viernes, 10 de abril de 2020
sábado, 4 de abril de 2020
Covid 19. BITÁCORA DE UN MUNDO REINVENTADO. Capítulo 9
Miércoles 1 abril
A primera hora vuelvo a comprobar que la internista no me
necesita, aunque la curva ha vuelto a subir después de una tímida bajada. 120 ingresos
Covid, 26 en urgencias a la espera de
cama. Mi compañera agradece la llamada de forma seca, sin ceremonia, es una mujer operativa y está concentrada. Dispone de varios gines, otorrinos y urólogos que la siguen
por la planta escribiendo las constantes. El Covid es el inquilino principal de
la casa, ocupa dos plantas de las tres que tenemos. Oigo por primera vez “planta
sucia”, “planta libre”. Yo vivo en la libre pero me reclaman arriba y remoloneo,
iré mañana. Un día más sin jugársela es un día más. Vivimos al día. Uso el
teléfono, flambeo de nuevo el teclado con hidrogel, la emprendo con mis dos
móviles, el ratón, la tarjeta. Los objetos cotidianos han desarrollado uñas y
dientes. Ahora te puede matar un clip.
El estudiante. Un estudiante de medicina exigió hace 14 días
su prueba y la tuvo, pero ahora cree que era un falso negativo, los enfermeros
están que trinan. “¡Pero dile que el falso es él!” Ya le han explicado que a
nosotros tampoco nos hacen la maldita prueba. Y que el atlas de anatomía es
inofensivo, son los pacientes los que contagian. No pueden estar bien de la
cabeza con esa nota tan alta que piden, bromeamos.
Tomo un café con mi jefa. Es un momento exótico, no suele
haber tiempo para ello. La cafetería tiene la tristeza de los comedores
escolares en vacaciones, el tufo a lejía y las sillas sobre las mesas. Los pocos
visitantes se quedan en la puerta, los sanitarios nos esparcimos por las
esquinas. La chica de la caja agradece mi interés y me da cuenta del resto del
equipo. Todos están bien pero en sus casas, la empresa ofreció no venir a los
que tenían miedo. Una heroína puede ser como ella, alguien ordinario que achina
los ojos detrás de la mascarilla y te devuelve el cambio, pero quizá no vuelvas
a ver en tu vida. Me alejo hacia mi mesa pensando que nunca le he preguntado
cómo se llama.
Y mi primo Valen metido en el Gregorio Marañón. Los
whatsapps llevan días hablando de fiebre. Le dejaba la comida en la puerta a su
mujer, confinada en la habitación. Y sé que no rebañaría las sobras. Su suegro
ya ha sido enterrado por los técnicos de una funeraria.
Acabo a mi hora. En el parking se abren las nubes y la
primavera mete cabeza con una insistencia que parece más duradera que antes. Hay
buenas noticias, pero sólo con este cielo me atrevo a repasarlas.
La curva ya no es una vertical. Nadie sabe lo que es, pero
no es un disparo al aire. Los surfistas tienen los sentidos entrenados para
entender en qué momento se aplana la ola y les ofrece un hueco. Nosotros no.
Desplegamos las antenas ansiosamente entre nosotros. En nuestros chats vibran
ensayos clínicos, propuestas francesas, chinas, combinados de cloroquina con antirretrovirales,
desmentidos, bulos. Todo el mundo tantea en una caja negra. Espío el pasillo de
urgencias. Hay fluidez. Les ha dado tiempo a montar un vídeo en el que dan las
gracias y parece que estén a punto de irse de vacaciones. Hay que estar aquí
dentro para entender por qué bailan. En otros servicios oímos hablar de un
hombre muerto de aneurisma. Nos gustan los relatos remotos, los de antes. Alguien
intervenido de no sé qué, un par de nacimientos, varias muertes oncológicas. El
saturímetro sube. El hospital respira.
Jueves 2 abril
La chica que tenía la cura para el Covid ya está de nuevo en
casa. Es un encanto. En pocos días hablaba del mal viaje que le habían
provocado los porros y nos daba las gracias con una honestidad sencilla, no
tenía ningún motivo para fingirla. Me enseñó orgullosa unas sillitas para la Barbie que había hecho con rollos de
cartón pintados y purpurina, un comedor completo para su pequeña. Me sonrió con
un entusiasmo muy de verdad y quedamos en seguir llamándonos toda la semana.
El drama esos días estaba en un chaval fugado del CEEM que
había sido recaptado y vuelto a ingresar: no había forma de conseguir una
prueba para él. Coordinadores, jefes, jefecillos y hasta la cúpula misma de la
Consellería. Este es un país de favores y yo no me daba por vencida. Doscientos
internos peligraban en el centro donde el chico voceaba y escupía atado a una
cama y aislado, el personal que entraba con las inyecciones había gastado en
una tarde la mitad de los pocos EPIs que tenían. Sin la prueba, el enfermo
estaba condenado a las correas. La gerencia parece la oficina de prensa en la
Telefónica de Arturo Barea (obuses silbando en la Gran Vía madrileña, su
espíritu de poeta electrizado por el miedo, vomitando el alma amarilla de
bilis). Pasos nerviosos, rostros fugaces. Cola para hablar con dirección
médica. La complicidad de otros tiempos se ha esfumado. En su lugar: ángulos, gravedad,
ojeras, pelos crespos, gestos rápidos. Puertas cerradas. “Si fuera un político
te diría que las pruebas llegan mañana. Como no lo soy, te lo digo así, como es:
no tengo ni idea”
El señor de la crisis maniaca no responde en casa. Su dosis
de litio diaria es un enigma y un peligro, los ceniceros sobre el hule
mugriento rebosan cada día más y la enfermera y yo lo perseguimos impotentes en
sus viajes del salón a la cocina. El capricho de su enfermedad lo hace oscilar
entre el halago y el insulto pero al final siempre encontramos la forma de
ponerle la inyección en uno de los intervalos. Su humor es una noria. Hay que
ingresarlo y la ambulancia tarda dos horas largas en llegar. Una mascarilla
endeble, unos guantes y un anorak que yo plegaré después por el forro y meteré
en una bolsa de basura. Tarda también la policía. Dos horas largas agotando la
conversación inútil hasta que la enfermera, más viva que yo, llama directamente
a la Nacional y en diez minutos hay ocho tíos en casa de los que ninguno hace
falta. Esos uniformes y esos bíceps son más elocuentes que el mismo Freud y los
doce tomos de sus obras completas.
Mi primo ha pasado la noche en la sala de los “leves”. El
primer autobús a Ifema no lo ha llevado, está esperando al siguiente. Es
afortunado de tener un sillón, alrededor de él se apañan con sillas de pinza. Es
un cincuentón de carácter austero, aficionado a la escalada, a los ambientes
puros. Se ha llevado la montaña a esa salita abarrotada y por eso respira bien,
no exige nada. “Esto es la guerra, mamá”, le ha respondido cuando ella le ha
dicho que pidiera algo con lo que distraerse.
Viernes 3 abril
Entro en el hospital y me invade el hartazgo. Arponeo una
nueva relajación que despierta en mí: el deseo de haberme infectado. Envidio a
los que ya lo han superado y se pasean con la mejor vacuna deseable, con sus propios
anticuerpos. Me agota repasar el coche con hidrogel, no rascarme la nariz,
despedirme de mi marido con los codos, no comerme las sobras que dejan mis
hijos en el plato. Vivo harta de maldecir mi rinitis alérgica que me convierte
en un grifo de Covid mal cerrado, goteo cada minuto. Soy un aspersor de la
muerte.
Rastreo este nuevo sentimiento tan liberador y dejo de
compadecerme, le meto mano a unos pastelitos de coco que ha traído una
enfermera para todos y me quito la mascarilla para emprenderla con el teléfono.
Pero todo gira con la primera llamada. Mi compañero del
centro de salud me habla de J., una médica muy cercana que lleva una semana en la UCI. Me quedo
paralizada. Ayer estaba en prono, hoy la analítica sólo enseña una tormenta
bioquímica. Le escribo un whatsapp que caerá sepultado en su móvil como el que
tira una botella al mar desde una isla. Está intubada y en coma. Mis palabras
son una florecilla e imagino que cae sobre su ataúd. Maldigo el pastelito que
me he comido, el gusto del coco me quema en el paladar todavía.
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viernes, 3 de abril de 2020
Covid 19. BITÁCORA DE UN MUNDO REINVENTADO. Capítulo 8

Domingo 29
La perra.
La perra es una esponja. Concentra en estos días todos los
magreos de la familia, todos los que se detienen en el cuerpo como un atasco de
operación salida. El cariño ha mutado en una sustancia que ella absorbe con
cada achuchón y después sacude igual que si estuviera empapada de lluvia.
A menudo la encuentro en el sofá entregada a un sueño
plácido, a veces con las pezuñas vibrantes y un parpadeo en el hocico. Me quedo
mirándola, estoy tan llena a su lado. Vuelco mi zozobra en un abrazo y ella la
exprime hacia fuera, me vacío y se vacía.
Hasta un nuevo encuentro donde se cruce mi amor con el de
toda la familia. Noa lo lleva puesto y lo pasea lánguida por el pasillo como el
mercader de un zoco, obsequiosa, ignorante de que vende el sustento del día.
Mi madre.
Mi madre está entre el drama y el cachondeo. Se maquilló
ayer para bajar la basura. Suma una semana extra al castigo nacional y no sabía
que mi padre duerme tantas horas, desde que no va a la facultad lo observa de
cerca como a sus fósiles. En el whatsapp sale
tan pegada al móvil que descubro gestos que no conocía, nuevas honduras en su
cara. Los ojos le chispean cuando salgo en su recuadro, le parece que estoy
monísima y yo hago que me lo creo. Mis canas aún salen borrosas en la pantalla.
Tiene una pregunta técnica para mí: quiere saber si oírle a mi padre veintisiete
veces la jota aragonesa es violencia de género.
Beauty hour
Le enseño a mi hija a tapar el bote de acetona como mi madre
hizo conmigo. Está enfurruñada porque no he aceptado el color que ella quería. Es
un color seguro, más de una compañera lleva estos días las uñas a brochazos, me
he fijado. Le prometo una caja entera de Opi cuando todo esto acabe e insiste en
que le da igual.
De pronto me hace callar. Hemos metido los dedos en un
cuenco con agua templada y la pastilla de limpieza hace Chissssss.
Es maravilloso el Chissssss.
¿En qué momento dejé de escuchar el Chissss de las pastillas
efervescentes?
Lunes 30
Me resisto al audio de mi jefa hasta media tarde, cuando
apago la manta eléctrica y me quito los hilos del sueño. Pronto me hibridaré
con Marguerite Duras (El dolor, Alianza) y
me visitará en sueños, es mi temor y mi deseo. Quiero que despeje para mí la
ecuación de mí misma. La leo para que me lleve a su cataclismo de guerra
mundial y me saque a la luz, he comprado una ficha de feria que da derecho al
trenecito renqueante, a los gritos de altavoz y al fogonazo de los focos cuando
se acaba el túnel. Quiero que mis monstruos parezcan de cartón piedra.
Marguerite cuenta en sus entradas de diario la espera de su
marido deportado a un campo alemán, en un París que bulle al borde del
armisticio. Serpentea por los quais sin
caer porque ya ha caído, no le hace falta estar de pie para seguir de pie,
andar o detenerse frente a un teléfono callado es secundario. Se da esquinazo a
sí misma y a su colapso para que no cese el movimiento. Todo está supeditado al
movimiento. La quietud que ella teme es la que no admite los listados, las
preguntas, los uniformes, las filas de deportados. París está sembrado de
miguitas de pan, como las de Hansel y Gretel.
Me resisto al audio de mi jefa pero al final junto el valor
que le sobra a mi Marguerite para asomarse a sus listas, sus silencios, sus
teléfonos que no suenan. Mi audio confirma que no habrá sala de psiquiatría; se
ceden nuestras camas a los internistas. Y yo de guardia el fin de semana.
Cuando mi marido me pregunta si el fin de semana abarca
viernes, sábado y domingo se lleva una bronca. Así es desde hace quince años. Lo
sabe. Así nunca ha sido en quince años. Nadie ha conocido nada que se parezca a
esto desde que me puse la bata de prácticas siendo casi una niña.
Brujuleo en el whatsapp
en busca de alguien que me hable del plan B. Un compañero me pregunta con
ironía si acaso había un plan A. Y me manda un vídeo de la factoría Seat
fabricando válvulas de respiradores.
Miércoles 1
En el paseo marítimo de Palma hay delfines. En los canales
de Venecia, si no es un bulo, también.
La puerta de urgencias ya no está alfombrada de colillas:
ahora son guantes azules o blancos, gomas infectas que esquivamos con los pies
como si fueran condones gigantes. Manos lacias que ya no piden nada.
El alcalde de Totana declara que el ratoncito Pérez puede
cruzar fronteras y cubrir itinerarios urbanos. Un eurodiputado lo ha confirmado
también por la radio. No es un bulo.
lunes, 30 de marzo de 2020
Covid 19. BITÁCORA DE UN MUNDO REINVENTADO. Capítulo 7
Viernes 27
Mi amigo está por fin en casa. Los audios que me enviaba
ganaban volumen y fluidez, hablaba del temor a dejar el hospital, del trato tan
humano, de tos aquí, de fiebre allá. En el de hoy habla de maniobras de
resucitación. Habla de libros. Y aparece por primera vez un doctor: el doctor
Zhivago. Lo escucho mientras bajo las escaleras que van a urgencias y me
detengo a escribirle que por fin tiene una brújula en sus manos. Le gusta que
haya sido tan precisa. Una brújula. Se vuelve a enrollar: novelas, entrevistas
culturales, títulos. Me hace bien oírle tan él, de nuevo en su asteroide como El Principito. Antes de abrir el box me
pregunto por qué nadie me pide que le dibuje un cordero.
Por la noche nuggets,
croquetas, patatas, fritanga pura. Comida de confinados. Los niños eligen Joker y yo me arrellano entre Rocío y la
perra, ya no nos plegamos los unos con los otros. Para la próxima pandemia
habrá que hacerse con un sofá XL.
Estoy preparada para una peli que me perturbe. El escalofrío
ya lo traigo después de la charla con mi amiga Inma, que se desgañita en una
ciudad cercana. Su jefe les ha ordenado a los pediatras ir a la planta Covid y
les ha repartido el protocolo de sedación. Con tres o cuatro horas en prono y
sin responder a 15 litros de oxígeno ya pasan a la morfina.
No me propongo el consuelo, nada que pueda decirle la
calmaría. Está excitada y no puede parar, se despeña por la rabia y alterna las
descargas con las bromas ácidas. No menciona el miedo, pero cuando yo confieso
que a veces prefiero salir ella asegura que prefiere su casa y debo callar.
Sólo ha venido del futuro para hacerme un tutorial de lo que me espera. “Yo
elegí los niños para no ser el ángel exterminador”, repite indignada. La
expresión reflota tantas veces que adivino cuál es el mantra que más se ha oído
hoy en su servicio. “Al menos sabrás lo que exploras”, objeto yo con voz
tímida, “eso pensé yo, pero resulta que no se acercan a ellos…” Un compañero
suyo conjura el pánico diciéndoles “buenos días, soy el pediatra de guardia, saque
Usted el niño que lleva dentro”.
Sábado 28
Soy el hombre de la casa. Por las mañanas me pongo mi traje
de torero y mi marido, eminencia científica de la psiquiatría, me despide con
los guantes de fregar rosas y un pantalón lleno de goterones. El hipoclorito se
ha instalado en su pituitaria y le provoca dolor de cabeza.
Limpia, compra, cocina y pone en vereda a los chicos. En la
cena pide opinión excitado y como no recibe elogios se los escucha de sí mismo.
Los niños mastican en silencio y están a otra cosa, como hacían conmigo. Me
divierto en secreto del desinterés que levanta el menú. Lo veo caer
ordenadamente en todas las trampas de las marujas, “hoy limpio a saco y así
descanso toda la semana”. Los primeros días lo reforzaba con lástima, “claro
cariño, las mejores pechugas que he probado nunca”.
Cuando pasan dos semanas llega el colapso. Lo encuentro derrumbado
frente al ordenador con expresión sombría, “son unos egoístas, yo no sé qué
coño hemos criado”.
Escucho su lamento y me digo que yo tardé mucho más en ponerme
así, pero callo. Espero a que termine su descarga. Repaso mentalmente la olla
de alubias que he visto en el banco de la cocina. Sólo estoy salivando. Tampoco
el hombre de la casa está a la altura de lo que las mujeres pedíamos.
Hoy se adelanta una hora que no le importa a nadie porque no
existe la urgencia ni la definición, sólo este océano en calmachicha. La cena
es distendida y la aprovechamos. Vivimos al día, ciclos cortos y cambiantes, si
hay buen humor hacemos como si fuera a durar y no ponemos filtro. No atesoramos
los buenos momentos, por eso yo lo rompo todo con una queja: estoy cansada de
tanta compra, uno o dos días y basta.
“Tú también nos pones a todos en peligro”. La barra de
contención ha caído. El precinto que sujetaba la verdad se ha soltado y los
chicos me miran esperando que lo desmienta. Observo sus caras bañadas en otra
luz que no es la mía, no armaré un contraataque. Quiero que sigan respirando este
aire que no se ha corrompido todavía. Debo cuidar la blandura de sus quejas y
sus cuitas, la línea fina que conecta su presente con un futuro inmaculado, la
conexión de sus días. Suelto algo insulso con un punto creativo, cambio de
tema.
Rocío, sin embargo, ha leído por detrás de mi sonrisa y me
desarma con su lógica de bisturí: “pero mamá, tú…¿puedes no ir?”
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domingo, 29 de marzo de 2020
Covid 19. BITÁCORA DE UN MUNDO REINVENTADO. Capítulo 6

Miércoles 25
¿Por qué vamos a trabajar? No es por la
gloria, ni por los aplausos. Nadie se engaña demasiado en este punto, en un par
de meses volveremos a ser unos pringados trabajando en precario; ¿de dónde van
a salir los fondos para ampliar el servicio? Me vienen a la cabeza los
funerales militares y me cabreo, ¿a quién le importa una mierda la foto de las
autoridades en su entierro? Yo quiero hacerme viejecita y conocer a mis nietos,
como todo el mundo.
Si no es la gloria, entonces es la
negación. Vamos cada día al trabajo porque a nosotros no nos va a pasar nada.
Se añade la necesidad de cumplir viejas rutinas, viejos itinerarios. Es nuestra
manera de empujar esta maldición que parece soñada, habitamos un doble fondo en
el que lo real y lo irreal se tocan y nuestro empeño en ser los mismos hará saltar
por los aires la pesadilla. Si hacemos algo distinto entonces dejamos que la
pandemia se meta en la raíz de nuestras vidas.
Además, no nos ha dado tiempo a
encontrar otra forma de ser útiles. Defendemos con uñas y dientes la noción de meta, de valía personal. Perderla durante mucho tiempo puede mutar en la antesala del suicidio.
Jueves 26
La chica de la bici me ha dado esquinazo
como era de esperar. Me acerco a su casa de la playa a la hora convenida y no
está. Ya tiene su paga y su tabaco, no le hace falta una psiquiatra metiendo
las narices en su vida. Es lista, intuye con buen criterio que me ha enviado su
familia.
Curioseo por el bloque unos minutos más y
pego alguna voz para que me abra, el timbre está inutilizado, le habrán cortado
la luz ni se sabe cuándo.
Al volver descubro a tres vecinos
escrutándome desde el césped. He aparcado mi huevo de la Conselleria delante y soy un espécimen morboso, una novedad. Una
señora rubia con dos dedos de raya asegura que ella no ha salido más que a por
el pan. No le he preguntado. La felicito y asiente reconfortada, mantiene tres
metros de distancia con sus vecinos, todos tiesos y expectantes como si posaran
para la portada de una banda. Improvisamos una charla insustancial sobre lo que
hacen y no hacen. Me siento examinada con ojos solícitos y recelosos, como si
fuera la granjera de un rebaño humano. Me indican dónde puedo encontrar a la
chica de la bici y sé que nada más darles la espalda ya estarán especulando
sobre ella y odiándome a mí por no encerrarla. No he dicho que soy psiquiatra,
pero ella es la loca del barrio.
Conduzco con poca fe hasta la puerta del
Consum pero tampoco la encuentro, siento una mezcla de alivio y congoja que me
hace conducir sin rumbo por los bloques mientras una lluvia imprevista se
espesa sobre el pueblo. Cuando me he perdido definitivamente apago el motor
para buscar en el Google Maps pero no
lo hago. El ruido de la lluvia sobre la chapa del coche es un arrullo cercano a
la música y me calma. Delante de mí se oscurece poco a poco el esqueleto de un
edificio que se infartó en la crisis del ladrillo y que se levanta desde entonces
como baluarte del fracaso. Veo belleza en los esqueletos. Me remiten al eje, a
la esencia. A lo que permite esta ilusión de vida y de movimiento que nos
embarga hasta la tumba. Su misterio nunca termina. Pronto descubro que me
costará mucho darle a la llave otra vez. El gozo de saberse perdida, en un
lugar y un momento en el que nadie te reclama para nada, es un regalo
inesperado. La lluvia se aclara poco a poco y yo viajo a las semanas de pascua
de mi infancia, en una urbanización playera parecida a esta, matando las horas
en el club social con olor al huevo cocido de las monas.
Cuando llego a casa, la lluvia se
alterna con los claros de sol en una mezcla hermosa. Rafa dormita frente al
balcón y los geranios reflejan el sol que los destaca como un foco, el conjunto es un
fondo idóneo para el recitativo de Bach que suena en su móvil. Ha descubierto La Pasión Según San Mateo en Spotify y se ha quedado dormido. Me pregunta cómo ha
ido con los ojos entornados y un interés perezoso. El recitativo avanza, Pedro
niega a Jesús tres veces antes de que cante el gallo. Repaso de nuevo la luz y
la lluvia sobre los geranios y me digo si nosotros hemos negado también a la
Madre Naturaleza tres veces, ¿quién pagará nuestro pecado?
Pedro llora
amargamente. Yo me voy a la cocina y engullo un plato de sobras pasado de
calorías: pizza, ravioli de setas y dos salchichas. Todo tibio y mezclado con desorden en
el mismo plato.
Viernes 27
¿Qué se hace con el valor? ¿Qué se hace
con el miedo? Me parece que el miedo se ha diluido después de pasar días
saludándolo cada mañana. Debe de ser como matar al primer hombre en la guerra,
después no queda sentido para las preguntas.
Se necesita gente para la planta de
Interna. Por la noche hablo con mi compañera por teléfono y me lo explica todo con una naturalidad que me
aterra. Se trata de ir detrás de ella por la planta tomando las constantes en
una libreta para luego volcarlas en el ordenador, ella no puede escribir
mientras examina. “Tú te quedas en la puerta”, ha dicho, y no me ha ilusionado
nada que yo le parezca idónea por manejar bien el Integrator. En el fondo la contacté para que me confirmara que un
psiquiatra no sirve de nada. Una voz infantil la reclamaba detrás del teléfono,
más infantil que mi hija.
Empezaremos el martes. No le he
preguntado si tenemos ya EPIs, la respuesta me hubiera hecho daño.
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sábado, 28 de marzo de 2020
Covid 19. BITÁCORA DE UN MUNDO REINVENTADO. Capítulo 5
Sábado 21
Son las nueve y el presidente hace su alocución por la tele.
Mi jefa reparte a la vez los turnos de contención en el chat, un tercio en casa
y dos tercios trabajando. El whatsapp hierve todos los fines de semana.
Desatiendo las palabras de Sánchez en cuanto empieza la propaganda y leo a mi
jefa, mi cerebro le pone la cara del presidente que yo he enmudecido para
leerla. El resultado es perverso: Sánchez me manda a trabajar en las semanas
altas de la curva.
Haré domicilios mientras los demás atienden llamadas desde
una consulta aséptica. Una idea me da en la frente con la violencia de un
palazo: es tan probable que coja el bicho como improbable que me muera. La
última parte de la frase es un asidero que he improvisado y debo fijar a la
primera, un adjunto frágil que aún baquetea. Cuando me quiero dar cuenta, estoy
haciendo zigzag por los bloques de mi barrio con la perra y dándole martillazos
a la frase. Noa ya no corre, sólo cabecea a mi lado como un escudero fiel,
resignada a su nueva condición de perra vieja. Yo sigo su lomo plateado
mientras me pregunto si un accidente de tráfico es todavía mi amenaza más
cercana, aspiro a que sea más probable que el Covid, ¿qué estoy haciendo? Tan
sólo repaso las estadísticas que llevo años encima, como una doble
piel, tan mías como el kilo y medio de flora bacteriana de todas mis mucosas.
He dicho en casa que bajaba a recibir al de la pizza pero el
chaval se retrasa porque sólo quedan dos tiendas abiertas para toda Valencia.
En su lugar nos llega una lluvia tímida, tan fina que no nos cambia la
velocidad ni el itinerario. Me pongo profunda y descubro que mis viajes al
pasado no responden a la nostalgia: quizá esté haciendo balance. Regateo conmigo misma si mis sueños se pueden detener aquí, ahora, si mi vida alcanza
el notable o no pasa del aprobado pelado.
Me siento caprichosa y algo canalla así que llamo a la mujer
de mi amigo. Cerca de Madrid él está luchando de verdad por su vida en un
hospital, la prueba ya ha confirmado el virus. Ella agradece la llamada, niega
que sea tarde, me da todos los detalles de la evolución y las pruebas con una
voz que está intentando rearmarse. Las cifras bailan una coreografía oscura en
su mente y yo le hago una fiesta por una PCR de 3,2, me guardo todo el resto. Siento que me he tragado de golpe todo el borde libre de un acantilado. Me habla de las provisiones. Conoce a una enfermera que le ha hecho llegar un cargador y varios libros repasados con lejía, los ha filtrado “de estraperlo”. El dato me reconforta mucho más que
la analítica, mi amigo ya tiene a Pasternak al alcance de su mano y le dará más
oxígeno que un respirador. Los poetas no deberían pisar la guerra ni los
hospitales.
Devoro la Bacon Crispy,
me pierdo el final de la peli. A las cinco y pico estoy despierta y los sonidos
de la casa vienen a mi cabecera como visitantes descalzos: la respiración de
Rafa, el tic-tac del salón, el ronroneo de la nevera. Me sacan de la cama.
Frente al cazo de leche descubro que este patrón de insomnio es depresivo. Me
casco un nuevo zolpidem y me siento miserable de haber predicado tanto que no
había que engancharse a las pastillas.
“Nunca antes había tenido miedo…”, me dice una paciente. Una
chica que no me cogía el móvil en una semana y yo imaginaba ya conectada a un
respirador en alguna parte. “Miedo, claro que sí, lo hemos tenido siempre,
todos…” matizo con mi mejor voz pastoral. “No, me refiero al miedo a algo de verdad”. Consigue que me estremezca.
Los sanitarios, expertos en negar nuestra vulnerabilidad, bordeamos el delirio
en este punto. A nosotros no nos tiene que pasar nada.
Hoy no tocaba ir a Chernobyl, pero mi espesura ha hecho que
tecleara 3 veces mal mi pin de la tarjeta y aparco en el parking desierto del
hospital. Sin novedad en el frente, parecen decir los celadores que fuman en la
puerta de urgencias. Nos saludamos con las cejas, todos nos palpamos con una
nueva complicidad aérea. La curva de infectados crece despacio, la fase de
espera se alarga, pero el silencio en la trinchera puede desesperar más que un
ataque furibundo.
Desfilo por los pasillos desiertos con mi tarjeta inútil
hasta el informático, que ha improvisado una ventanilla a la puerta de su
despacho para que no entremos. Un anestesista se queja detrás de mí (no
demasiado detrás, para mi gusto) porque sus compañeros no pueden conectarse al
ordenador de las nuevas UCIs (antiguos quirófanos y REAs). Todo parece más
perentorio que mi cara de idiota confesando que he liado el PIN y el PUK.
Antes de dejar el hospital consigo sentirme útil después de
una charla con el coordinador de enfermería. Confiesa que le hace bien hablar
conmigo. “¿Evacuación emocional lo llamas?” Lamento haber soltado el
tecnicismo, para él la evacuación remite a secreciones corporales. Sólo quería
sentirme útil, específica, como mi vecina del segundo que está ansiada por
hacer mascarillas y me pide los patrones que han usado las enfermeras.
Martes 24
Siglo XXI. Siglo XXI. Nos llenábamos la boca: Siglo XXI
Ediciones, Siglo XXI Fundación Benéfica. Hasta una pasta dentífrica podía
bautizarse con el Siglo XXI. Prometía innovación, vanguardia, tecnología.
Pero vivíamos de lleno en el siglo pasado.
Conduzco por las calles tomadas por este invierno abrupto y
me digo que el marcador del siglo se ha puesto por fin a cero. Los parques
infantiles están precintados y las cintas rojas y blancas aletean en los
columpios. Es la imagen más trágica del fin del mundo que podíamos imaginar.
Avanzo con el coche del hospital en busca de una chica que
no le coge el teléfono a su familia hace semanas. Los enfermeros que le pincharon
la medicación el mes pasado alertaban ya de que empezaba a desorganizarse. Al
teléfono, su psiquiatra me ha listado las cosas que le pide a los servicios
sociales y me lo he aprendido como el cirujano que estudia las placas antes de
intervenir: he memorizado la anatomía de sus deseos.
Los pocos vecinos que me ven pasar se detienen para leer con
recelo el logo de la Conselleria. Al
coche le han impreso una mano protectora que sostiene una casita, pero ahora mi
mano puede llevar la muerte.
Conduzco la marca que despierta una mezcla de admiración y
recelo. Un utilitario pequeño y huevudo que no hace ruido porque es eléctrico:
soy el protagonista de Interestelar y
estoy patrullando un paisaje devastado. El temporal ha congelado los bloques de
la urbanización playera y el escenario es tan inhóspito como mis premoniciones.
Reparto la mirada entre el paseo marítimo y el mapa de Google, la voz de la aplicación
vive inmune al Covid, no tose ni cambia su timbre condescendiente. No lleva
mascarilla. Las barandillas de los apartamentos no tienen toallas de colores y
el chiringuito en silencio da ganas de llorar. Ni un alma.
Descubro por fin una silueta vibrante pedaleando por el arcén y me
alegro al comprobar que es mi chica, el corazón me brinca cuando bajo la
ventanilla para saludarla. Se acuerda de mí. Sonríe. Accede a charlar si la
sigo hasta la gasolinera, ha salido a por una cajetilla. No va impecable pero
tampoco descalza como se me dijo. Todo irá bien. Le alargo una mascarilla, que
se pondrá como una diadema antes de pedalear delante de mí como una
liebre. Mañana es día de paga, su humor es bueno. Respiro con alivio porque no
hubiéramos tenido cama para un ingreso.
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