domingo, 7 de octubre de 2018

ISLANDIA: DESALOJAR LA MIRADA


Terminal 1 de Barajas. El efecto batidora.

Buscamos la C35 y mezclamos nuestros pasos con todas las razas y actitudes imaginables. Sólo en un sitio como éste puede uno descubrir a la humanidad en su médula, destripada y diversa como el engranaje al aire de un reloj de pulsera. Mis hijos la digieren con indolencia porque ya lo han incluido en su imaginario. Ellos arrastran los pies entre bostezos, pero yo me detengo ante un grumo de japonesas excitadas o una familia de hindús que salpican la belleza insípida  de las vallas publicitarias con sus saris de color. Quiero recuperar la inocencia, sorprenderme de sus ademanes y sus atuendos como cuando los vi por primera vez, ¿dónde? En un aeropuerto internacional. A la salida del control de seguridad, un cura católico se abrocha el cinturón y besa el crucifijo de plata antes de pasárselo por el cuello con una sonrisa beatífica, ¿en qué otro lugar se puede contemplar esta escena? Enfrente de él, un judío pide divisa en la ventanilla de cambio con el pasaporte israelí en la mano. Unas adolescentes británicas cruzan como un banco de pececillos y ríen porque van de despedida de soltera. Me gusta sentirme parte de una tribu tan amplia y diversa, el mestizaje no me intimida, más bien me estimula. Cuando mis hijos no vivan en casa y dejen de arrastrar los pies detrás de nosotros por las terminales, otro tipo de emoción me embargará: los despediré en un aeropuerto como éste y sentiré que esa fuerza centrípeta, embriagadora, que vibra en los terminales, se los traga hacia un remolino que se llama mundo. Elegirán un lugar lejos de mi barrio y todo estará bien, porque hace tiempo que ya no sé dónde termina mi barrio y dónde empieza el mundo.



Icerental Cars. Oficina de alquiler de coches.

Recogemos el coche en una oficina amplia y pulcra que parece oler a pintura recién secada, los picaportes relucen sin una huella. La elegancia sobria y funcional de los escandinavos nos asalta desde que hemos aterrizado en Keflavik. El islandés parece un pueblo que no se permite ningún acicalamiento, como la verdad desnuda de su paisaje, como la austeridad de su credo protestante. La moqueta mulle los pasos y absorbe las palabras mismas, en un inglés correcto y sin concesiones. Nunca hay una sonrisa de regalo, ¿me acostumbraré a su estilo cortante como el viento polar? No obstante, la soledad me gusta y me invade una distensión grata en los silencios amplios que los niños rompen con sus juegos y sus riñas. Me pregunto si vendrá del desalojo general de la isla. Acostumbrados a las masas, preguntamos por el horario del bus que nos devolverá a la terminal y no hay tal horario: cuando lleguemos nos llevan personalmente. Tampoco nadie nos pidió anoche el pasaporte en la aduana ni en el check-in del hotel, ¿tan pocas personas pisan la isla? ¿A nadie le preocupa si llevamos una bomba en la mochila? El hall del aeropuerto estaba lleno de senderistas que desembarcaban silenciosos y bien pertrechados, nadie más allá de los sesenta ni mantecoso ni dominguero. Las mochilas iban a rebosar y las botas de trekking crujían sobre el linóleo de forma intimidante, como los neumáticos de una convención de moteros. Yo examinaba de reojo sus gestos concentrados y me preguntaba: ¿aguantaremos la excursión por el glaciar? ¿Estaremos entrenados?



El páramo.



Cruzar Islandia en coche es una suerte de meditación. Me recuerda a las largas travesías en barco: nada a babor, nada a estribor, y la línea tranquila del horizonte que traza un perímetro en torno a ti y provoca una congoja efímera. Después llega el letargo, una suerte de distensión y el vaciamiento al que aspirábamos. Los niños callan y el motor del Honda nos arrulla por este páramo de lava cuajada.
Hemos dejado Vik después de un remojón “a lo vasco” en su playa de guijarros negros y conducimos hacia el imponente glaciar Vatnajokull, el más grande de Europa.

Su silueta se impone en el parabrisas con la autoridad incontestable del hielo. Bajo una luz blanca y quieta, la tierra baldía que nos rodea parece un fondo marino despellejado y todo cobra una cualidad acuática que ralentiza los deseos. Las postales idílicas que visitamos ayer en el Círculo Dorado (las cascadas de Seljalandfoss y Skogarfoss) han quedado atrás para dar paso a este viaje sonámbulo por el desierto.


Hasta las ovejas, garrapatas blancas hincadas en las laderas verdes, son aquí negras y displicentes.
No sabemos si llegaremos a tiempo para un paseo por el lago glaciar Jokullsarlón. Hemos improvisado unos bocadillos frente a una granja y nos hemos retrasado. Los intentos de Rocío de alimentar a una oveja con ensaladilla rusa han espantado al rebaño y arruinado la foto. La tortilla de patata de anoche aguantaba bien y Rafa se ha nombrado a sí mismo maestro tortillero. Todos nos hemos reído de su autoestima y a nadie le ha parecido mal el descanso, pero ahora callamos inquietos porque la Ring Road parece interminable y la taquilla del lago cierra a las cinco.



Jökulsárlón. Lago glaciar.

El diálogo con el hielo milenario exige silencio y una seriedad reverencial. Sin embargo, a Jokullsarlón acudimos locuaces y en tromba, hay un parking amplio para autobuses y los visitantes bordeamos la orilla con nuestros anoraks multicolores; nada menos solemne que una atracción turística. A pesar de todo (y de los 60 euros por cabeza), el paseo en barca anfibia mereció la pena, fue providencial llegar a cinco minutos del cierre. A Rocío le dio lástima el guía porque su inglés era tan terrible que nadie atendía la charla ni reía los chistes (bromeó con la pronunciación del islandés y accedió a que le llamáramos Johny “like Johny Walker”).


Los icebergs desfilaban lentamente ante nosotros como damas lánguidas y embocaban ciegos el acceso al mar. Las vetas azuladas hablaban de su fractura reciente y les conferían la belleza dolorosa de las flores antes de que el tiempo las marchite. Rocío se hizo los selfies reglamentarios y sonrió autocomplacida con su gorro ruso. Manuel salió de su ostracismo adolescente y comentó la liga española con unos turistas andaluces que nos hicieron el retrato familiar. Cuando nos cansamos de las fotos, Rocío y yo jugamos a las formas de los icebergs: yo adiviné en uno la silueta de un barco varado, Rocío encontró el hocico de Noa.

Skaftafell. Parque Natural.


Cuando vamos de camino me gusta retrasarme un poco y verlos dirigir la expedición. Veo sus espaldas a contraluz dejándose absorber por los colores de la isla y les hago fotos sin que lo sepan, siento una mezcla de despedida y celebración; cada viaje abre un duelo porque el paisaje prevalecerá pero nosotros no.


Consuela saber que la belleza de Islandia me encontrará si vuelvo algún día, lista de nuevo para golpearme con sus contrastes. Fuego y agua. Verde musgo y lava negra. Las cataratas abren una sonrisa en la cara que el viento polar congela enseguida. El silencio que emana de cada cráter tiene una cualidad traidora: en el 2010, el volcán Eyjafjallajökull entró en erupción y logró que la isla ocupara todos los telediarios. Desde entonces, este paisaje estéril y extraño está de moda y venimos masivamente a conocerlo (dos millones y medio de visitantes este verano, en una isla casi deshabitada).






Hoy elegimos una ruta por el parque natural Skaftafell y Rafa protesta porque es la más dominguera pero asciende feliz como un globo y no duda en saltarse las barreras de seguridad para lograr la mejor foto. La catarata Svartifoss nos roba pronto la respiración con su entramado de columnas basálticas y antes que nosotros lo hizo a los productores de la serie Juego de Tronos. 


Un panel explica la simetría hexagonal que adopta la lava al enfriarse y yo no puedo evitar pensar en los arquitectos. El que diseñó la iglesia de Hallgrímur en Reykjavik inspirándose en este panel natural, en el mismo Gaudí que invitaba a todos los modernistas a imitar a la naturaleza. En un juego caprichoso, o quizá en un código inasequible para nosotros, la Tierra ha querido imitar aquí a los humanos y lo ha hecho con un mensaje, un grito más bien, desde el centro de sí. ¿Qué quiso decir? Abstraída en esta idea y en el picnic que Rafa ya ha montado a la orilla del riachuelo, pierdo el móvil y me doy cuenta media hora más tarde. Menos mal que los niños desandan el camino como gamos en cuanto se enteran. Unos italianos que lo han encontrado se lo entregan pronto a Manuel y yo les mando besos desde el puente. Mientras descendía hasta allí, enumeraba ya las cosas de las que tendría que prescindir sin el dichoso aparato y me había alegrado comprobar que no era para tanto, ¿era ese el mensaje oculto en el basalto?


Höfn, al extremo de la ruta. 

El gusto por la Nada. La Nada en la Nada. En esta isla hay Nadas dentro de la Nada como los anillos de crecimiento de un tronco y por eso hemos venido. El mapa mismo engloba macizos rocosos que el hielo descubrió tras la última glaciación y fueron islas hace miles de años pero ahora son islas dentro de esta isla. El “Círculo dorado”, la “Ring road”: todo aquí junta sus extremos y se vacía: el cero, la nulidad, la gran carencia.
La Nada más vacía que visitamos es Höfn, el pueblo al extremo más oriental de nuestra ruta. Wikipedia habla de mil seiscientos habitantes pero el viento afilado que nos asalta al bajar del coche explica que no veamos ninguno por la calle. Aparcamos cerca del único supermercado y nos aventuramos por su paseo marítimo calándonos bien el gorro. Las casas de aspecto prefabricado se ordenan frente al océano. Enfrente, los dueños se permiten una presumida parcela donde no puede crecer nada y la decoran con anclas oxidadas o enanos de loza que embelesan a Rocío. La ropa tendida aletea con fuerza en una cuerda y la señora que sale a recogerla con brazos expertos parece un marinero en la proa de un barco. No puedo evitar acordarme de la azotea en Reikiavik donde vi una barbacoa coronando el balcón y sentí una compasión inoportuna.
Como todos los pueblos pequeños del mundo, Höfn saca pecho con varios museos absurdos: un museo vikingo (Vestrahorn), un museo del parque natural (Gamlabúd), un museo de rocas recogidas por una familia local (Huldus Reinn) y la imprescindible casa-museo de un escritor que no conozco (Thórbergur).
No visitaremos ninguno.
Calentamos nuestra cena precocinada en un microondas que ofrece el supermercado y miramos la calle desierta a través de la cristalera. Yo mastico las sobras que van dejando los niños mientras medito acerca de los museos. Me gusta enumerar los sitos donde no he estado con una delectación morbosa, cerca del masoquismo. Mi memoria se entretiene colocándolos al lado de los juguetes que no me trajo Papá Noel, los chicos que no me miraron, las películas que se esfumaron de la cartelera mientras yo me encerraba a estudiar.
En Islandia, las casas-museo de escritores salpican la geografía como las ovejas. Ayer en el hotel incluso di con un libro dedicado a ellas. Tenía un mapa que fotografié con entusiasmo (sobra decir que me embargaba la convicción de que no los pisaré jamás) y anoté nombres que acababan siempre igual: Gumarson, Sveinson, Jochumsson, Hallgrimsson...




Una isla de trescientos mil habitantes que pasa media vida a oscuras y rinde tanto culto a sus escritores, ¿por qué? ¿Cuál es el influjo de la aurora boreal? ¿Hay que acercarse tanto al Círculo Polar para estar inmerso en la literatura? Es más: ¿tiene la literatura un punto geográfico, una zona física donde obre la acumulación? Yo que ya me jactaba de haber aprendido a escribir en medio del polvo y el ruido, ¿debería aspirar a esta pureza?
Estas preguntas sin respuesta también las colecciono con fruición y las coloco ordenadamente en mi lista.










Brú Ghesthouse.



Hemos dejado atrás los falsos acantilados de la costa sur y pasamos la noche en Brú, en una planicie extensa donde emerge esta fila de módulos de madera con dos habitaciones baño y minicocina.



Es fácil sentirse como una familia Playmóbil, todo está impoluto y de estreno, es tan impersonal como una casa de muñecas. Ikea es la empresa promotora de esta uniformidad, ha terminado de arruinar el folklore, el derecho a sentirse lejos de casa. No obstante, en los estantes encontramos cuatro cuencos, cuatro platos, cuatro juegos de cubiertos y cuatro vasos y yo soy feliz mientras me asalta un déjà vu: todo esto ya lo viví leyendo a Ricitos de Oro.


La cristalera es amplia y deja entrar el verde de la llanura desde cualquier ángulo, es tan extensa que intimida. La mujer de la recepción fue cálida y cercana pero dejó claro que se iría a las diez de la noche y me sobrecoge recordarlo, sólo hay un coche más aparcado al lado del nuestro. A medida que la oscuridad hace opacos los ventanales, la casa adquiere una cualidad flotante, sin asideros. Como la niña se va a dormir enseguida, elegimos una peli de Eastwood en Netflix y dejamos que Harry el Sucio nos devuelva al universo conocido con su rictus indolente y sus famosas sentencias antes de apretar el gatillo.

Geysir y vuelta a Reykjarvik.

Cumplimos con el mandato turístico y visitamos Geysir antes de volver a la capital. Durante el trayecto les instruyo a todos sobre las zonas geotérmicas y las bacterias termofílicas, aunque sé que sólo Rafa me está escuchando mientras conduce y mira la carretera con una sonrisa templada. Sólo consigo robarles la atención a todos cuando les reto a pronunciar el nombre del volcán a nuestra derecha (Eyjafjallajökull). Rafa es una ardilla fonética y lo adapta pronto a su manual de atajos sonoros: “ella-folla-yo-culo” es lo que más se acerca al original. Reímos relajados y cogemos fuerza para resistir los embites de los niños en el centro de visitantes de Geysir: souvenirs, menús y chucherías para un nuevo enjambre de turistas que nos aglutinamos en el parking y en las colas de los baños.
No gastaremos ni una corona más, el país más caro de Europa (y quizá del mundo) ha agotado el presupuesto. Sorprendentemente, la visita al  Gran Geysir no tiene pago obligatorio y caminamos con alivio entre las fumarolas con olor a azufre sin arrugar la nariz. Geysa es el verbo islandés para “emanar o erupcionar” y éste del valle Haukadalur ha dado nombre a todos los del mundo. Un siglo de visitantes ha acabado con él y ya no escupe agua, pero su homólogo Strokkur sí lo hace y salva la visita. Para los incautos que aún tuvieran ganas de arrojar monedas al agua remansada, los carteles rezaban alertas en varios idiomas. También nos recordaban que el agua estaba a 100 grados y el hospital más cercano a 62 km.
Engullo el bocadillo antes de perder la sangre de mis dedos azules e intento disfrutar las vistas del valle. El almuerzo no es lo único que se nos ha enfriado. Parkings, autobuses, colas y selfies arriesgados sobre el vacío han congelado nuestro instinto explorador. La visita obligada a Gullfoss resulta en un desganado vistazo panorámico


y la falla de Pingvellir se lleva una foto rápida (el lugar es emblemático: junta la placa americana con la indoeuropea como si la piel de la tierra se cerrase en cremallera).
Pronto rodaríamos por una autovía de dos carriles, embocando naves industriales y las vallas publicitarias que ya no recordábamos. La publicidad es aquí no sólo escasa sino tímida, casi te pide permiso para que la mires. Reykjarvik estaba cerca y la nostalgia del desierto me asaltaba, quería volver a los montículos pelados, al verde inacabable, al cielo blanco confundido con la cinta del océano. Quería volver para pegar mi nariz al parabrisas e incorporarlo todo. Echaba ya de menos esa sensación de bucle, de falso avance.


La cinta negra de la Ring Road engullida por un horizonte que siempre está más allá. Eso es Islandia. La sensación de que el avance del coche es en vano, un falso devenir, como la vida misma. Esta isla que vive al ras del magma terrestre no se deja engañar por espejismos: caminamos hacia un horizonte que toca sus extremos.




https://milviatges.com/2015/viaje-barato-islandia

https://es.visiticeland.com/

https://mejorepocapara.net/viajar/ver-auroras-boreales/

https://elpais.com/elpais/2018/06/28/eps/1530165884_674043.html

https://elviajero.elpais.com/elviajero/2018/05/10/actualidad/1525949407_721399.html

jueves, 19 de abril de 2018

Ignacio Ferrando: porque la literatura siempre exigió La quietud.

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             “Espero que disfrutes con este viaje a la quietud”, me escribió Ferrando en la dedicatoria de su última novela, La quietud, cuando me hice con un ejemplar en la feria del año pasado. Ferrando me ha dado clase en la Escuela de Escritores y todas sus alumnas valencianas acudimos en racimo para arrancarle una dedicatoria, es uno de nuestros favoritos.
                
             No es un seductor, pero causa estragos. Nadie como él para ejemplificar el tesón y el talento. Cuando le veo nunca me viene a la cabeza un escritor (¿tienen algún rasgo distintivo un escritor?), sino un científico. Le imagino concentrado entre vasos y centrifugadoras, siguiendo con delectación el goteo lento de una pipeta. Es así como debe de alumbrar cada frase, aunque luego su voz se perciba fluida y sinuosa, casi escrita de tirón. 
             
               Su escritura ha crecido despacio y bien. Después de años de espera en editoriales pequeñas, por fin está en Tusquets, “una liga aparte”. Bromeaba con ello y casi pedía perdón. Su modestia no le permite otra cosa, pero sabe que se merece Tusquets. Ha sabido contener el ansia de publicar a cualquier precio y su escritura está por fin pulida, su virtuosismo bajo control, muy lejos de los primeros relatos que leí hace diez años.
               
               He acabado ahora La quietud y el mes de abril me trae una nueva luz en el parque de Viveros, un revuelo de hojas y polen que me descubre las casetas de la feria de nuevo en pie. Hector, su protagonista, ha tenido que esperar a que bajara mi montón de libros en la mesilla y ahora vive por fin en mi cabeza. La quietud merecía un tiempo lejos de la voracidad con la que ataco la literatura y el siglo. Es una lucha que está contenida en la novela, como muchas otras. Sus trescientas y pico páginas se abren por planos y dejan a la vista varias novelas, como los libros desplegables que le compraba a mis hijos: levantan una dimensión escondida con el crujido de las tapas.
             
               "Hay algo casi delictivo en el hecho de estar aquí, abrazados...". Así abre el protagonista una larga confesión que nos llevará de Madrid a Siberia y de la culpa a la redención, con un narrador en primera persona cuya soltura me recuerda por momentos a la de Richard Ford en sus Pecados sin cuento. La historia se anuncia como la historia de una paternidad por asalto, atropellada, compleja, pero también es la historia de un duelo y un cierre, la clausura de todas las preguntas y los sueños de la juventud. Es el asentamiento de un final y un ciclo nuevo, la aceptación de la muerte y de los límites que impone el tiempo. El padre ausente al que no quiere parecerse y el padre presente, la inminencia de su muerte y del relevo que asumirá Hector siendo padre. En este plano de la novela suena la necesidad de perdón como una música con sordina, la culpa de existir que tiene notas de Kafka. No es casualidad la alusión brillante a la película de Wells El proceso, cuando el protagonista es forzado a saltar a su propia tumba en un paisaje helado.
               
                Hay una lucha también por conocerse, aceptarse, una historia alrededor de la identidad en el profesor de arquitectura que es Hector y que no cumplirá ya los cuarenta. Un intelectual cuyo hastío es capaz de seducir a Ann, una alumna veinteañera que se toma su hartazgo por misterio. Hector empieza a estar fondón y sin lustre, sale de una relación agotada y larga y necesita seguirle el juego a la estudiante caprichosa y ávida de poder o conocimiento. Alargará el engaño con la joven todo lo que pueda, dejará que ella actúe como si la madurez pudiera sorberse igual que se apura un botellín de cerveza en una fiesta universitaria. Para no claudicar, Hector tendrá siempre el recurso a Montalbán, un tipo cuyo DNI ha encontrado por la calle y al que le inventa una vida para usarlo de interlocutor en los momentos de flaqueza, de interlocutor y de escape.
                
                El paisaje helado de Siberia completará el choque de historias y avideces, la de los siberianos que sobreviven a dentelladas, que buscan no ya la quietud, sino la dignidad más primaria, y la de los occidentales pagados de sí mismos que pasean su autocomplacencia delante de sus ojos. La aventura está servida, el conflicto empuja la lectura a toda vela y Ferrando demuestra su temple y su oficio al hilar las tramas y las subtramas con pulso de relojero.
                
                Para colmo de generosidad, Ferrando ha publicado un anexo al que llama Cuaderno de escritura donde desentraña la “receta de cocina” que le ha llevado a completar el libro. Destila su experiencia como profesor de escritura pero no pretende engañar a nadie: la “piel del discurso”, como él la llama, es el fruto de la intuición y la mirada del autor, inaprensible y huidiza de los manuales.                   
               
               Nunca seremos Ferrando, pero le debemos mucho. En este mundo de pisotones, poses y fuegos artificiales, alguien con el aspecto engañoso de científico despistado se afianza y gana lectores. La templanza y la fe (junto con el talento) llevan lejos y estaba a punto de olvidarlo.

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http://www.ignacioferrando.es/

https://escueladeescritores.com/archivos/ignacioferrando-cuaderno.pdf

https://alenacollar.wordpress.com/2017/07/11/ignacio-ferrando-la-quietud-el-territorio-extremo/


https://elasombrario.com/escueladeescritores/ignacio-ferrando-escritor-estar-dispuesto-darlo-cambio-casi-nada/


domingo, 11 de febrero de 2018

Stoner de John Williams


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Stoner es una novela sobre la soledad. No cualquier soledad, sino una soledad profunda, impenetrable, casi obstinada. Una soledad en el ruido, entre las voces que aletean ensordecedoras alrededor.

Terminé de leerlo un domingo lluvioso de enero y me pasé el resto del día trastabillando por la casa, intentando ocuparme en mil cosas y sin poder ocuparme en nada. Sufría la despedida de Stoner, su duelo, pero no me permitía la aflicción. En sus doscientas y pico páginas late una prosa contenida y sobria que no alienta las lágrimas. Ahora sé lo que me ocurría: estaba atacada de soledad.

La soledad de Stoner es la de un tipo de hombre que no volverá, un hombre que pertenece al pasado. Un profesor de literatura corriente en una universidad mediocre que no protagoniza ninguna hazaña especial. Un hombre al que los poetas de hace trescientos años son capaces de hablar y a quien los torpes jadeos a su alrededor no dicen nada.

Stoner es un profesor antiguo, de otra era, a caballo entre los gritos del siglo XX y el “Tiempo del ayer” que describía Stefan Zweig. El tiempo en el que los hombres aún eran de una pieza; hombres que entraban en las páginas de la literatura con terrones rojizos entre los dedos. En su trayectoria late una condena y por momentos se sienten ecos kafkianos, un alarido con sordina, el arrastre de sus pies por los escenarios de su vida tiene el peso del absurdo y él aguanta los reveses con una mueca cercana al desdén porque siempre estará el recurso al conocimiento, a su puesto de profesor. La universidad, como él mismo describe, es el mundo aparte que da cobijo a seres como él o como su hija, demasiado vulnerables para los zarpazos de la vida. Y su puesto de profesor será la única pasión que no verá vetada, la caja en la que meterse, un lugar seguro lejos de la guerra que se libra fuera.

Williams defendía que su personaje era un héroe por cuanto permanece fiel a sus principios. Yo no acabo de verlo. Me parece tocado de melancolía de principio a fin. Asistiremos a los amores de su vida y a las brechas que abren en él, pero nunca le veremos batirse por un centímetro más de felicidad. La vida que late en los textos que ama debería inyectársele en las venas, avivar esa forma anémica de moverse que tiene. El único episodio donde le vemos vibrar es cuando defiende a capa y espada la entrada de un farsante en la universidad, el riesgo de que su templo quede contaminado. La literatura es para él un sacerdocio.

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Pero Stoner ha heredado la resignación que sus padres cultivaban en el campo. Es un tipo lánguido que se mueve por el campus de la universidad de Columbia como una sombra y raramente se agarra  al amor, a la felicidad, a cualquier forma de palpitación que pueda alejarle de la vida ascética que ha elegido entre los libros. Ve la felicidad en los demás y se maravilla de la vida que late en los versos de un autor latino o medieval, pero no es capaz de retener una porción para sí. Y este punto es el que hace difícil el libro, un libro por otro lado fácil de leer, de una prosa sencilla y natural, brillante en su precisión con las emociones y los detalles que las revelan. 

Es una novela dolorosa pero es la novela que recomendaré a todos los que sepa heridos de literatura. Una novela donde el cómo prevalece sobre el qué se cuenta, cargada de momentos sencillos en apariencia, profundos como un pozo. De una voz narrativa templada y segura que invade el cuerpo como un constipado lento que acaba en gripe y luego deja un dolor de huesos durante varios días. 

Williams sabía que tenía entre manos un buen libro, una novela digna, de peso, que no comercial. Su primera edición cayó en el olvido tras una pequeña tirada de doscientos ejemplares y estuvo a punto de sucumbir a la maldición del protagonista, la maldición del silencio. 

Pero todo lo bueno perdura, especialmente los libros que están llenos de coraje y verdad. Los libros que hablan a través de los años, de los siglos. Textos que se dirigen, como éste, a todos aquellos a los que los poetas nos hablan a través del tiempo. Aquellos que nos creemos así salvados de la soledad y de la vida, o de la muerte, que es su reverso. 

Williams nos recuerda aquí que leer no nos librará de la devastación silenciosa que sigue en pie, la que nos hará morir un día como él, sin heroísmo, sin drama: tan solos como llegamos al mundo. 

Preguntaos qué libro será el que, llegado ese día, resbalará despacio de vuestras manos. Mientras tanto, leed, leed malditos. Y no dejéis de leer Stoner de John Williams.

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Otras reseñas de Stoner










viernes, 3 de noviembre de 2017

Topografía

Su madre le puso Ezequiel, un nombre bíblico que suena a tormenta proverbial cuando se pronuncia. Significa la Fuerza de Dios, un destino grande para ese niño al que no perdería de vista ni un instante cuando era pequeño. Ahora ronda los cuarenta y aún no le pierde de vista.

Yo le veo solo por la facultad y le pido que me recuerde su nombre cada vez que me saluda, sabedora de que volveré a olvidarlo en cuanto vuelva a lo mío. Hace veinte años tenía unos ojos enormes y las pestañas más negras y rizadas de todo Medicina, todavía me acuerdo. Yo acababa de llegar a primero y él apareció en clase amparado por el bullicio de la tuna, ya no sé si tocaba un instrumento o le echaba coraje con la pandereta. Una sonrisa de me como el mundo. El caso es que era el más guapo, un moreno de belleza antigua, Siglo de Oro, quizá lo recuerdo así por la rancior de la tuna con sus capas, sus vuelos y sus bombachos ridículos.

Su primer brote debió de llegar entre segundo y tercero; dejé de verle por el pasillo en aquella época. Cuando le atisbé de nuevo por la facultad , yo ya era MIR y él un esquizofrénico. La medicación le había convertido en un gordo que caminaba como una boya entre la biblioteca y la máquina de café, sin rumbo en los ojos; la psicosis despoja a la gente de la urgencia y el tiempo se vuelve otro tipo de cepo. La prisa por llegar al futuro, la que teníamos todos, se le había ido aflojando a golpe de frustraciones y, cuando se quiso dar cuenta, ya estaría en el futuro que no deseaba para sí.

Ahora solo le queda el fingimiento.

─Hola, ¿qué tal?

Quizá no se acuerde de mí, pero lo cierto es que soy la única que le mantengo la mirada cuando me lo cruzo.

─¿Estás por aquí? ¿Qué haces?

Miento. Le digo que ando liada con mi tesis doctoral y él asiente con una sonrisa fatua. Quiero irme pero ya es tarde.  

─¿Y qué tal te va?

Necesito decir algo honesto y confieso que estoy atascada, con un bloqueo de años, demasiadas tareas y poco tiempo para escribir. Ni hablar de que la supuesta tesis es una novela sobre enfermos mentales. Para acabar con el silencio que se abre no puedo más que añadir lugares comunes que también son verdad: los hijos, la casa, el trabajo… Sonríe con sus dientes amarillos de tabaco y yo me pregunto qué hago hablándole de mi vida personal a un desconocido. Ahora sé que era un reflejo para bordear su vacío, su tremendo agujero: hablar de mí supone que él no hable de su nada. 

La conversación sincera debería ser algo parecido a esto:

─Hola, ¿qué tal? Cuántos años, me suena tu cara, ¿acabaste la carrera?

─Sí, ya lo ves, me gradué en locura.

─Vaya, qué cosa, pues yo me hice loquera.

Sin embargo, él ha apostado por fingir que no existe la topografía, que estamos al mismo lado de las cosas y, para mi sorpresa, se lanza con facilidad a una exposición vaga de su trabajo en Godella (donde la única clínica es psiquiátrica y posiblemente la conozca bien). Luego escancia un par de anécdotas imprecisas sobre su trabajo entre los médicos del SAMU (a quienes también habrá observado desde la camilla) y los dos reímos relajados. 

El sol muerde en las pupilas, yo me empiezo a cansar de hacer visera con la mano, él hace un esfuerzo por encontrar un hilo y dispara con inocencia.

─¿Y tu tesis, de qué es?

─De psiquiatría ─respondo desprevenida.

─Jo.

Se rasca la cabeza buscando algo qué decir, ahora la remontada es más difícil. Ninguno de los dos sabe cómo retomar la naturalidad, un reto incluso para mi cerebro, que se supone intacto. Me fijo en su camiseta llena de lamparones con el logo de un campus americano y me pregunto si el deseo de marcharme me habrá jugado una mala pasada.

─Bueno, pues que tengas suerte y la acabes ─se encoge de hombros y me sonríe con esos ojos que no han dejado de ser antiguos, preciosos.

─Y tú también, mucha suerte y…eso, mucha suerte.

Y se la deseo de corazón, pero no voy a encontrar la manera de hacerme creer, así que me despido con las cejas como si fuéramos a coincidir mañana mismo, en la clase de anatomía, la de las ocho de la mañana.   

martes, 10 de octubre de 2017

¿Por qué no hemos puesto una bandera, papá?

Llegó a su despacho antes que el primer cliente como tenía costumbre, le gustaba ventilar, correr las cortinas, abrir las ventanas de la galería y echarle un vistazo a las plantas. Se sentía bien, ¿por qué no sentirse bien? Habían pasado un fin de semana largo sin grandes planes ni grandes choques familiares. Simplemente el pijama, la perra, la bicicleta, la película después de la cena que siempre tenían que contarle en el desayuno porque se dormía.

El callejón de atrás era estrecho y siempre le llegaba el olor del aceite, el ajo frito, las pequeñas disputas, conversaciones al móvil que deberían ser privadas, el rumor de la calle comercial tan cerca y el televisor del tercero.

El televisor. Hoy era el día de la independencia, ¿pasaría bien la jornada? Mientras había acompañado a los niños a la parada, se había preguntado si le llamarían del colegio para recogerlos. Una pregunta rápida, clandestina, como una estrella fugaz, tan rápida que se queda uno dudando si de verdad ha pasado. Ahora, mientras forcejeaba para abrir la ventana del fondo, otra vez esa pequeña congoja salida de no se sabía dónde: el noticiario del tercero le llegaba con un tono intimidatorio, atropellado, duro. Se vio a sí misma abriendo su negocio en Siria, o Palestina. Gente que no tenía normalidad, pero se la pintaba en medio del caos, ¿cómo se las apañaban para seguir ganándose la vida? ¿Cuánto tiempo le lleva a una persona llamar normal a lo anormal? La ventana cedió por fin con un chasquido y se asomó a la pantalla plana del vecino: no eran las noticias, sino una simple retransmisión de fútbol. Se mordió el labio, avergonzada, ¿qué estaba pasando en su cabeza?

Una semana atrás, cuando las banderas españolas habían empezado a colgar de todos los balcones, ella sintió la misma perturbación, una incomodidad perezosa que ganaría fuerza, la mera asunción de que no podía seguir mirando a otro lado. Las banderas no formaban parte de su mobiliario común, no había sido educada entre ellas (ella era del Mediterráneo y de la Meseta, demasiada mezcla). Ahora las veía en las fachadas de su barrio y le parecían una mera contestación, un signo arrojadizo que decía guerra. ¿Guerra?

“¿Por qué no hemos puesto una bandera, papá?” ─había preguntado ayer su pequeña─ Y su marido, sin cambiar la marcha del coche, había perorado sobre la cantidad de banderas que tendrían que poner llegado el caso: la española, la valenciana, la vasca, la europea, ¡la del planeta tierra! Los niños se habían reído de pensar que no tenían balcón para tantas. Una bandera blanca, dijo ella, pero las risas tapaban ya el comentario y ella estaba demasiado cansada para dar una explicación con la que se quedara satisfecha. ¿Cuál era esa explicación? Ni ella misma sabía.

Todo era confuso en la calle y en los medios, voces entremezcladas, noticias contradictorias y juicios rápidos. Y lo peor, lo más nuevo: un recelo creciente de hablar según con quién.

“Artur Mas ha dicho que los bancos se pelearán por quedarse en Cataluña”, había disparado con sorna la noche anterior, cuando los niños ya estaban en la cama. Estaba muy satisfecha de sí misma, quería demostrar que ella también podía estar al día. Él no había levantado ni los ojos del móvil y ella había seguido repasando la vitro en silencio, mirando de reojo su gesto ceñudo. “Estás muy desfasada, cariño ─soltó al fin─, la cosa se calienta de hora en hora, se lo cuentas a alguien que siga la prensa y te dirá que hace mucho de eso…”. Había apretado la bayeta contra una pequeña huella de la sartén y había rascado con la uña a pesar de saber que dejaría marca. “Ha habido hostias en la manifestación del 9 octubre, por eso oíamos el helicóptero de la policía”. 

Ella le había dado la espalda para escurrir la balleta, la niña pedía agua y no había dudado en llevársela para tumbarse junto a ella. Cuando metió la nariz en la raíz de su pelo le inundó el olor áspero y penetrante, ¿estaba ahí la explicación? Estaba ahí, claro que sí, en lo que le había enseñado su hija: el amor y la tolerancia, la voluntad de aceptar a un otro que es igual y distinto a la vez, que se parece y no se parece, que habla por sí mismo y por tu boca.


“Mañana declaran la independencia”, le había dicho su marido cuando se metió en la cama. Ella se había girado hacia su mesilla para ajustar el despertador. Poco antes de cerrar los ojos, sólo quedaba la luz azulada del móvil que él tardaría en apagar. Las esquinas del armario hacían sombras profundas en la pared, tan largas como el interrogante con el que lucharía para quedarse dormida. 

jueves, 21 de septiembre de 2017

Es Migjorn o el tiempo pintado de blanco

A la entrada del pueblo está la casa del abuelo inglés: si el Mercedes rancio sigue aparcado en la puerta, el viejo ha sobrevivido otro invierno. 
Elegimos siempre el mismo hotel al final de Es Migjorn, más allá del cementerio donde las tumbas encaladas reflejan la luz blanca que nos hará guiñar los ojos todo el día. Un pueblo que pinta de blanco sus cementerios sólo promete tregua, una alegre celebración del tiempo o su negación misma.

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De Menorca nos atrae la foto fija, la misma línea en el horizonte. Encontrar las mismas sonrisas, los mismos paisajes, las mismas gaviotas que se encaraman a los cortados de caliza y nos clavan sus ojillos huraños diciendo “devuélveme mi cala, forastero”. Son una única y repetida gaviota, siempre la misma.

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A diferencia nuestra, ellas están mimetizadas con el paisaje y exhiben la misma dignidad que las abuelas del pueblo cuando sacan sus sillas a la puerta y nos miran enigmáticas, en silencio, a veces masticando un catalán cerrado y lleno de oquedades. La misma conversación repetida de año en año.

Pero no puedo engañarme más: Manuel ha borrado la infancia de su cara este verano y Rocío va dejando atrás la niña gritona que era, tiene una zancada que se estira prodigiosamente como la de su hermano.
Aunque nuestros hijos cambien, queremos encontrar los ecos de su redondez en cada cala, en cada recodo de los caminos de arcilla, en cada itinerario por las calles torcidas de Ciudadela. Nosotros mismos nos rastreamos en el camino de San Joan de Misa, flexibles e ingrávidos sobre una bicicleta alquilada hace veinte años, con una mochila cargada de pan, aceite y gazpacho. Sin hora de vuelta. Nos añoramos en Ca Antonio, en aquél hostal que sólo ofrecía desayunos rancios, una cama y una ventana limpia sobre la cala, inundada de ocaso.

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Este verano, sin embargo, se cumplen dos décadas de la primera Menorca. Conducimos despacio con las ventanillas bajadas para que la manzanilla y el romero entren en la cabina con el canto de las chicharras. Pero el Consell ha decidido ampliar la carretera que cruza la isla con un tercer carril, el supermercado se ha reformado para competir con otro nuevo donde venden hasta zapatillas y el hotel ampliará en breve su número de habitaciones. De camino a Mitjana, el primer día, las noticias escupían datos sobre el atentado yihadista en Barcelona y nos torció el gesto hasta dar la primera brazada. ¿Se puede aspirar al paraíso en este planeta, aunque solo sea una fantasía armada en la cabeza durante siete días?

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El abuelo inglés es nuestro marcador para ello, nuestro metrono silencioso. Al rondar el mediodía le solemos encontrar en el antiguo supermercado cogiendo las zanahorias a puñados y metiéndolas en la bolsa después de pesarlas. Podría llamarse Nick o Phil, elegiré el nombre que me dé la gana porque he olvidado su nombre real, aunque un amigo me lo presentó hace años. Yo presumo desde entonces que no se acuerda de mí pero quizá me equivoque. Tiene la mirada sagaz y transparente, como un reptil. Nunca nos saludamos, pero yo acecho sus movimientos cuando no puede verme y compruebo que mantiene la misma agilidad de británico andarines. Alto, enjuto y bronceado, cuando estira la barbilla para ver el precio de las zanahorias la piel del gaznate se despliega como si fuera una tortuga centenaria. No ha perdido la mata de pelo blanco que ya emite un fulgor verdoso. ¿El tiempo no pasa por él?

Quisiera volver a casa con la convicción de que el año que viene nada habrá cambiado. Que el viejo Nick seguirá aparcando su Mercedes color butano a la puerta de la casa roja, la primera del pueblo. Pero puede que no lo encuentre, ¿qué nos contaremos entonces? ¿Qué historia urdiremos para que no se rompa el engaño?

jueves, 27 de julio de 2017

EL INVENTOR DE VIDAS

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Resulta perturbador enterrar un fantasma. Desafía la lógica de los funerales.
Ayer localizaron a su madre porque su tío el marino había muerto, nadie había tenido noticia en cuarenta años de su paradero. España, decía el escritor J.M. Peman, es un país de grandes entierros, y ella acompañó a su madre a la cita sin saber qué debía sentir. Eran como dos espectadoras perplejas que se cuelan al final de una película dramática, sin atinar muy bien con el guión ni los actores principales. En el ataúd que los operarios manipulaban con limpia destreza iba el cadáver de un hombre de 71 devorado por el cáncer al que ella no lograba poner cara, nunca le conoció, ¿tendría todavía pelo? No se atrevía a hacer una pregunta tan frívola entre los llantos de la viuda y el zumbido del elevador mecánico que hacía levitar el ataúd de color cerezo. Siempre se le dijo que su tío era alto y guapo, barbilampiño, embaucador y canalla, y su imaginación le colocó el gesto borroso de todos los ancianos que visitaba en el hospital, un palimpsesto de la muerte a la que estaba habituada.
Una señora con traje funcionarial leyó un pasaje bíblico con la misma corrección que una azafata de vuelo: siempre las escuchaba por pura compasión, le parecía terrible repetir el mismo texto ante un puñado de ojos que miraban a otra parte. Atendió a las palabras del Evangelio según San Juan igual que atendía al lugar donde se situaban los chalecos salvavidas. “Yo soy el camino, y la verdad; nadie viene al Padre sino por mi” y la escena la cautivó, alivió un dolor que no sentía, ¿un dolor fantasma? “Jesús, ¿cómo hallaremos el camino?”, había mucho desgarro en esa despedida de la persona amada, una nostalgia punzante y un anhelo de seguirla a cualquier parte. Se prometió leer la Biblia por fin ese verano, las voces eran cándidas y reconfortantes como en un cuento infantil leído a pie de cama.
A su lado, su prima sollozaba en silencio, la examinaba de reojo porque acababa de conocerla. Era menuda, corriente, quizá menguada por el luto. Toda la avidez estaba en los ojos. No lloraba al padre que acababa de morir, lloraba los agujeros de su vida, porque él no había querido saber nada de ella desde que cumplió los veintinueve, ni conocer a su propia nieta. Un tipo escurridizo su padre, un inventor de vidas: cambiaba de mujer, de hijos y nietos, de trabajo o de pueblo donde mal vivir y su pasado le incordiaba como una piedra en el zapato. Ella observaba la consternación de su prima y pronto entendió el objeto de la convocatoria: la liga de agraviados se reunía al aroma de los gladiolos. Los resucitados eran ellos, descubrió, en una pequeña gran conjura contra el deseo de su tío de mantenerles muertos. Padre Nuestro que estás en los cielos. Nunca había  llegado a aprenderse el resto de la oración y ya no se molestó en mover los labios. Desde la primera fila de bancos, agradeció que nadie pudiera ver su boca quieta.
Su prima y ella se llevaban tres años. Una tenía dos cuando se produjo el cisma familiar y la otra cuatro y pico, imposible reconocerse por la calle. Hasta ese día, ambas eran una ficción sin rostro, un relato mil veces oído en un libro sin ilustraciones. Internet había dado con su pista. La prima le contó que tenía una hija de ocho años a quien había dicho que su abuelo estaba muerto; ahora debía confesar la re-muerte, en este juego enloquecido en el que las disputas se zanjaban con cadáveres de quita y pon. Cuando terminó el sepelio, les hizo acompañarla al coche y sacó un montón de cuadros al óleo que había encontrado en el piso de su padre al morir. Los firmaba su abuelo y quizá quisieran quedarse alguno, lienzos que ella conocía, poblaban las paredes de toda su infancia, su madre los tenía colgados por todas partes. Paisajes costumbristas y bodegones densos, ahogados, que el abuelo dibujaba con cuadrícula y luego coloreaba con precisión. Ahora supo que en esa pincelada descargaba la desazón que le provocaba un hijo traidor: falsificó su firma en el banco y le desplumó varias veces, según le dijeron. Uno de los cuadros le atrapó: una mujer subía una escalinata coronada por un molino mallorquín. Lo conocía, había una variante casi idéntica en el pasillo de casa y nunca le llamó la atención, nadie se detenía nunca a mirarlo. En el parking, frente a esa copia, su madre arrugó el ceño y lo descartó, sólo quería llevarse una marina que destacaba del conjunto porque el agua se agitaba con vida propia y era mejor que las demás postales pintorescas. “Me lo regaló mi padre”, aseguró, y la rivalidad entre hermanos se coló en la historia familiar que estaban reconstruyendo en el parking de un cementerio.
La conversación se alargó, el sol de julio ya estaba alto, las lágrimas se habían secado, “vayamos a tomar algo”. El lujoso tanatorio y sus empleados impolutos quedaban atrás como si ya tuvieran permiso para salir del guión y criticar al que dejó una larga estela de cadáveres. Su prima dio rienda suelta a su dolor, que era una forma impura de nostalgia, más bien la rabia de la hija abandonada. Y nos enteramos de otros agujeros que había dejado atrás, acreedores que ahora la seguían a ella como a ellas las seguirían siguen los cuadros del abuelo en el maletero (ella se empeñó en elegir varios lienzos más que igualmente irían a la basura). Trampas, requiebros, créditos sobre créditos, un piso en Cullera donde había acudido la hija y no había ni ropa, ni fotos, ni la colección de sellos que había hecho con él cuando aún era una actriz en su escenario. Los objetos tocados de alma que se hundían en un sinfín de mudanzas, su tío abandonaba no sólo personas, también pertenencias, oficios previos, identidades.
Era un contraste, se dijo ella, con la actitud de su hermana, que colgaba los cuadros y guardaba los muebles macizos del chalet madrileño en un escueto apartamento de playa. En la vitrina de caoba, con la que siempre se daban rodillazos, guardaba el cristal de bohemia que había logrado rescatar de la ruina familiar como si fuera un sarcófago. No se desprendía de nada ni de nadie. Entonces entendieron que tampoco debió de hacerlo con él: su tío era el experto en dar esquinazo. La noche antes de la llamada, su madre había soñado que su hermano sufría algún desenlace grave, ¿se puede uno amputar un trozo de biografía como el que se corta un brazo? Después del entierro confesaría haber soñado con la primera comunión. Ella pensó entonces en su prima contándoles en aquella cafetería que su padre se había negado a llevarla al altar, “no pinto nada en tu boda”, le había dicho. El subconsciente de su madre había hecho el resto: velos blancos, zapatitos con hebilla, la penumbra fresca de la iglesia y su abuela ajustándole las horquillas a la puerta. Seguro que su tío estaría hecho un pimpollo en su pequeño uniforme de marinero. De mayor llegaría a capitán de la marina mercante, con el empuje de su cuñado que le costearía su carrera. Al final de su vida: una cuenta bancaria con trescientos euros y un móvil donde no aparecía su nieta como contacto.
Las cenizas se van a hundir en la costa de Cullera. El mar, le había dicho la hija de su última mujer, era su medio y su destino. “La urna es biodegradable”, matizaba con un tono periodístico que nadie le había pedido, “porque está muy de moda tirarlas  al mar”. El mar que es el morir, se dijo ella, pero sólo le dio una sonrisa protocolaria por respuesta. Como la memoria, siguió pensando, su oleaje nunca termina, se crea y se destruye sin tregua, nunca idéntico a sí mismo. Ese día habían completado un tramo que faltaba, pero se abrirían nuevos paréntesis y nuevos huecos.
Sin embargo, salieron de la cita con la satisfacción de una historia completada. Todas las historias necesitan un cierre, las que nos tocan de lleno y las que apenas nos rozan. Hay un desasosiego, un estar en falta, que no nos deja descansar hasta saber. Y la trayectoria de su tío estaba hecha de escenas entrevistas a través de una mirilla, piezas incompletas de un puzzle que se juntaron por fin en ese parking y en esa cafetería donde fueron después, lejos de las lágrimas con sordina. La mujer de su tío no tenía cuernos ni rabo, a pesar de los relatos demonizados que ella había escuchado desde niña. Había que culpar a alguien de un gran fracaso y culparla a ella salvaba el apellido. Romper la leyenda familiar es un viaje que todo el mundo debería hacer alguna vez. Limpia, desatasca, oxigena. Hay que desafiar la lealtad a los secretos y los mitos. Su prima, que tan sólo era una mujer llena de costuras, no había querido rendirse a lo que le contaron. Y su tío, se fueron enterando, no era tampoco bueno ni malo, sino un hombre malogrado incapaz para el valor, la palabra, el diálogo, el perdón. Eso era lo que necesitaba su hija ahora y eso fue lo que le infundió valor para encontrarlas. Ellas eran la palabra, una historia que nacía por una que moría. Un vacío que se llenaba por capas.
Cuando volvieron al apartamento de su madre ella buscó el cuadro del molino y se clavó delante un buen rato como si jugara a las siete diferencias: tres planos de profundidad y un cielo claro de nubes infantiles, fachada, escalinata, molino y, en los escalones, la figura pequeña de una mujer que, bien mirado, no estaba subiendo sino descansando o a la espera, sus pies dos motas juntas sobre el escalón. El cuadro que llevaba en el maletero tenía dos figuras, en éste solo había una y estaba quieta. ¿Por qué la borraría su abuelo en el segundo cuadro? ¿La añadiría quizá a la primera versión? La mujer aquí estaba sola y se había detenido, ¿qué pensaba? Sólo se veía su espalda y tenían que imaginar su expresión, ponerle cara como ella había hecho en el funeral con su tío. La mujer quieta vestida de azul recapacitaba y medía el vacío que había a su lado, un vacío que su abuelo aprovechó para trazar su sombra sobre los escalones, con una pincelada marrón precisa y breve.



             
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