completo.

Eran muy ciertos sus reproches. Ella era esquiva con la verdad, se escurría fácilmente a mundos amables y tibios pero, ¿quién no se contaba una historia para seguir vivo?

Vació la copa y saltó del taburete con un dominio de sí misma que la sorprendió, la ginebra todavía no había alcanzado sus reflejos, no emborronaba aún su manera quirúrgica de pensar. Las ideas todavía traían filo.

Encontró la habitación vacía y respiró con alivio. No renunciaría a su entrada al ballet, no se la debía a nadie. Admiró un instante sus sandalias doradas y las colocó en la moqueta con delectación. Se puso las medias cristal con la grave solemnidad de un matador de toros. El vestido de lycra, el negro, el de siempre, estaba tan gastado como sus peleas. Un momento de dificultad con la cremallera de la espalda le volvió a recordar que estaba sola, pero al cabo de varios intentos cedió: no le necesitaba a él para todo.

Entonces sonrió satisfecha y se dio valor para abordar la Gran Vía, enseguida se confundiría con los turistas locuaces e ingrávidos que se movían en camiseta y podría contagiarse de su efervescencia.

Sus sandalias doradas pisaron firme la acera. Se sentía disfrazada. Otra.

Era otra.

A veces los puntos de giro tienen una cualidad física, pensó, y el mismo tacto de una costura o una cicatriz, que puede ser tan inmensa como una falla entre dos placas tectónicas.  




https://www.editorialcomba.com/catalogo/libros/narrativa/irse/

http://almaenlaspalabras.blogspot.com/2016/04/entrevista-capotiana-esmeralda-berbel.html

https://elpais.com/cultura/2018/05/09/actualidad/1525889263_511720.html

https://www.lavanguardia.com/cultura/20180523/443763384236/irse-esmeralda-berbel-diario-
ruptura-dolorosa.html

https://www.todostuslibros.com/pages/politica-de-cookies/

domingo, 30 de diciembre de 2018

RESIGNACIÓN INSTITUCIONALIZADA


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La calle que suele lucir desierta se ha poblado de microbuses y le confiere una alegría insólita al CRIS. Los acordes ya me llegan cuando quito el contacto del coche porque hoy es su día festivo. Es el día de Encuentro Intercentros y los usuarios de varios como éste (centros de rehabilitación e inserción social) se reúnen para conocerse e intercambiar ideas. Los enfermos mentales acuden desde Valencia (Mentalia, Velluters, Sant Pau), Bétera y varias asociaciones de enfermos (Acova, Ambit). Patrocina el ayuntamiento de Puzol y la empresa Eulen, cuyo logo reza “Estamos por ti”. Habrá mercadillo y concierto de rock, un grupo de enfermos ha ensayado a conciencia este bolo y se llaman Guitar Heroes.

Camino unos minutos hasta la entrada y me doy cuenta de que el edificio del CRIS es coqueto y nuevo, pero ocupa un solar desangelado en tierra de nadie, a las afueras del pueblo. Lo rodea una planicie donde se mezclan campos de cultivo, motores y masías abandonadas con supermercados, puticlubs y un colegio de élite, ¿qué lugar ocupa el enfermo mental en medio de esta hibridación tan loca? Si estuvieran dentro de algún núcleo urbano, muchos más enfermos podrían acudir porque no se les puede pedir que cojan un tren y hagan trasbordos. No se debería abusar tampoco del coche de algún padre jubilado al que se le encadenan falsas promesas del servicio que nunca llega. Pero se abusa. Las familias han montado una nueva asociación, pero de momento sólo han recogido sonrisas y apretones de manos en los altos despachos.

Pienso esto mientras oigo el zumbido de la autopista por detrás de los naranjos, miro al este y veo la cinta plateada del mar con la silueta de las grúas de El Puerto. Hay tanta actividad en el mundo, tantos mundos en este mundo, lugares donde podrían caber estos chicos, me digo. Sin embargo los voy a encontrar en esta isla, cercados entre los mil metros cuadrados del CRIS, escuchando los acordes de sus compañeros y cabeceando sin alegría, sin una cerveza en la mano, sin garitos ni noche estrellada; sin un futuro fácil, que es lo que tiene la juventud cuando va a un concierto de rock y no sufre esquizofrenia ni trastorno bipolar.

El equipo del CRIS ha trabajado sin tregua para remedar la alegría que a menudo no brota de forma natural. Todo tiene que acercarse a un encuentro social entre personas que no saben o no pueden con lo social. Julián, Regina y los demás se han movido de aquí para allá desde las ocho. Han arreglado las mesas para la paella, han colgado globos, han colocado los paneles que los enfermos han pintado durante meses. “¡Somos cien personas para comer!” me dice Toña la educadora social, y el cansancio no se le nota en la voz porque es su gran día. Es pequeña y fornida, enfática, siempre que la veo me digo que le sobra energía, que sólo con estar cerca de ella sucede el contagio. Con una quinta parte de su empuje los enfermos se empapan y acaban sonriendo de una forma nueva. Como Luís, al que ha acompañado a varias inmobiliarias hasta conseguir el mejor apartamento de El Puerto. Los propietarios arrugaban la nariz cuando le escuchaban al otro lado del teléfono y Toña ha sido su aval, su negociadora.

Luís es huérfano y cuando su esquizofrenia arrecia se empeña en cambiar de pueblo como si el mal estuviera fuera, en algún lugar de su perímetro inmediato. El equipo de Salud Mental se desgañita detrás de sus eternas mudanzas. El logro más reciente es que no se aleje del área donde le conocemos y tratamos entre todos.

Lo encuentro en la última fila y me saluda cálido y entusiasta. Está muy bien ahora, lo noto porque querría inundarme con los detalles de su nuevo piso y no lo hace. Si estuviera descompensado no se despegaría de mí, pero lo veo ir y venir con el pitillo que se acaba de liar y sus eternos cascos colgados del cuello. Dejó Sagunto porque le tenían “manía”, pero desconoce que todos los vecinos lo quieren bien. Cuando bebe sólo se pone empalagoso,  siempre acaba siendo traído a la consulta por algún vecino al que al que le inspira más ternura que lástima.

No es el caso de la mayoría. El miedo acaba fácilmente con la buena educación del enfermo. Cuando la paranoia se inflama y crece, la sensación de amenaza deja de ser imaginaria porque se mezcla con el ruido de todas las puertas que se cierran a su paso. Puertas imaginarias y puertas de verdad: todavía hago visitas a domicilio y oigo algún cierre de cerrojo cuando toco al timbre. No todos los enfermos tienen el encanto de Luís para sobrellevar tanta soledad.

El vocalista de los Guitar Heroes se presenta antes de abordar el segundo tema. Agarra el micro con desenfado y nos da permiso para darles “de hostias” si no nos gusta su número. A Luís le hace muchísima gracia la salida y me gusta verle reír. Me sienta bien formar parte de todo esto, me digo. Recalo en el cielo que nos regala un típico azul mediterráneo, el huerto y el jardín acicalados para la ocasión por los usuarios. La música arranca y el batería renquea como lo haría una banda de adolescentes en la tarima de un patio escolar. Luego se coge y la cosa no fluye mal. Hay un violinista que se defiende y el desparpajo del solista cubre todas las grietas. Enseguida estoy pensando cómo conseguirles un bolo en algún garito de verdad y me pregunto si debería decir que son enfermos mentales.

El público está sentado y apenas mueve la cabeza al compás, más de uno ni mira hacia el escenario. Amparo, que está sentada junto a la pared, se ha vuelto mansa con el inyectable mensual y deja la mirada muerta en el vacío. Sus ciento y pico kilos se desparraman sobre la sillita plegable y me recuerdan la quietud de los rebaños en el mediodía del campo. Un enfermo calvo al que no conozco está sentado enfrente y no se ha quitado la mochila infantil de la espalda, quizá se haya comido ya el bocadillo y haya hecho una bola con el papel de plata. Debe de rondar los cincuenta.

De pronto me cruzo con Jose y me saluda muy correcto. La conversación es mínima y tensa, se nota que está sobreponiéndose a su necesidad de irse corriendo. No lo retengo. Cuando se aleja de nuevo hacia el vestíbulo desierto chupando su cigarrillo, me digo que con él no bastan los simulacros. No podemos incrustarle una vida de relaciones. Le sigo de reojo y me recuerda a una criatura en el zoo, dibujando círculos en el cemento de su jaula con sus carreras. Estaba tan contenta de haberle conseguido una plaza aquí, misión cumplida, me dije, estación final. Sin embargo ahora veo que el trabajo con él no ha hecho más que empezar. Las familias y los terapeutas solemos descansar cuando les convencemos para que vengan al CRIS, pero a veces tan sólo estamos cambiándoles de escenario. 

No puedo evitar acordarme de la postura de algunos compañeros críticos con lugares como este. Los CRIS no dejan de ser una nueva “reserva de locos”, argumentan, al margen de la vida ordinaria, real.

Resignación institucionalizada.

Dar la partida por terminada cuando ni siquiera ha comenzado. ¿Será todo lo que podemos hacer?







domingo, 7 de octubre de 2018

ISLANDIA: DESALOJAR LA MIRADA


Terminal 1 de Barajas. El efecto batidora.

Buscamos la C35 y mezclamos nuestros pasos con todas las razas y actitudes imaginables. Sólo en un sitio como éste puede uno descubrir a la humanidad en su médula, destripada y diversa como el engranaje al aire de un reloj de pulsera. Mis hijos la digieren con indolencia porque ya lo han incluido en su imaginario. Ellos arrastran los pies entre bostezos, pero yo me detengo ante un grumo de japonesas excitadas o una familia de hindús que salpican la belleza insípida  de las vallas publicitarias con sus saris de color. Quiero recuperar la inocencia, sorprenderme de sus ademanes y sus atuendos como cuando los vi por primera vez, ¿dónde? En un aeropuerto internacional. A la salida del control de seguridad, un cura católico se abrocha el cinturón y besa el crucifijo de plata antes de pasárselo por el cuello con una sonrisa beatífica, ¿en qué otro lugar se puede contemplar esta escena? Enfrente de él, un judío pide divisa en la ventanilla de cambio con el pasaporte israelí en la mano. Unas adolescentes británicas cruzan como un banco de pececillos y ríen porque van de despedida de soltera. Me gusta sentirme parte de una tribu tan amplia y diversa, el mestizaje no me intimida, más bien me estimula. Cuando mis hijos no vivan en casa y dejen de arrastrar los pies detrás de nosotros por las terminales, otro tipo de emoción me embargará: los despediré en un aeropuerto como éste y sentiré que esa fuerza centrípeta, embriagadora, que vibra en los terminales, se los traga hacia un remolino que se llama mundo. Elegirán un lugar lejos de mi barrio y todo estará bien, porque hace tiempo que ya no sé dónde termina mi barrio y dónde empieza el mundo.



Icerental Cars. Oficina de alquiler de coches.

Recogemos el coche en una oficina amplia y pulcra que parece oler a pintura recién secada, los picaportes relucen sin una huella. La elegancia sobria y funcional de los escandinavos nos asalta desde que hemos aterrizado en Keflavik. El islandés parece un pueblo que no se permite ningún acicalamiento, como la verdad desnuda de su paisaje, como la austeridad de su credo protestante. La moqueta mulle los pasos y absorbe las palabras mismas, en un inglés correcto y sin concesiones. Nunca hay una sonrisa de regalo, ¿me acostumbraré a su estilo cortante como el viento polar? No obstante, la soledad me gusta y me invade una distensión grata en los silencios amplios que los niños rompen con sus juegos y sus riñas. Me pregunto si vendrá del desalojo general de la isla. Acostumbrados a las masas, preguntamos por el horario del bus que nos devolverá a la terminal y no hay tal horario: cuando lleguemos nos llevan personalmente. Tampoco nadie nos pidió anoche el pasaporte en la aduana ni en el check-in del hotel, ¿tan pocas personas pisan la isla? ¿A nadie le preocupa si llevamos una bomba en la mochila? El hall del aeropuerto estaba lleno de senderistas que desembarcaban silenciosos y bien pertrechados, nadie más allá de los sesenta ni mantecoso ni dominguero. Las mochilas iban a rebosar y las botas de trekking crujían sobre el linóleo de forma intimidante, como los neumáticos de una convención de moteros. Yo examinaba de reojo sus gestos concentrados y me preguntaba: ¿aguantaremos la excursión por el glaciar? ¿Estaremos entrenados?



El páramo.



Cruzar Islandia en coche es una suerte de meditación. Me recuerda a las largas travesías en barco: nada a babor, nada a estribor, y la línea tranquila del horizonte que traza un perímetro en torno a ti y provoca una congoja efímera. Después llega el letargo, una suerte de distensión y el vaciamiento al que aspirábamos. Los niños callan y el motor del Honda nos arrulla por este páramo de lava cuajada.
Hemos dejado Vik después de un remojón “a lo vasco” en su playa de guijarros negros y conducimos hacia el imponente glaciar Vatnajokull, el más grande de Europa.

Su silueta se impone en el parabrisas con la autoridad incontestable del hielo. Bajo una luz blanca y quieta, la tierra baldía que nos rodea parece un fondo marino despellejado y todo cobra una cualidad acuática que ralentiza los deseos. Las postales idílicas que visitamos ayer en el Círculo Dorado (las cascadas de Seljalandfoss y Skogarfoss) han quedado atrás para dar paso a este viaje sonámbulo por el desierto.


Hasta las ovejas, garrapatas blancas hincadas en las laderas verdes, son aquí negras y displicentes.
No sabemos si llegaremos a tiempo para un paseo por el lago glaciar Jokullsarlón. Hemos improvisado unos bocadillos frente a una granja y nos hemos retrasado. Los intentos de Rocío de alimentar a una oveja con ensaladilla rusa han espantado al rebaño y arruinado la foto. La tortilla de patata de anoche aguantaba bien y Rafa se ha nombrado a sí mismo maestro tortillero. Todos nos hemos reído de su autoestima y a nadie le ha parecido mal el descanso, pero ahora callamos inquietos porque la Ring Road parece interminable y la taquilla del lago cierra a las cinco.



Jökulsárlón. Lago glaciar.

El diálogo con el hielo milenario exige silencio y una seriedad reverencial. Sin embargo, a Jokullsarlón acudimos locuaces y en tromba, hay un parking amplio para autobuses y los visitantes bordeamos la orilla con nuestros anoraks multicolores; nada menos solemne que una atracción turística. A pesar de todo (y de los 60 euros por cabeza), el paseo en barca anfibia mereció la pena, fue providencial llegar a cinco minutos del cierre. A Rocío le dio lástima el guía porque su inglés era tan terrible que nadie atendía la charla ni reía los chistes (bromeó con la pronunciación del islandés y accedió a que le llamáramos Johny “like Johny Walker”).


Los icebergs desfilaban lentamente ante nosotros como damas lánguidas y embocaban ciegos el acceso al mar. Las vetas azuladas hablaban de su fractura reciente y les conferían la belleza dolorosa de las flores antes de que el tiempo las marchite. Rocío se hizo los selfies reglamentarios y sonrió autocomplacida con su gorro ruso. Manuel salió de su ostracismo adolescente y comentó la liga española con unos turistas andaluces que nos hicieron el retrato familiar. Cuando nos cansamos de las fotos, Rocío y yo jugamos a las formas de los icebergs: yo adiviné en uno la silueta de un barco varado, Rocío encontró el hocico de Noa.

Skaftafell. Parque Natural.


Cuando vamos de camino me gusta retrasarme un poco y verlos dirigir la expedición. Veo sus espaldas a contraluz dejándose absorber por los colores de la isla y les hago fotos sin que lo sepan, siento una mezcla de despedida y celebración; cada viaje abre un duelo porque el paisaje prevalecerá pero nosotros no.


Consuela saber que la belleza de Islandia me encontrará si vuelvo algún día, lista de nuevo para golpearme con sus contrastes. Fuego y agua. Verde musgo y lava negra. Las cataratas abren una sonrisa en la cara que el viento polar congela enseguida. El silencio que emana de cada cráter tiene una cualidad traidora: en el 2010, el volcán Eyjafjallajökull entró en erupción y logró que la isla ocupara todos los telediarios. Desde entonces, este paisaje estéril y extraño está de moda y venimos masivamente a conocerlo (dos millones y medio de visitantes este verano, en una isla casi deshabitada).






Hoy elegimos una ruta por el parque natural Skaftafell y Rafa protesta porque es la más dominguera pero asciende feliz como un globo y no duda en saltarse las barreras de seguridad para lograr la mejor foto. La catarata Svartifoss nos roba pronto la respiración con su entramado de columnas basálticas y antes que nosotros lo hizo a los productores de la serie Juego de Tronos. 


Un panel explica la simetría hexagonal que adopta la lava al enfriarse y yo no puedo evitar pensar en los arquitectos. El que diseñó la iglesia de Hallgrímur en Reykjavik inspirándose en este panel natural, en el mismo Gaudí que invitaba a todos los modernistas a imitar a la naturaleza. En un juego caprichoso, o quizá en un código inasequible para nosotros, la Tierra ha querido imitar aquí a los humanos y lo ha hecho con un mensaje, un grito más bien, desde el centro de sí. ¿Qué quiso decir? Abstraída en esta idea y en el picnic que Rafa ya ha montado a la orilla del riachuelo, pierdo el móvil y me doy cuenta media hora más tarde. Menos mal que los niños desandan el camino como gamos en cuanto se enteran. Unos italianos que lo han encontrado se lo entregan pronto a Manuel y yo les mando besos desde el puente. Mientras descendía hasta allí, enumeraba ya las cosas de las que tendría que prescindir sin el dichoso aparato y me había alegrado comprobar que no era para tanto, ¿era ese el mensaje oculto en el basalto?


Höfn, al extremo de la ruta. 

El gusto por la Nada. La Nada en la Nada. En esta isla hay Nadas dentro de la Nada como los anillos de crecimiento de un tronco y por eso hemos venido. El mapa mismo engloba macizos rocosos que el hielo descubrió tras la última glaciación y fueron islas hace miles de años pero ahora son islas dentro de esta isla. El “Círculo dorado”, la “Ring road”: todo aquí junta sus extremos y se vacía: el cero, la nulidad, la gran carencia.
La Nada más vacía que visitamos es Höfn, el pueblo al extremo más oriental de nuestra ruta. Wikipedia habla de mil seiscientos habitantes pero el viento afilado que nos asalta al bajar del coche explica que no veamos ninguno por la calle. Aparcamos cerca del único supermercado y nos aventuramos por su paseo marítimo calándonos bien el gorro. Las casas de aspecto prefabricado se ordenan frente al océano. Enfrente, los dueños se permiten una presumida parcela donde no puede crecer nada y la decoran con anclas oxidadas o enanos de loza que embelesan a Rocío. La ropa tendida aletea con fuerza en una cuerda y la señora que sale a recogerla con brazos expertos parece un marinero en la proa de un barco. No puedo evitar acordarme de la azotea en Reikiavik donde vi una barbacoa coronando el balcón y sentí una compasión inoportuna.
Como todos los pueblos pequeños del mundo, Höfn saca pecho con varios museos absurdos: un museo vikingo (Vestrahorn), un museo del parque natural (Gamlabúd), un museo de rocas recogidas por una familia local (Huldus Reinn) y la imprescindible casa-museo de un escritor que no conozco (Thórbergur).
No visitaremos ninguno.
Calentamos nuestra cena precocinada en un microondas que ofrece el supermercado y miramos la calle desierta a través de la cristalera. Yo mastico las sobras que van dejando los niños mientras medito acerca de los museos. Me gusta enumerar los sitos donde no he estado con una delectación morbosa, cerca del masoquismo. Mi memoria se entretiene colocándolos al lado de los juguetes que no me trajo Papá Noel, los chicos que no me miraron, las películas que se esfumaron de la cartelera mientras yo me encerraba a estudiar.
En Islandia, las casas-museo de escritores salpican la geografía como las ovejas. Ayer en el hotel incluso di con un libro dedicado a ellas. Tenía un mapa que fotografié con entusiasmo (sobra decir que me embargaba la convicción de que no los pisaré jamás) y anoté nombres que acababan siempre igual: Gumarson, Sveinson, Jochumsson, Hallgrimsson...




Una isla de trescientos mil habitantes que pasa media vida a oscuras y rinde tanto culto a sus escritores, ¿por qué? ¿Cuál es el influjo de la aurora boreal? ¿Hay que acercarse tanto al Círculo Polar para estar inmerso en la literatura? Es más: ¿tiene la literatura un punto geográfico, una zona física donde obre la acumulación? Yo que ya me jactaba de haber aprendido a escribir en medio del polvo y el ruido, ¿debería aspirar a esta pureza?
Estas preguntas sin respuesta también las colecciono con fruición y las coloco ordenadamente en mi lista.










Brú Ghesthouse.



Hemos dejado atrás los falsos acantilados de la costa sur y pasamos la noche en Brú, en una planicie extensa donde emerge esta fila de módulos de madera con dos habitaciones baño y minicocina.



Es fácil sentirse como una familia Playmóbil, todo está impoluto y de estreno, es tan impersonal como una casa de muñecas. Ikea es la empresa promotora de esta uniformidad, ha terminado de arruinar el folklore, el derecho a sentirse lejos de casa. No obstante, en los estantes encontramos cuatro cuencos, cuatro platos, cuatro juegos de cubiertos y cuatro vasos y yo soy feliz mientras me asalta un déjà vu: todo esto ya lo viví leyendo a Ricitos de Oro.


La cristalera es amplia y deja entrar el verde de la llanura desde cualquier ángulo, es tan extensa que intimida. La mujer de la recepción fue cálida y cercana pero dejó claro que se iría a las diez de la noche y me sobrecoge recordarlo, sólo hay un coche más aparcado al lado del nuestro. A medida que la oscuridad hace opacos los ventanales, la casa adquiere una cualidad flotante, sin asideros. Como la niña se va a dormir enseguida, elegimos una peli de Eastwood en Netflix y dejamos que Harry el Sucio nos devuelva al universo conocido con su rictus indolente y sus famosas sentencias antes de apretar el gatillo.

Geysir y vuelta a Reykjarvik.

Cumplimos con el mandato turístico y visitamos Geysir antes de volver a la capital. Durante el trayecto les instruyo a todos sobre las zonas geotérmicas y las bacterias termofílicas, aunque sé que sólo Rafa me está escuchando mientras conduce y mira la carretera con una sonrisa templada. Sólo consigo robarles la atención a todos cuando les reto a pronunciar el nombre del volcán a nuestra derecha (Eyjafjallajökull). Rafa es una ardilla fonética y lo adapta pronto a su manual de atajos sonoros: “ella-folla-yo-culo” es lo que más se acerca al original. Reímos relajados y cogemos fuerza para resistir los embites de los niños en el centro de visitantes de Geysir: souvenirs, menús y chucherías para un nuevo enjambre de turistas que nos aglutinamos en el parking y en las colas de los baños.
No gastaremos ni una corona más, el país más caro de Europa (y quizá del mundo) ha agotado el presupuesto. Sorprendentemente, la visita al  Gran Geysir no tiene pago obligatorio y caminamos con alivio entre las fumarolas con olor a azufre sin arrugar la nariz. Geysa es el verbo islandés para “emanar o erupcionar” y éste del valle Haukadalur ha dado nombre a todos los del mundo. Un siglo de visitantes ha acabado con él y ya no escupe agua, pero su homólogo Strokkur sí lo hace y salva la visita. Para los incautos que aún tuvieran ganas de arrojar monedas al agua remansada, los carteles rezaban alertas en varios idiomas. También nos recordaban que el agua estaba a 100 grados y el hospital más cercano a 62 km.
Engullo el bocadillo antes de perder la sangre de mis dedos azules e intento disfrutar las vistas del valle. El almuerzo no es lo único que se nos ha enfriado. Parkings, autobuses, colas y selfies arriesgados sobre el vacío han congelado nuestro instinto explorador. La visita obligada a Gullfoss resulta en un desganado vistazo panorámico


y la falla de Pingvellir se lleva una foto rápida (el lugar es emblemático: junta la placa americana con la indoeuropea como si la piel de la tierra se cerrase en cremallera).
Pronto rodaríamos por una autovía de dos carriles, embocando naves industriales y las vallas publicitarias que ya no recordábamos. La publicidad es aquí no sólo escasa sino tímida, casi te pide permiso para que la mires. Reykjarvik estaba cerca y la nostalgia del desierto me asaltaba, quería volver a los montículos pelados, al verde inacabable, al cielo blanco confundido con la cinta del océano. Quería volver para pegar mi nariz al parabrisas e incorporarlo todo. Echaba ya de menos esa sensación de bucle, de falso avance.


La cinta negra de la Ring Road engullida por un horizonte que siempre está más allá. Eso es Islandia. La sensación de que el avance del coche es en vano, un falso devenir, como la vida misma. Esta isla que vive al ras del magma terrestre no se deja engañar por espejismos: caminamos hacia un horizonte que toca sus extremos.




https://milviatges.com/2015/viaje-barato-islandia

https://es.visiticeland.com/

https://mejorepocapara.net/viajar/ver-auroras-boreales/

https://elpais.com/elpais/2018/06/28/eps/1530165884_674043.html

https://elviajero.elpais.com/elviajero/2018/05/10/actualidad/1525949407_721399.html