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domingo, 5 de mayo de 2019

Mi mamá es a veces una niña


Los niños están alborotados. “¡Vamos al circo mamá!”, me anuncia Manuel y su voz parece de estreno, como todo en estos días en que el parque suena con un enredo de padres, abuelos y críos, ellos trotando entre globos y juguetes rutilantes al sol de diciembre. Es navidad y en el circo mundial los acróbatas búlgaros y los tigres de Bengala nos reclaman como cada año desde la plaza de toros. Javier insiste en saber si hay serpientes y un brillo de temor y deseo se cuela por sus ojos redondos.
Atravesamos el parque como un rebaño ajetreado, ahora Rafita se echa una carrera detrás de una paloma coja, después a Javier se le han desatado los cordones, a Manuel no se le oye porque su padre le ha subido en hombros después de un terco lloriqueo que duró hasta la valla.
Jorge quiere cantar una canción de circo y Rafita se entusiasma con una estrofa perdida, “había un ratón-ton-ton”, enfadando a sus primos.

Cuando llegamos a la plaza de toros, el sol de las cuatro es casi horizontal sobre la estación del Norte y en la puerta se aprietan ya los padres con los niños. Los cartelones anuncian la trouppe acrobática de Pekín y el hombre tiburón. A lo alto parpadean las letras en neón contra el azul limpio de la tarde.
Alcanzamos la entrada a pasos cortos. Cuando el hombre del uniforme rojo recoge las entradas, los niños ya se han dejado absorber por la semipenumbra que gravita en el pasillo central. Sus gritos se pierden en el polvo de las bóvedas y hay que improvisar una carrera con ellos hasta el acomodador, que nos espera al borde de una escalera de aluminio.
Fila 9, asientos 100 al 108. Manuel no le quita ojo a la carpa azul, estira el cuello para seguir el entramado metálico que tensa este cielo improvisado, este límite desmontable que guarda un mundo nuevo para él, una realidad que surge y se desvanece ante sus ojos cada mes de diciembre y que luego pasará unos días más visitándole en sueños.


El acomodador tiene la sonrisa fácil y el pelo erizado de una forma disparatada sobre la coronilla. Después descubriremos que es Toni Tonito, el payaso, y que su salto mortal sobre los muelles del plancton ha merecido el Premio Nacional de Circo este año. Lo anuncia un presentador alto de voz grave. Según se mueve dentro del chaqué rojo y gris, uno diría que es su segunda piel. Me pierdo su discurso inicial al escaparme a por los gusanitos y los bocadillos. En el corredor de la entrada ya sólo retumban los altavoces de la pista y el sol se entretiene en silencio por el enrejado de la plaza. Ahora el hombre de las entradas se acoda relajadamente sobre la barra de la cafetería y no deja que su buen humor flaquee ni un momento. “Qué seria estás, rubia”- le lanza a la camarera-“pensativa, nada más”-contesta ella, dejando ver su adiestramiento en piropos. El cortado que me adelanta en un vasito de duralex servirá de placaje para la siesta no dormida.
Nos esperan dos horas y pico que pasan en túnel para los niños. Los altavoces gastan kilovoltios contra los tímpanos más tiernos y en la pista se sucede el baile de los trapecistas, los forzudos, los tropezones del payaso o el trotar gregario de las fieras. Tina Aurora es la reina del circo y su cuerpo delgado es tan pequeño junto a los cinco elefantes que ruedan alrededor. A un golpe de látigo, el más grande y viejo levanta sus patas delanteras y hay un momento en que uno adivina una tristeza antigua en sus ojos. No le salva su carne descomunal, la falta de astucia es el pecado del que no le han servido esos colmillos como sables. Tiene un grito que pudo romper el aire de la selva y lo ignora. Animales con el instinto escindido, robado. Parecen todavía asustados del público y de la música enloquecedora. Cuando Tina repite su número rodeada de camellos, uno de ellos orina en un margen de la pista, levantando el rabo con gravedad.
Después de los animales, los pequeños se tensan con la llegada del hombre tiburón. Mister Olganovich ha ganado la medalla de plata en el festival de Montecarlo y promete robarnos la respiración. Este hombre menudo y fibroso aparece con un traje metalizado y un sombrero puercoespín que los niños no van a olvidar. Después de saludar en redondo por toda la pista, sus ayudantes traen una caja de metacrilato donde él se plegará con cuidado hasta dejar sus miembros sellados durante tres minutos y veinte segundos. Aguantará la respiración dentro de una cuba de agua mientras los adultos nos andamos preguntando por el truco. Yo sólo sé pensar en aquella película donde un acróbata judío escapaba así del asedio nazi, doblándose dentro de una maleta de cuero. No puedo evitar que la historia de esta gente me traiga la noción de infelicidad, intuyo que sus vidas corren al filo del drama.

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Cuando Olganovich resurge victorioso, empiezo a contar desarraigos. A las doce acróbatas flexibles como juncos se las presenta desde el circo Nacional de la República China, a los equilibristas desde el Estatal de Bucarest y el número de motos rugiendo dentro de una jaula esférica lo traen un filipino, un mexicano y un corpulento dominicano (que luego se jugará la vida a veinte metros del suelo).
La melancolía siempre es una tentación en el circo. “Hemos visto ya tanto en estos tiempos multi-media- puntualiza mi cuñada-que el circo sólo fascina a los niños más pequeños”.
El último número lo trae Toni Tonito. Arremete contra el público y escoge a tres ayudantes improvisados. Les disfraza y les compromete a bailar, actuar y ensartar las escenas de una trama básica sobre amor y celos. Mientras él les dirige detrás de una cámara de cine armada en madera y cartón, todos nos quedamos atrapados. Ni un adulto se resiste a identificarse con las tres víctimas de Tonito y nuestra risa es la carcajada sobre nosotros mismos, sobre nuestro rechazo a hacer el disparate, a jugar, a enseñar nuestro pequeño niño. El aplauso final es liberador para todos.
Mientras salimos ordenadamente de la carpa, voy recordando las palabras de Javier al venir de casa “mi mamá es a veces una niña- revelaba, mientras su mano latía dentro de la mía con el calor de un gorrión- pone una voz rara y dice que se llama Margarita”. Después era un silencio en contrapicado, lanzándome esos ojos tan quietos desde su metro y poco del suelo. Le costaba entender ese desdoblamiento ocasional, ese juego al que él no llama juego. “Explícame, tía, ¿cómo puede ser, si mi mamá tiene las tetas gordas?”.
Es el final de la tarde, asomamos al cielo de nuevo y encontramos el aire amarillo de la ciudad iluminada. Mi cuñada sonríe ahora con calma. Escucha contagiada la verborrea de Javier sobre el hombre tiburón. Y en su sonrisa veo la mía, y la de la niña Margarita.


Feliz día de la madre


jueves, 6 de noviembre de 2014

Truco, trato y morirse de mentira



Termina el empacho de Halloween y guardo los disfraces de mis hijos con el pensamiento puesto en la muerte con la que está creciendo esta generación, una muerte edulcorada, bufa, representación pura. Me pregunto por el calado en sus pequeños espíritus de tanta gota de pintura roja. La muerte es un guiño que dura un día al año y se puede guardar en el altillo hasta el año siguiente. Una sabia bufonada desarrollada por los impulsores del mercado, un truco-trato para creerse inmortal, para desdeñar la decrepitud, negarla, para alimentar la insatisfacción de envejecer y lanzarnos con avidez a por nuevas piezas de recambio.  
El verano pasado, en un pueblo perdido de la sierra de Albarracín, asimilé lo lejos que vivimos ya de la muerte que respiraron nuestros abuelos.
Era una tarde ociosa como los son todas en Moscardón, la aldea donde llevamos a los niños para que aprendan a aburrirse, otra dimensión castrada para ellos. Un par de madres llevamos a las niñas al corral de la abuela Araceli, la única que aún cría animales en un establo desvencijado que abre la entrada al pueblo.
Araceli tiene la espalda doblada como un cartabón y cuando cruza la carretera de madrugada casi no se la ve, oculta bajo un montón de paja o de bártulos más grandes que ella.
Los ochenta y pico no le han robado la vitalidad ni la coquetería, trepaba los escalones del gallinero sin vacilar y cuando le pedimos una foto junto a las niñas, se quitó el mandil sucio que descubrió otro nuevo mandil de flores, un vértigo de faldones y trapos que ahuyentan el frío de la sierra y la fragilidad de sus miembros. Se cubría los rizos blancos con un pañuelo y arqueaba las cejas para subir la mirada, éramos un plano forzado para ella, el trato con sus animales la ha acostumbrado a comunicarse a ras de suelo.
No ha conocido otra vida que esta y contagiaba el entusiasmo de quien sabe cuál es su sitio en el mundo, sin un asomo de duda. “Me dicen que por qué sigo trabajando, pero es que yo quiero a mis animalicos, si tengo que quitarme de comer me quito antes que ellos”.
Las niñas ya llenaban el corral de risas y de carreras en ráfaga como las mismas gallinas, en un juego de espejos donde se hacía imposible el contacto. “¿Dónde está el gallo?”, preguntaba Rocío, y entonces supimos que gallo no había porque “las mundea y se las lleva a los piazos”.
Ovejas tuvo hasta quinientas, pero ya quedaban menos de treinta. En el corral mantenía encerrada a una con el “cerebro seco que se me quedó ciega”, y ese posesivo delataba que nos estaba hablando de su familia extensa. Cuando tocaba conocer a los corderos, nos abrió el portalón del establo grande y un revuelo de palomas recibió nuestras pupilas ciegas. Al rato, cuando nos habíamos hecho a la penumbra y al olor del sulfato, alguien descubrió un huevo de paloma caído del nido “con su criatura dentro”. Las niñas abrieron mucho los ojos, Rocío se atrevió a cogerlo pero disimulaba mal su turbación, “ahora no podrá pensar, ni hablar…”, dijo. En ese momento anticipé la colisión que iban a sufrir pronto las pequeñas, había cuatro corderos tiernos que correteaban ya bajo la luz enclenque de una bombilla y las niñas se embelesaban detrás de un somier viejo donde las había colocado la abuela Araceli, “no entréis porque se encienden y dan mala carne, en una semana tengo que matar a éste que me lo ha encargado la Encarna”.
El revuelo de las niñas cesó, todas callaron con sus manitas agarradas al metal oxidado, una madre irrumpió con el flash de su cámara e intentó arrancarles una sonrisa, todos deseábamos cambiar de tema. Sin embargo, la charla de Araceli continuaba con la naturalidad de un arroyo, “tenemos que comer, mi hijica, o nosotros o ellos”. Y en ese instante pude palpar el abismo entre los cinco de mi hija y los ochenta y pico de esta mujer: convive desde niña con la muerte, la está esperando entre los muros de adobe, bajo las capas de su mandil, como quisiéramos esperarla todos, embriagada por el revuelo de un rebaño manso alrededor de ella. Adiviné que su mirada viva no se dejaría empañar ni un instante, menos aún con la muerte.

Su últimos ojos serán idénticos a los que nos reciben cada año, translúcidos, serenos, satisfechos.