sábado, 21 de marzo de 2020

COVID 19. BITÁCORA DE UN MUNDO REINVENTADO. Capitulo 2



Viernes 13

La mañana en el centro de salud había sido fantasmagórica. Nadie se acordó de que era viernes 13, pero esa misma tarde se declararía el estado de alerta. La sala de espera era una hilera de sillas de plástico precintadas y clavadas en la retina como ojos acusatorios. La entrada estaba poblada de carteles que rezaban “no se apoye en el mostrador”. La chica del pródromo psicótico había dormido con dos cuchillos bajo la almohada, conocía la cura contra el virus, pero sólo pude calmarla telefónicamente. Todas las visitas fueron a distancia, salvo las de primera hora, que venían de Madrid. Les alargué las mascarillas y les pedí que no tocaran la mesa. Se revolvieron nerviosos en su asiento y acabamos rápido. El paciente estaba mejor que nunca.

Fue cuando la mascarilla se hizo mi segunda piel. Creía que eran un mecanismo de defensa, pero solo son la antesala de la tortura: nostalgia de cuando el aire viajaba libremente por nuestros orificios, nostalgia de una libre movilidad.

Por supuesto, mi sesión sobre tabaquismo mutó en una histérica reunión con chistes malos y miradas recelosas. Todos revolvían con excitación las cucharillas del café, nadie se acordaba de marcar la distancia de seguridad. “Los madrileños son muy exigentes, nos van a pedir que vayamos a verlos a casa…”. La sala de reunión tenía era un extraño merme, un estrechamiento abrupto de trinchera y nadie quería estar en el pellejo de los que harían la guardia ese fin de semana. Una confusa conmiseración por el compañero de límites borrosos, dirigida hacia dentro y afuera. Solidarios e hipervigilantes, ociosos y desconcertados, a las once olvidaríamos las mascarillas y los turnos y nos volveríamos a meter en la salita para el café de las once. Necesitábamos ese café de las once. Como el beso de Candela, como la dosis que se conceden los yonquis antes de la desintoxicación: tomamos el último respiro de los de antes y seguiríamos en contacto por el chat todo el fin de semana; había que redactar protocolos, debatir sobre el ibuprofeno e incluso ultimar un bando para que la alcaldesa difundiera por el pueblo.

Cuando llegué a casa, mi hija se hacía selfies con la mascarilla puesta y se demoraba en elegir la que más le destacaba los ojos verdes sobre el material quirúrgico. Mi amiga Sara, desde Berlín, mandaba sus ojos almendrados y su mascarilla self made con una sonrisa pintada. Se quejaba de que los alemanes no hagan humor con el virus.

Por la noche, La Grande Bellezza de Sorrentino nos salvó la vida. Ovillados en el sofá, todavía lejos de las esquinas, dejamos que el gran Jep Gambardella nos llevara de la mano por su nostalgia y su resistencia a la nostalgia. Un cielo surcado de pájaros, las risas de unos niños en un jardín o la pureza de las novicias romanas abrían la garganta y despejaban la congoja como caramelos de eucalipto.

Sábado 14, domingo 15.

El estado de alerta y Real Decreto, pero el sábado aún tuvo una marcha festiva. Carcajadas histéricas con los memes más creativos y paseos holgados con la perra, el parque aún abierto y cruzado por gente que se aglutinaba por parejas y se buscaba los ojos, una tendencia que se potenciaría el domingo ante la verja cerrada de Viveros. Complicidad espontánea. Los transeúntes se dicen “aquí estamos, aguantando”. Rocío quiso comprar Nutella, artículo de primera necesidad. Hablaba de sentirse triste al ver cada mascarilla y yo la alejaba de mí cada vez que se acercaba. Cuando llegamos a la puerta del Consum encontramos una empleada en la puerta, como en los viejos garitos nocturnos de moda. Habían sufrido una avalancha por la mañana y ahora se regulaba la entrada, entrábamos por turnos. Yo fui la que le pidió a todos en la fila que guardaran la distancia. Respuestas educadas, tenso civismo entre todos. Las baldas vacías de papel higiénico estuvieron a punto de llevarse una foto, pero la memoria del móvil estaba llena, como las UCIs de La Paz. Confié en mi memoria.
Por la noche, mientras cenábamos, la niña abrió la ventana para que oyéramos la ovación: los sanitarios del país estábamos en la mente de todo el barrio, de todos los barrios. Vecinos de los que no sé ni el nombre, balcones iluminados, gritos. Un cosquilleo en la barriga y unos largos minutos aplaudiendo en los que obedecí mecánicamente.

Siempre supe que hacíamos un trabajo vocacional. Siempre me quejé de hacer un trabajo vocacional. Una tarea que nos fagocita sin dejar energía para la protesta, que no pone el foco en la nómina, sino en algo intangible que se escurre por los ojos de los pacientes. Pero nunca imaginé una escenografía para algo a lo que no sé poner palabras. Cronometré tres, cuatro minutos. Me harté pronto en la ventana, un pudor extraño, quizá un punto de vergüenza. Ahora lo sé: un rechazo inútil a ser protagonista. Cuando cerré el balcón de atrás aún se escuchaba el clamor, llegaba ahogado y sostenido desde la calle Alboraya. No somos estrellas, me dije. Nadie pensó que estaríamos nunca en el centro de tanta gente asustada, pero tampoco apetece que dure la gloria. Me siento como el héroe por error de las comedias baratas, todos los ojos puestos encima de uno que no sabe dónde meter las manos. Las tripas pegadas como el ascenso de una montaña rusa, cuando el trenecito baquetea de forma grotesca, el cielo se proyecta al frente y el taca-taca-taca anuncia que ya no puedes bajar y devolver el billete.

El domingo ya vimos las patrullas doblar por la esquina desierta de Genaro Lahuerta pero no les llamó la atención que paseáramos a Noa en pareja. Circulaba ya el veto por todo el país, las grandes vías ofrecían imágenes aptas para filmar el final del planeta. La niña completó varias rutinas con sus amigas por videoconferencia: tablas de gimnasia, una mascarilla facial casera, cotilleos y risas voladoras que mantenían la misma frescura de antes. Se enseñaron mutuamente el contenido de la despensa. Después vendría la sesión de piano y de cartas, hacia el final de la tarde con abruptos ataques de risa, carcajadas algo febriles que brotaban por un gesto o una frase y nos doblaban un minuto largo. Fue el momento de descubrir los besos en los pies y un momento clandestino en el que nos estrujamos con un almohadón en medio de la cara.

A las ocho nueva ovación en los balcones, esta vez para el personal de los mercados. Nadie imaginó nunca que los currantes éramos los que podríamos salvar el planeta. Aplaudir sienta bien, un momento de evacuación y aire fresco en la cara. Promete rutinizarse. Cerramos la ventana con la conciencia de una necesidad nueva: la de buscar al vecino y compartir su gesto. Y un sentimiento desempolvado y puesto a circular, como las prendas vintage: que todos somos pueblo, una nada amorfa sin los demás. Un todo conectado.

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jueves, 19 de marzo de 2020

COVID 19. BITÁCORA DE UN MUNDO REINVENTADO. Capitulo 1


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Domingo 15 marzo

Mi crónica de la pandemia arranca en el día en que asistí con mi hija a la manifestación del 8 M. La negación es una defensa tan poderosa que tapa de la vista lo que nos inunda y amenaza. Ahora miro las fotos que hice de las niñas alzando pancartas donde se pedía protección y me sobrecoge la paradoja: la violencia estaba ya en el aire, en los gritos, en los abrazos. Violencia espirada. Gotas como balines que dejarían con los días la calle desierta y un sinfín de cuerpos sobre el asfalto.

El lunes 9 mi padre arrastraba un constipado inoportuno y mi visita a su casa fue vacilante, exploración de visu a dos metros y una tos seca que nunca le había conocido, sonaba como la boca del infierno. Sonrisas que no pude devolver y algún chascarrillo fuera de lugar para que yo cambiara el gesto. Indicaciones higiénicas que ninguno tomaría en serio hasta que la televisión lo dijera todo. “Pero hija, ¿tú no te ibas ya?”. Su cerebro tomado por el Alzheimer es un bálsamo envidiable. Horas y horas de telediario y “el ciclovirus ese es un cuento chino, hija”. Reclusión domiciliaria sin dolor porque su secuencia temporal está detenida hace dos años largos, su mañana siempre es un mismo mañana de mesa camilla y telenovelas. El martes ya eran dos picos de fiebre. Tuve que escribírselo a mi madre porque el whatsapp me infundía más valor: mañana llamas al 112. Esa misma noche se suspenderían las fallas, con lo cual nadie podría acceder al 112 al día siguiente. Teléfonos colapsados, instrucciones ansiosas, peticiones inútiles a los compañeros del Clínico y dar por positivo a los dos abuelos. Zona de indefinición. “No salgáis de casa”: la única receta disponible. El jueves les estaría alargando otra mascarilla sin cruzar la puerta.

El miércoles 11 renuncié al autobús y me decanté por un taxi. El conductor bromeó y me mostró la imagen de un Aldi que abría sus puertas a una avalancha. Sólo faltaban dos días para que la escena fuera real en los supermercados de toda la provincia. Charlamos sobre el pánico de las masas. Mi reflexión sobre lo poco preparados que estamos para la desgracia y lo muy inflados que estamos de imágenes apocalípticas le gustó, “Usted y yo deberíamos salir en la tele hablando de esto…” Me hizo confesar que me dedicaba a analizar la conducta y las emociones humanas.
Estábamos a mitad de semana y los audios desesperados de los médicos madrileños ya dormían en la memoria de mi móvil como bombas lapa. Llamé a mi marido con el corazón disparado y me pidió que confirmara la fuente antes de difundirlos. Cuando la familia preguntó en el chat si lo esos lamentos ya virales eran ciertos me recriminó que no los desmintiera, “No debes alarmar a la gente más asustadiza”, ¿y engañarles? En ese instante supe la línea invisible entre estar y no estar en un hospital, formar parte o no de la liga de bomberos de Fukushima. La médico madrileña jadeaba por los pasillos de La Paz sin haber dormido en varias noches. Una voz entrecortada y cargada de indignación se puede fingir en un audio; el miedo de un médico y las expresiones que elige para conjurarlo no se fingen, son el patrimonio íntimo que nos gastamos, la cháchara propia de la salita entre los boxes. Un salvoconducto que todos identificamos.

Le puse uno de los audios de la desesperación a mi hijo de camino al dentista. Una médico de la Paz vaciaba su indignación y su rabia entre los neones de urgencias. Era jueves y le explicaba que su fiesta de graduación no se haría al día siguiente. “No vas a ir, aunque no la desconvoquen”. Yo misma iba a hacer de dinamitera y él no me devolvería la palabra en toda la tarde. Le hice mirar a la multitud díscola y diversa que llenaba las aceras de la calle Ruzafa y le pedí que grabara esa imagen para despedirla. Apenas levantó los ojos de su móvil. Un hijo de diecisiete odia que su madre se signifique y salga de su condición de bulto, y más si se trata de reventar su gran noche. Después de darle el dinero para un taxi de vuelta se bajó sin despedirse y empecé a contactar a las madres de sus amigos. Sólo al día siguiente me daría la razón y sacaría pecho, presumiendo de madurez, asegurando que había estado de acuerdo desde el principio.

Ese jueves la niebla se había instalado en toda la comarca. Yo había dejado el hospital con un pálpito de irrealidad que se materializaba con esa autopista emborronada por la niebla. En un instante se me hizo fácil imaginarme otra vida, otra identidad, otras coordenadas, dado que las nubes habían descendido y borraban el paisaje más allá de la cuneta. Salté con la imaginación a un tiempo sin tiempo y a un lugar sin lugar, como si me viera sepultada al guión de una distopía. Cuando bajé a Noa al parque, las siluetas de los padres con sus hijos se aclaraban poco a poco en la distancia media pero nadie hablaba de esa niebla tan atípica para el mes de marzo. La meteorología es el recurso de los tiempos fluidos, de la sala de espera o el ascensor, de los huecos por rellenar. Sólo alcanzaban a mis oídos frases de una difusa conversación global que comenzaba en mí y se completaba en las bocas de la gente anónima por el cauce del río, “…y he dicho que no voy a la fiesta…”, “…pero si cierran los colegios desde el lunes…”, “…pues no sé qué harán con tanto papel higiénico…”

Noa también había mutado, como las orquídeas. En un momento de tensión, el ser humano vuelve la vista hacia otras criaturas en busca de las respuestas que él no puede encontrar. La perra olisqueaba febrilmente los bajos de los coches y se resistía a entrar en el parque. El día anterior se había meado por los rincones de la cocina. Al día siguiente se desataría del arnés y me obligaría a perseguirla por los setos en una media hora en la que parecimos un dúo cómico (tres veces me tiré en plancha y cuando la atrapé le improvisé una correa con el pañuelo de mi cuello, los bajos de mis vaqueros ya estaban embarrados). Esa fue la tarde del viernes, cuando ya íbamos por los 5200 contagios y los memes en el móvil volcaban su ira hacia los madrileños que invadían Denia o Cullera. La desbandada. Las estanterías vacías de los supermercados. Lo que el día anterior era un drama (la suspensión de las fallas, de la fiesta de graduación, la falta de pruebas o mascarillas…), al día siguiente caía en un olvido depredador.


domingo, 8 de marzo de 2020

Tienda de coral


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Eran pequeños cerebros coloreados: azul pálido, salmón, amarillo azafrán. Los corales estaban en un altillo de la tienda, se veían delicados y luminosos bajo las lámparas térmicas.
Había ido allí con su marido porque el niño necesitaba uno para su trabajo de ciencias y la mujer del mostrador les indicó la escalera con el dedo. De novios también habían frecuentado el altillo de un pub que ofrecía sillones de skay rajados y una penumbra aprovechable, pero el recuerdo de aquella intimidad no le despertó más que nostalgia. Cogió asiento en cuanto coronó la escalera y dejó que él se dirigiera al encargado. Durante cinco minutos, su cuerpo y su dolor sería solo para ella y nadie atendería a la expresión amarga de su cara. El dolor es inevitable, le decía su médica, pero el sufrimiento es opcional. Quisiera verla a ella metida dentro de ese esqueleto en ruinas, con las juntas rechinando a cada paso.

La tarde de noviembre no era otoñal y ella se había preguntado por qué la gente andaba por la calle abrigada a veinte grados. La costumbre, se decía, es más importante que lo que anuncie el parte del tiempo. La costumbre de vivir, concluiría peligrosamente, también podía estar fuera de lugar en su caso; su enfermedad no tenía cura ni causa ni nombre pero ella insistía en seguir viva. Nombre sí, al menos eso: fibromialgia.

Había dejado que él condujera hasta la tienda de acuarios mientras ella desde su asiento veía la noche derramada por la calle, abruptamente estrecha, que daba a la estación del Norte. Una secuencia de solares oscuros con fachadas del Eixample venidas a menos miraba a las vías. Ruzafa se desplomaba por ese costado como los castillos de arena lamidos por el borde; así imaginaba ella su cuerpo y, por extensión, su vida. Imparable lisura. Dolorosa erosión.

Su marido peroraba sobre el experimento del niño y el CO2, se extendía en rodeos, derrochaba energía (una energía que ella quisiera para sí), añadía detalles que al encargado le sobraban: la profesora de ciencias, el cambio climático, la erosión de los arrecifes. Ella también perdía el hilo y paseó la mirada por la mesa donde crepitaban varias piscinas rectangulares: rejillas metálicas sobre las que respiraban los corales variados, sometidos al cosquilleo suave del agua que removía un discreto vibrador. Una congoja absurda la invadió al descubrir su belleza. Criaturas silentes, de una simetría ondulante y diversa. También la belleza podía doler, ¿había algo que ya no le doliera?
Imaginó el celo del encargado con los corales. Contratado en exclusiva para atender la sección, seguramente conocía al milímetro el pH, la temperatura, el flujo concreto al que tenía que conservar sus tesoros. Un simulacro de arrecife caribeño, la misma triquiñuela que anunciaban los pósters de las agencias de viaje: una vida regalada bajo pago a plazos.

Su luna de miel en Yucatán le asaltó en el recuerdo. En la boiserie de su salón asomaba sonriente dentro del traje de novia, la expresión tersa y confiada, la cintura tan flaca que habría que haber calculado la presión exacta de un abrazo. Se le prometieron las condiciones óptimas, una vida de vitrina, el suave arrullo de un oleaje tímido al que llamaría amor.
Un pez plano y elegante sorteó la rejilla del coral y dio la vuelta entre los cerebros delicados, hermosos, listos para el consumo. Naranja con franjas blancas, un pez payaso como el que había visto con su hijo en aquella película de peces donde un padre se fatigaba buscando a su pequeño. El ansia de protegerlo. La derrota de protegerlo. La cadera le mandó un latigazo eléctrico que la obligó a descruzar las piernas y levantarse.

El encargado hablaba ahora sin freno y había hecho callar a su marido. Más de cien mil especies. Mil géneros. Veinte clases. Blandos y duros, pólipos largos o cortos, desde quince euros a quinientos. El niño necesitaba demostrar la erosión del esqueleto coralino, para ello la carcasa blanca debía quedar al descubierto. “¿Entonces lo que queréis es sacrificar un coral?” El acuarista no cambió el tono al decirlo, pero ella se sobrecogió sin entender por qué. Algo en su cara delataba una sorda decepción. Ella paseó su mirada desde la cara del hombre a la piscina multicolor y de vuelta a su figura delgada, enfundada en unos vaqueros y una camiseta con el logo de la tienda. No se trataba de un simple empleado. Rondaba los treinta y tenía el pelo ralo, algo se había apagado en su discurso al conocer la intención de sus clientes. Supo que sudaba lentamente y adivinó imperceptibles gotas detrás del cuello. “Quedarán menos del 50 % en 2030”. Una extraña liga de personas defendía cosas misteriosas y frágiles pero ella no formaba parte. Cosas indefensas y bellas, quizá dolientes, al borde de la extinción. Envidió sin remedio su militancia, su sentido de pertenencia. Su misión. 

Emplearían un esqueje de xenia pulsante. El acuarista la sirvió sin drama en una bolsa de agua con la que bajaron hasta la caja. “Morirá en unas 24 horas” repitió la empleada al cobrar, pero nadie se extrañaba del gesto absurdo de la bolsa con agua, ¿por qué una bolsa si moriría igualmente? Todos acudían a la costumbre y, una vez en casa, ni siquiera su marido pudo vaciar la bolsa en la pila.
A la mañana siguiente, la xenia seguía dentro de su pecera improvisada junto a las macetas mustias de la cocina. Una orquídea seca que languidecía sin flores le hacía de pantalla. Cuando los niños y su marido desaparecieron rumbo a la escuela, ella tomó la bolsa y la colocó bajo  el grifo. Retuvo el aire un instante antes de deshacer el nudo. El agua tibia resbaló entre sus dedos y supo que algo de sí misma se escurría por el sumidero. La xenia quedó al descubierto como una pequeña mano semicórnea con tres dedos extendidos hacia arriba, casi una súplica. La superficie húmeda brillaba bajo las luces LED pero pronto estaría seca.  

Eligió el balcón de poniente y se entretuvo todavía eligiendo el tuper donde meterla. Al menos así mantendría lejos el hocico de la perra.

sábado, 30 de noviembre de 2019

Faraones

El chaval que ingresó anoche en la planta ya puede levantarse y charlar conmigo, me vuelca la galaxia Andrómeda y los siete faraones como una mermelada oscura que pringa la mesa.

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Mañana espesa, gastando las suelas entre el pasillo de urgencia y la sala. El chaval que ingresó anoche en la planta ya puede levantarse y charlar conmigo, me vuelca la galaxia Andrómeda y los siete faraones como una mermelada oscura que pringa la mesa, toda la fuerza del agujero negro se concentra en su garganta como si apretara la base de un tubo dentífrico, la jalea se escapa y no le creemos, las constelaciones y Andrómeda, Ustedes qué saben, no tienen idea, pregúntele a la policía. Zyprexa sirve igual para los faraones que para los animales que ve su compañero en la cara de la gente: pájaros, perros, leones, y nada puede contra la manada entera, nosotros menos. Dice que ya no para que le perdonemos la dosis, sus zapatillas de felpa ya se funden con el suelo del pasillito.
Animales. Faraones. Puñetas. El rodillo psiquiátrico se lo lleva todo.
El reloj, el ascensor que no llega. La mañana no perdona, el café se quedó en visita a la máquina que se quedó en deseo de visita a la máquina. Al chico del box lo conozco diez años, me parte el alma que tres policías, tres, mejor si me tomo algo mientras la residente me cuenta. Le gorroneo un café a las enfermeras y empieza la liturgia del pase, hago que escucho pero me intriga más saber qué hago ahí pasadas las tres, saber si los demás no se habrían ido ya, si seré yo, si las horas, si algún día. Cuando descorro la cortinita, el chico se revuelve y se infla, los tendones se levantan como amarras hasta encontrar el tope de las correas. Ha dejado de escupir pero aún lleva la mascarilla que le han puesto y los ojos le arden. No te lo creerás, Rosana, cuando le quito la ridícula mascarilla, pero hoy es el día. Las estrellas están alineadas. Andrómeda. Han hablado.
Ellos.
Los faraones.

viernes, 1 de noviembre de 2019

Of Mice and men: Cuando la ternura fue letal


Miles de desheredados recorren las granjas de EEUU en los años de la Gran Depresión. Las crónicas de la época dan cuenta de cifras y porcentajes. Steinbeck distingue dos rostros entre la marea y los saca de la categoría de bulto para clavarlos por siempre en el imaginario colectivo. Son George y Lennie. El gigante incapaz y su astuto escudero. El corazón sin cerebro y su amigo fiel. Frankenstein y su lazarillo.

De ratones y de hombres sugiere un largo tratado sobre especies animales pero contiene sólo cien páginas donde caben asombrosamente Lennie y sus manos.


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No es un texto científico pero da cuenta de lo que nos define como especie. El autor que recibió el Nobel en 1962 lo logra con el gigante más tierno de la literatura norteamericana. Son las manos de Lennie las que merecieron tal galardón; como las del Rey Midas, están malditas. Son tan potentes como su deseo de criar conejos, su desamparo o su ansia de que George siga sacándole de los apuros en los que lo mete su mala cabeza. No puede ni pensar en prescindir de él y de su relato: la promesa de un trozo de tierra, una estufa en invierno y montones de heno para alimentar a sus conejos. 

George personifica así el papel del storyteller, otro elemento imprescindible para el salto evolutivo del Homo Sapiens. Sin historias no hay esperanza y sin esperanza no hay sentido. A fuerza de repertírselas a su infeliz amigo, el mismo George acabará haciéndolas reales en su cabeza. Lennie de momento se contentará con escucharle, obedecerle y acariciar (más bien liquidar) ratones y perros pero la tensión crece y esas manos que estrujan articulaciones como si fueran cáscaras de pipa pueden posarse en cualquier momento sobre un cuello humano.

Lennie sufre de autismo y es un bebé monstruoso atrapado en un corpachón de hierro. Un incapaz en una época inclemente con los incapaces. El novelista nos dará cuenta de una lista de ellos empezando por el perro viejo de un jornalero lisiado. Asistiremos al sacrificio de la mascota en crudo sin que el narrador haga una mínima incursión en las emociones de los testigos. Es un narrador cámara y opera en seco. Tampoco se da a la prosa con abalorios, los diálogos son ágiles y coloquiales, se escupen con contundencia y levantan un pequeño cráter en el polvo.

La soledad embrutece a todos los personajes del pequeño universo donde han ido a parar los dos jornaleros pero Lennie tiene más que ninguno de ellos: tiene un amigo fiel y tiene un sueño. Acaricia cachorros de perro hasta aplastarlos mientras los demás matan las horas apostando con las cartas o en un burdel. La miseria y la soledad los hace más canallas y violentos. El viejo lisiado, el negro y el autista están a la cola de la desgracia pero hay alguien por detrás y es la mujer de Curly, el único personaje femenino. Steinbeck no le concede ni un nombre propio. Lennie, nuestro pobre jornalero con intereses restringidos, sólo se calma acariciando algo suave pero pronto será el pelo sedoso de ella. Necesita alcanzarla pero la ternura de sus manos es letal. 

El autor explotará hasta la última página el potencial de esta metáfora. Ilustra así un mundo donde mostrar afecto o la tentación de soñar liquida al instante. Asistimos a la singularidad del monstruo pero también a la monstruosidad de quienes se hacen llamar hombres. Sin la ternura y sin nuestros sueños ¿qué nos distingue de las bestias?

Steinbeck se dio a conocer con esta joya del género breve en el 37. Ensayaba aquí lo que sería su obra más lograda: Las uvas de la ira. Corrían tiempos en los que un escritor que pudiera ensartar la vida y la desgracia tenía que ser inevitablemente celebrado. Y él lo hizo. Había pululado en los escenarios de sus relatos, había dejado incompleta su carrera en Stanford y había trabajado con sus manos. Posiblemente asistió o escuchó hablar de algún caso como el de su antihéroe. Se comprometió con el New Deal de Roosevelt y pasó al activismo pero, sobre todo, nos dejó las manos de Lennie para el recuerdo. 

Un legado admonitorio.

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EN CINE: 

Versión 1992, dirigida por Gary Sinise, con John Malkovich:

http://www.sensacine.com/peliculas/pelicula-7635/

Trailer: http://www.sensacine.com/peliculas/pelicula-7635/trailer-19535682/

Versión clásica, 1939, dirigida por Lewis Milestone:

https://www.filmin.es/pelicula/de-ratones-y-hombres?origin=searcher&origin-type=primary

sábado, 19 de octubre de 2019

Corazón de perro


Sólo pide un sitio donde ver gente joven, le digo a sus hermanos. Me siguen el hilo, pero lo toman como un capricho. Uno más en una vida sin otra cosa distinta al capricho. El capricho de enloquecer, que todo lo abarca. De que el gen de la locura no le tocara a ellos.

Jose Luís, 50 años. Media vida en manicomios. Mirada de gelatina, manos amarillentas. Ojos redondos y castaños que hubieran pertenecido a un buen conserje o taxista si no fuera por. 

Motivo de consulta: Mortadelo (o Filemón) se ha intentado estrangular con el cable del radiador en la sala de gimnasia. Las monitoras no sabían que él se quedaba solo allí. Habían apagado la luz y avanzaban aéreas y felices por el pasillo hacia un fin de semana plagado de series y citas y parques de bolas. Él sólo quería perder de vista la residencia, pero volvieron a ubicarle en la sala de grandes asistidos. Había varios nonagenarios sujetos a los sillones cuando fui a conocerle, cuerpos distónicos, torsos mustios, volcados, miradas de yeso que no atendían el televisor ni a él con su melancolía puesta. 

¿Será el vandral o la promesa de un piso donde olvidar la sopa de tapioca? Con los meses veo brotar una sonrisa y varios centímetros más de gaznate cuando me habla. Mis propuestas son complejas, fundamentadas, he hecho llamadas estratégicas, informes sociales. 

Su barbilla sube hasta una altura media en las visitas y pero luego empieza a ceder otra vez porque no pasa nada. Mohín de niño frustrado y yo que no, ya verás como no, tú ten paciencia. Lo cierto es que los 2200 euros que cuesta el piso son un atraco y la paga de orfandad no llega, la de hijo-a-cargo ha cesado con la muerte de su madre, ¿por qué se extingue uno antes como hijo que como huérfano?

“La llevamos al hospital a tu mamá, está malita”. La cháchara almohadillada de las auxiliares, la violencia de la no violencia. Nadie le dijo que había entrado ya muerta en esa ambulancia que rompía el tedio del patio deshidratado. Los movimientos del camillero eran decididos, enérgicos, su brazalete reflectante hacía que todos lo siguieran con los ojos. 
No habría entierro para él porque Jose Luís era ya cadáver hace años, todo el mundo sabe estas cosas.

Pero él no deja de dibujar. Con techo de cristal, pero sin dejar de intentarlo. Primer premio de este año, de cada año, en el Salón de los Independientes de Vistalmar Residencias 3ª Edad.   

Me trae un carboncillo con la cabeza de un perro. Es un signo de mejoría, según reza el informe de la médica. Aún no lo sé, pero es la última consulta. El dibujo lo pego con celo en la pared mientras le agradezco el obsequio pero resbala hasta el suelo con el siguiente paciente. 

Ahora los ojos del perro me miran desde la estantería, todas las mañanas. Se clavan en mí de nueve a tres, de lunes a viernes. Me dicen (me ladran) que no lo consienta ni un día más, ni uno más. 

Emparedados del mundo, me hablan (me ladran) desde la estantería.
Jose Luís tiene corazón de perro. Y el perro aún me censura con la cadena puesta.

Me llegué a creer que juntaríamos esos 2200, ¿lo esperaba él o se hacía el loco?

sábado, 12 de octubre de 2019

NI DECIR



Uno y su significado son dos, dice un aforismo zen. Las cosas, cuando se nombran, se convierten en otra cosa. Ni siquiera hay que indagar en su significado, lo dicho adquiere una nueva materia. El amor, si la tiene, la siente transformada cuando se declara. La misma suerte corre la guerra, el hastío, la soledad, el miedo a la muerte.

En el hospital nadie la nombra, a la muerte. Aunque planea por los pasillos, los formularios, los mostradores. Los médicos somos funambulistas del no decir. Etiquetadores profesionales, dispensadores de esperanza. El amor es un bálsamo, el optimismo es otro. Y a los médicos se nos enseña a no negarlo. A no traicionar la realidad pero tampoco la ilusión cuando palpita en las pupilas del que pregunta. Acabamos haciendo malabares con las palabras que elegimos u omitimos en una frase. El mismo orden sintáctico puede obrar el milagro o la catástrofe. La muerte es una amenaza pero el miedo lo es mucho peor. Y la crudeza de vivir se convierte en la suma de muchos asaltos, de muchos silencios.

De requiebros tácticos. De envolturas que consuelan.



En psiquiatría, sin embargo, las palabras son el centro, nuestro material de trabajo. Los escuchólogos, o palabristas, prescindimos de artilugios técnicos y de pruebas complementarias. Y nos consulta gente debilitada por el no decir. La negación o el rodeo se convierten aquí en una opción perversa. El paciente, que acude con su manojo de palabras o de silencios, se va con un nuevo manojo. Con palabras les descubrimos, les palpamos, les volvemos a cubrir.

Y no me refiero a los diagnósticos psiquiátricos, antipáticos como un jersey de lana en un día de mucha calefacción. Hablo del grueso de la consulta, de los “enloquecidos”, que no locos (hace tiempo que al psiquiatra no le queda tiempo para el loco). El psiquiatra no da abasto con el sano preocupado, con el que ni es enfermo mental ni tiene salud. El que se ahoga porque se le dijo que debía ser feliz. El que se enamoró del amor, de la primavera en el Corte Inglés, de la paz que promete una playa en una agencia de viajes. Personas que colonizan la agenda y piden rumbo, nombres, flechas pintadas en el suelo, moléculas mágicas, manuales de instrucciones. Gente enferma de contradicciones o autoengaño, de vacío, de silencios que se llevan a cuestas durante años hasta quebrar el espinazo. 

Contar una soledad muta esa soledad en otra cosa. Nombrar un miedo lo desactiva el rato que dura la consulta. Confesar un secreto lo trivializa, le cambia la cualidad, alienta la idea de que podía pasarle también al vecino de al lado.

Lo dicho, una vez dicho, es un lastre menos en el alma, alivia los pasos. Y el tiempo, en una nueva dimensión, parece que ya no empuja tan rápido hacia el declive. Hacia lo que ya, de una vez, se nombra. Se dice por fin.  



Texto integrante del Catálogo de la Exposició de Javier Garcerá NI DECIR

https://www.javiergarcera.com/NI-DECIR

https://issuu.com/javiergarcera/docs/javiergarcera_alta_2_medio/92