jueves, 30 de junio de 2016

La vida después de las Elecciones Generales

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“Sí, allí es, en la calle sin salida”
La mujer amodorrada que atiende el bar me dice que sí, el Centro Ocupacional para discapacitados está cerca, en la calle que no tiene salida, justo en el punto donde he girado el volante hace un minuto sin convicción. He salido de la consulta de salud mental para reunirme con la psicóloga que lo dirige pero el edificio se encuentra donde no se mira. Lo levantaron al borde de un descampado marchito en el barrio de vivienda social, entre las matas secas que se alternan con los plásticos orillados por el viento, donde el asfalto pierde la nitidez y se imbrinca con el patio deshidratado, la sombra enclenque de un par de eucaliptos y la silueta del edificio chato color café que me trae a la memoria mi colegio público de los ochenta.
La brisa de Levante ya se ha levantado y seca las placas de cartón que los enfermos han pintado. Las han extendido en la cuneta, es el papel que han reciclado en el taller de manualidades y enseñan su esplendor como flores planas sobre la hierba. A unos cien metros de allí, los gritos de un hombre salen de algún bloque de viviendas y llegan mezclados con el rumor de los chavales que bullen y fuman reunidos en la entrada. El barrio social está en un extrarradio deprimido y los gritos del vecino que puede estar borracho, o cabreado, o matando a su mujer por puro hartazgo, pasan desapercibidos a sus oídos indiferentes, a su gesto abstraído y dócil. Los gritos son barridos por el Levante como un elemento más de su paisaje diario, no menos corrientes que las placas de papel reciclado que tiemblan bajo el mediodía de junio. El tiempo se remansa en los escalones y ellos enseñan una sonrisa destartalada mientras caminan ufanos, entran y salen del pasillo con un trote que parece ligero, aunque muchos arrastren los pies, parecen moverse en zapatillas de estar por casa.
Están en su casa.
La psicóloga, Isabel, ha salido a esperarme a la puerta y me disculpa el retraso, tiene una precisión de relojero a la hora de mostrarse agradecida con mi visita. Sin gran ceremonia me enseña el patio trasero y todas las estancias, pero sus palabras delatan un matiz de orgullo, “fíjate cuánto espacio tenemos”, se adivina que trabaja justo donde quería trabajar. Los chicos la respetan sin un asomo de intimidación, conoce todos sus nombres y se les hace cercana sin empalagos, les incluye con naturalidad. Desde el comedor me llega el aroma del rancho escolar que humea y se mezcla con el olor del serrín esparcido por el suelo. Entre la reverberación de la loza que choca, veo al segundo turno de comida apilar las bandejas con diligencia. Mientras tanto discurren, ríen o se empujan entre ellos, estallan en enfados breves, enfados con sordina.
Patricia, la chica que atiendo en mi consulta y nunca me ha visto venir aquí, se entusiasma cuando me descubre salir del despacho y quiere presentarme a su novio enseguida. La psicóloga tiene su misma edad y ha crecido cerca de Patricia desde niña. Compartían aula en el colegio de las monjas, a pesar de que la epilepsia de Patricia se empeñara en llevársela entre la clase de gimnasia y la de religión. Ahora parece más claro el dibujo de su mundo: Isabel a un lado, Patricia al otro lado de las cosas, pero cuando miro a esta psicóloga austera que se mueve en zapatillas y camiseta, sé que lleva más tiempo que yo sin sorprenderse de la suerte que hemos tenido, los de este lado.
 A Susana, que también es paciente mía, la descubro en el aula de manualidades. Al principio no me identifica, pero luego me da dos besos húmedos en la mejilla y no me suelta de la mano hasta que fuerzo una despedida. Para entonces ya me ha enseñado el vidrio pintado, las botellitas rellenas de arena, las piedras de colores y la serpiente de cartón, “témperas, témperas” es todo su vocabulario. Antes me ha dirigido a una esquina donde ella sonríe junto a los compañeros del centro en una foto montada sobre un marco reciclado. “Mira”, repite, “¡mira!” y tengo que sonreirle a los ojos para que se crea que sí, que me he dado cuenta, ella es una más entre los 45 amigos que ha encontrado en el centro. Y ese calor, esa presión de su palma contra la mía, será lo más auténtico que me regalen hoy, tiene más verdad que la caída del Ibex, el resultado electoral, el Brexit, la última reunión de la troika o las cifras de la última encuesta de población activa.
Un minuto antes, Isabel me explicaba que les cuesta cobrar las ayudas de Bienestar Social y que los bancos, esta parte la mencionaba sin dramatismo, parece que no quieran darles crédito porque recelan del gobierno. Hablaba secamente y no perdía la sobriedad del gesto, como todos los que se empapan cada día al otro lado de las cosas.
Al final de la calle sin salida. 


lunes, 28 de marzo de 2016

Al final de todo...sigo siendo Alejandra Soler


La expresión que congela el tiempo en nosotros tiene mucho que ver con la emoción que más prevalece en nuestra vida. Los 103 años de Alejandra Soler no arrojan dudas: parece llena de gratitud, de amor entregado y recibido. Cuesta admitirlo cuando uno conoce las dos guerras que tuvo que superar y la decepción con el orden comunista que ella soñó y sigue soñando.

El pasado día 4 de marzo la volví a saludar después de seis años de conocerla. Recibía, junto con otras 22 valencianas destacadas del último siglo, el homenaje preparado por la Comisión de Igualdad de Les Corts por el día de la mujer. Un acto de reparación, no el primero en su caso. Alejandra es “Hija predilecta de la Ciudad de Valencia” desde el pasado 2015.



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Su gesto no había cambiado. Nada cambia nunca en ella. La modestia con la que recibe los premios obedece en cierto modo a ello, le debe de asombrar que se la premie por llevar años en el mismo sitio. Mientras el siglo XX giraba alrededor suyo, ella no cedía al vértigo. Parece un mérito un tanto fútil, sin fundamento, pero no deja de impresionarnos. Los aplausos resonaban en el hemiciclo y ella sostenía su ramo de flores con naturalidad, desde su silla de ruedas. Los pies, enfundados en unos calcetines de paño, plegados e inútiles tras el último ictus, eran el contrapeso de su sonrisa. Puede que, pasada la centena, el coraje se empiece a perder por los pies. La sonrisa, valiente y directa, era la misma, la que hace pocos años lucía en la prensa como la “abuela del 15-M”. Ella también había tenido su “primavera valenciana” cuando integraba la FUE en los años previos a la República y corría delante de la Guardia Civil en el Instituto Luís Vives, antes de cumplir los 18. “Desde la clase de Física y Química les tirábamos reactivos con olor a huevo, y no nos cogían porque corríamos como gamos” me había contado entonces.


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Después del homenaje me acerqué para pedirle a sus acompañantes que me dejaran robarle un minuto. Traía para ella un ejemplar de Si me llegas a olvidar, la novela que ella me ayudó a documentar años atrás, cuando su memoria era un museo viviente del siglo XX. De La Jabalina, homenajeada también en el acto de les Corts y protagonista de mi novela, aseguraba haber oído hablar en Rusia, en el árido exilio que le tocó vivir. Las Jabalinas se conocen entre ellas, me dije. Y no me fue difícil dotarla en mi imaginación de las palabras de Alejandra, de su timbre de voz, de la misma viveza en las manos. Y una gratitud igual por la vida que la que  hubiera tenido María Pérez La Jabalina si hubiera escapado del paredón en el 42.







En les Corts me besó efusiva y aseguró acordarse de mí, cuestión que mi pudor no quiso contrastar. Me saludaron sus ojos empañados. Quizá fuera la emoción del homenaje, quizá fuera la edad. Quién dice que lo que han visto sus 103 años no pueda derretir la conjuntiva para siempre. La vida de esta valenciana aguerrida y lúcida es un “Río caudaloso lleno de peligrosos rápidos”. Así tituló su biografía (publicada por la Universidad de Valencia en 2005 y con redición en 2009).

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“Por fin, Alejandra, un reconocimiento como éste. Cuánto cariño recibe Usted” Acudí al cumplido sin querer, yo también estaba aturdida por los empujones y las prisas. Sufría, además, un pudor difícil de vencer delante de sus 103 y el miedo a cansarla entre tantos (tantas, más bien) admiradores y admiradoras. Grité, en la asunción de que estaría sorda, y ella contestó casi ofendida “Cariño tengo mucho, mucho, siempre”. Entonces me acordé de la cantidad de amigos que pululan por su libro y ella enumera obsesivamente. Una red sólida y mullida como un colchón, apellidos que huelen a pólvora en la retaguardia de nuestra guerra civil o a nostalgia en el invierno de Moscú. Concha Bello, Carmen Solero, Peregrín Pérez. Nombres españoles cuya sola pronunciación suena a salvavidas en el naufragio que duraría décadas.

De niña, su instinto para la amistad ya le valdría las primeras reprimendas. Encariñada con las hijas de la portera, su madre, de quien describe “resabios de clase”, solo le permitía jugar con ellas bajo los techos altos de su casa noble y opresiva. Le estaba prohibido dejarse ver con ellas en la calle o regalarles muñecas. Cuánto debió encenderla ya la hipocresía y la injusticia percibida en una casa donde los padres, sin hablarse desde que ella tenía cuatro años, cultivaban el odio y el fingimiento. Hija única de padre republicano y madre conservadora ultramontana, en la casa que vio crecer ya chocaban las dos Españas que, con la República, se separarían definitivamente. “Mi padre obtuvo el divorcio en esos años y yo decidí irme con él”. Para entonces era ya una adolescente formada en los valores y las prácticas de la Institución Libre de Enseñanza (en un colegio para la “Enseñanza de la Mujer” situado en la Alameda) y había leído el primer tomo de El Capital. Tenía las ideas tan claras como mantiene hoy, un siglo después, fiel al subtítulo de su biografía que reza Al final de todo… sigo siendo comunista. “Sin una masa educada no hay líderes, porque los líderes son producto de una masa educada. Lo he aprendido en la vida, con los ojos abiertos, y la República se gastó el dinero en eso, 25 mil escuelas para empezar, ¡eso era bestial! Todo el mundo se sintió comprometido con el país, nos decíamos: ya tenemos la República, ahora hay que ayudar”


Arnaldo Azzati en los años 40. De su libro "La vida es un río caudaloso...". PUV. 2009.

Estudiaba su carrera de letras en la Universidad y poco a poco dejaba que la compañía de Arnaldo Azzati, habitual entre otros de su pandilla, se ganara su afecto. Juntos pasaban las noches fabricando octavillas con un ciclostil o alargando las horas con el grupo de amigos en reuniones de intenso debate político que “acababan como un gallinero”. El grupo era insólito por juntar chicos y chicas, “éramos el escándalo de Valencia”. Ellos “reaccionaban contra el machismo duro, éramos amigos y nada más. Si por la calle alguno les decía ¡tenéis un harén! le querían matar, pero si al final de un debate una de nosotras tenía razón, se quedaban cariacontecidos”. Se permitían ir a la Dehesa del Saler antes de clase en un viaje al que bautizaron “las siete perras”, porque éste era el billete que podían costear. “A la playa aun en invierno, a correr, a la saltacabrilla, a jugar al fútbol. Llevábamos un bañador con faldilla para poder saltar”. Me emocioné al imaginar que yo podría haberme subido a los mismos pinos que se subía ella sesenta años antes. Su madre la había llamado siempre “chicote” por esta afición suya a trepar muros y árboles. En un tiempo en que una mujer no podía andar sola por la calle, ella ya tenía llave de casa y llegaba de noche. Pero no todo se explica por el carácter indómito de Alejandra; su padre, Emilio Soler, tenía una actitud adelantada con su única hija y le facilitaba toda la libertad y el respeto que necesitaba.

                                 De su libro "La vida es un río caudaloso...". PUV. 2009.


“Yo era joven y más loca que un cencerro, pensé que la FUE (aconfesional y apolítica) era poco para protestar contra las bestialidades que se estaban haciendo”. Desde el 34, tras la intensa represión ejercida en Asturias, estuvo afiliada al Partido Comunista, igual que Arnaldo. Juntos participarían en los mítines del Frente Popular. “Una mujer era más convincente, porque era extraordinario que una mujer razonase de tal forma”. Esos fueron los meses en los que dejaría a un novio formal (que le “regalaba cartas y flores, me  esperaba a la salida del Lyon D´Or para invitarme a un pastel”) por el que aún no adivinaba que sería pronto su marido. Arnaldo era hijo del célebre periodista Félix Azzati, sucesor de Blasco Ibáñez. En adelante sería el rostro omnipresente y callado en todas sus fotos, con su fisonomía lánguida y elegante y todo el recogimiento que ella no tiene en la mirada.

Asumirían juntos todo lo que el Partido les encomendase, desde animar la campaña electoral del 36 hasta asediar Unión Radio en los días previos al golpe, el 13 de julio, cuando un grupo de falangistas asaltó los micrófonos y empezó a radiar “una proclama tremenda” que encendió la ira de la izquierda. Enseguida acudió “un mar de gente indignada. No se veía el suelo de Juan de Austria, les entró pánico y salieron con las manos en alto, a pesar de que ellos iban armados”.

Era ya licenciada en Filosofía y Letras (la tercera de las valencianas que obtuvo un título) y aspiraba a completar su doctorado en Historia y unas oposiciones a cátedra de instituto de las que hizo los primeros ejercicios. Desgraciadamente, el 18 de julio enterró todos sus planes como una avalancha de nieve. “En Valencia no querían darnos armas, cuando por fin conseguí una pasé la noche apostada frente al Cuartel de la Alameda, que era de caballería, los militares habían salido al mediodía y se habían vuelto a replegar”. No es difícil imaginarla allí tumbada entre un tropel de muchachos en la noche templada de julio, junto a un fusil que alguien le había cargado y ella no sabía disparar, acechando con más rabia que pericia el edificio que representaba la amenaza contra su sueño de libertad y justicia. Estaba dispuesta a entregar su vida por él, sus escasos 22 años. “Extrañeza sí, miedo no, estaba sobrexcitada, nerviosa, no pensaba en lo que me podía pasar. Sentía coraje, rabia, desesperación por que se terminara ya. No veíamos el riesgo, cuando eres joven y hay baile: tú bailas”.

No serviría de nada. Ni su coraje ni todo el baile estirado en tres dolorosos años. La guerra se consolidaría y traería también su implicación en el Auxilio Femenino al Frente y una boda en la Judicatura que estaba reñida con su inclinación por el amor libre. “Arnaldo y yo no queríamos casarnos, después de lo que había vivido yo con mis padres, la única alianza válida para mí era el amor”. Pero la guerra “se ponía fea” y amenazaba con separarles. “Mi padre y dos testigos del Partido y dos amigas. El banquete: en el Ideal Room de la calle la Paz, que ahora es corsetería”.

En el 37 ya estarían en Barcelona, alejados para largo de su ciudad y de su padre. “Como la guerra se había tragado a muchos profesores, tuve la suerte de ser nombrada profesora en Tarrasa”. La credencial como profesora la exhibe en su libro y es un milagro que pudiera conservarla. En las hojas mecanografiadas y roídas conviven las firmas ilustres, el cuño del Estado y el papel celo que impide su desmorone definitivo. Es un objeto espectral que parece rescatado del mismo Titanic. Sobrecoge intuir la conmoción de Alejandra atesorando el documento en sus largos años de huida y de destierro, como si fuera la llave que podría devolverle algún día su lugar en el mundo.

                                   De su libro "La vida es un río caudaloso...". PUV. 2009.


En Barcelona seguirían cumpliendo todas las tareas que el Partido exigía hasta el último minuto. Saldrían de la ciudad en volandas, con los nacionales disparando ya a la vuelta de la esquina. “Nuestros soldados retrocedían desordenadamente y los franquistas acribillaban a todo ser que se moviese”. Un camión de guardias de asalto que huía les cogió sin apenas frenar la marcha, “no sabíamos a dónde se dirigían pero la situación no estaba para preguntas”. En Mataró, el Comité Central hizo bajar a todos los camaradas de los camiones con la disparatada idea de organizarse y resistir, pero en menos de un día se preparó ya la huida final. Encontró un sitio vacante para Arnaldo en los coches del Partido y le aseguró que ella disponía de otro. Mentía. Le vio empequeñecerse en aquél camión renqueante y se dejó engullir por la marea de vencidos que alcanzarían a pie la frontera como un tropel de espectros vivientes.


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 “Comenzaron a bombardear la carretera, no sé si el Canarias o el Baleares o los dos juntos”. Alcanzó Gerona por el interior y, tras un efímero encuentro con él, volvieron a perderse la pista. En Figueras, Arnaldo hundiría, junto con otros camaradas, los últimos barcos republicanos para cruzar luego los Pirineos con su máquina de escribir al brazo. Mientras tanto ella seguiría sola hacia el norte, ignorante de que tardaría medio año en rencontrarle. Alejandra, inasequible a la humillación, se indignaría al comprobar cómo unos franceses “correctamente vestidos y acicalados” contemplaban “nuestras terribles miserias y tremenda derrota desde unos altozanos”. La rabia la dominó de tal manera que retrocedió hasta territorio español dispuesta a anteponer su amor propio al peligro de las balas. “Cuando vi las tropas franquistas aproximarse reaccioné: pasé a Francia y corrí la suerte de mi pueblo vencido”. 

El gobierno francés temía demasiado a Hitler para mostrarse amistoso, pero ella nunca olvidará “la gente que en las estaciones se agolpaba y nos aplaudía y nos echaba pan y chocolate”. En el caserón antiguo donde fue alojada entre mujeres, ancianos y niños, escribió incansables cartas a todos los campos de refugiados hasta dar con Arnaldo y reunirse con él en Rusia. Su ficha de refugiada, que también ha guardado hasta hoy, adopta y altera la norma anglosajona y reza: Soler-Azzati, Alejandra. El guión que une ambos apellidos acaba de nacer y es lo único que tiene para salvarse. Imaginamos su voz emocionada dictándole el nombre compuesto a un funcionario francés hastiado e indolente en el retén de la policía. Por mediación de su cuñado, instalado con el gobierno de la República en París, podrían haber marchado a Méjico, pero la URSS les reclamaba y “la llamábamos nuestra casa, no lo pensamos más”.

                                   De su libro "La vida es un río caudaloso...". PUV. 2009.


La II Guerra Mundial les acechaba ya en la habitación donde lograron acomodarse en la capital rusa. Su empleo como profesora de niños españoles (los niños evacuados de Asturias y Euskadi en plena guerra) y el de Arnaldo en Radio Moscú les garantizarían un magro jornal. Podían ir tirando mientras ampliaban vocabulario ruso a la carrera, se defendían con el pan, gracias y camarada. “La prensa del país en ruso, la radio en ruso y nosotros sin enterarnos de lo que pasaba en el mundo”. Dado que Arnaldo trabajaba como periodista en las emisiones para Latinoamérica, “alguna prensa extranjera caía en sus manos” y podían ir lidiando con la incertidumbre y la angustia. En el verano del 41, la irrupción de la “guerra relámpago” de Hitler contra Rusia supuso una nueva separación para ellos. La población se militarizó “y con ellos, nosotros, que nos sentíamos rusos. ¡Otra vez el fascismo, viejo conocido nuestro, ahora el más duro, negro y horroroso!”. Sus obligaciones profesionales marcaban la ruta, Arnaldo iría con su empleo a los Urales y ella, con su Casa de Niños número 12, sería evacuada por el Volga hacia el Sur, a las inmediaciones de Stalingrado. Allí se instalaría junto con varias Casas de Niños españoles y sus maestros, todos expatriados, y conocería a Raquel, la niña que se le “metió en el corazón”. Desde entonces la ha “considerado y querido como si fuera mi hija” y fue la primera visita que hicieron cuando volvieron del exilio en los 70, dado que Raquel se instalaría en Bilbao con las primeras repatriaciones de los años 50 (para entonces ya convertida en médico y casada con otro “niño de la guerra”).

En el verano del 43, con los alemanes pisándoles los talones, tendría que evacuar a catorce de sus muchachos a través de la ciudad sitiada hacia la orilla segura del Volga. Primero irían bajo la protección del ejército, en un tren acribillado por la aviación enemiga. Viajaban en un vagón “que tuvo suerte, porque algún que otro salió despanzurrado”. A las puertas de la Stalingrado los militares les dejarían a su suerte, “no podían convertirse en niñeras de nuestro grupo”. Otra expedición similar, supieron enseguida, con Félix Allende como maestro, había sucumbido a una bomba sin que sobreviviera ninguno. La ciudad era “un fortín, sin ningún organismo civil al que dirigirse” y Alejandra usaría su insistencia y su ya buen ruso para convencer a los soldados de que les dejaran cruzar en el pontón que transportaba material de guerra a la orilla segura del Volga. “Después de grandes ruegos pude convencerlos”. De nuevo la excitación y el “coraje, rabia, no piensas lo que te puede pasar”. Ya la vamos conociendo. Alejandra se crece en momentos como ese, se obceca, se blinda, desoye un “no” y dobla la voluntad del que tenga enfrente. No es tanto una cuestión de valentía como de cegazón, de arañar mejor y arañar la última, la más terca. Suponemos que el miedo afloraría luego, abrazada a sus muchachos y girándoles la cabeza contra su pecho en esa travesía que nunca olvidará, “bajo una lluvia de bombas y una nube de aviones alemanes mientras nuestro pontón iba a paso de tortuga”.


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Les sonrió la suerte. Cuando el miedo se había disipado, otra vez el aguijoneo de Arnaldo y su ausencia. El último telegrama que tenía de él rezaba “Estoy casado con una maestra ¿o con una tanquista?”. La broma no la reblandeció: meses después se colaría en un convoy militar para cruzar miles de kilómetros hasta el este de los Urales, donde él convalecía de un ataque de malaria. “Aprovechando la oscuridad me encaramé a una plataforma, me camuflé detrás de unos cajones y esperé la salida del tren”. Cuando, catorce horas después, llegó a su destino, las rodillas no le obedecieron y cayó de bruces en la vía. No obstante, pudieron llevarle donde convalecía Arnaldo; “muy desmejorado, pálido y muy flaco, me miraba y no podía creerse que yo estaba allí con él”.

Cada escena de su peripecia rusa parece ectópica. Resulta fácil imaginar los trenes del “Doctor Zhivago” o el Volga bajo las bombas porque Hollywood nos ha acostumbrado a ver sus actores estrella tiznados de pintura y con el ceño fruncido, emulando las batallas clave de la Guerra Mundial. Lo que no resulta fácil es que nuestra imaginación inserte en el fuego cruzado a una maestra valenciana, con todo el Mediterráneo metido en los ojos y las manos, junto a un grupo de chicos mellados y temblorosos, que la confunden con su propia madre a falta de otra y solo saben contar los minutos que faltan para volver a casa, donde quiera que ésta se encuentre.

No es, sin embargo, el momento más heroico de Alejandra, pero sí es el más lucido. El escenario pone sus luces de artificio y lo eleva a la categoría de mito. Pero esa Alejandra es la misma que le plantaba cara a su madre y sus “resabios de clase”, que le tiraba reactivos a la Guardia Civil o que pasó la noche en la Alameda junto a un fusil al que miraría con el mismo recelo que al enemigo, porque podía disparase a sí misma si intentaba usarlo. Las escenas se seguirían encadenando en los días grises y opresivos de la posguerra soviética, en el momento en que Arnaldo perdiera el trabajo en Radio Moscú por negarse a denunciar a un amigo, en los días en que, como muchos otros intelectuales, fueron acusados de haberse “aburguesado y haber perdido el sentido revolucionario” antes incluso de mostrarse críticos con la “Primavera de Praga”.

                                   De su libro "La vida es un río caudaloso...". PUV. 2009.

Su misma vuelta a España, en el 71, era un nuevo acto de valor. Con más libros que dinero en la maleta (los ahorros de tres décadas de trabajo quedarían en manos de una amiga a la que se los regalaron), volarían a Barajas con la congoja de quien soporta una acusación criminal: debían presentarse en Dirección General de Seguridad en menos de 24 horas. Sin embargo, en la misma escalerilla del avión se le disiparían las dudas; sus compañeros del exilio ruso les esperaban para dejarles claro dónde tenían su casa. Al verles “se me encogió el corazón y me llenó los ojos de lágrimas”. La historia empezaba por el mismo punto donde se había congelado treinta años antes: “había que vencer todas las dificultades y aún peligros, pero ¡no estábamos solos!”. Con un DNI marcado y obtenido tras días de interrogatorios, su brillante currículum no le sirvió para encontrar trabajo alguno mientras viviera Franco y su larga sombra. De nuevo son los amigos los que prestan dinero, facilitan vivienda, devuelven favores y emplean a Arnaldo como traductor en una gran editorial. “Con discreción, pues nos sentíamos vigilados, nos pusimos en contacto con el Partido”.


                                    De su libro "La vida es un río caudaloso...". PUV. 2009.


Con la democracia llegaría una oleada de homenajes, pero también la muerte de Arnaldo, al que había sido fiel toda su vida. En el hospital, tras el tercer derrame cerebral de su marido, le “rogaría” a los médicos que le hicieran una intervención quirúrgica que no podía hacerse. Por última vez esa Alejandra viva y obcecada, esta vez más desesperada que nunca. Pero los médicos no eran militares rusos ni funcionarios franceses desquiciados por la guerra. Su batalla era de otro rango. Y por primera vez en su relato se la oye vencida, rozando el desaliento. Su misma hija adoptiva, Raquel, no la reconoció en el entierro. Empezaría un duelo sonámbulo de cinco largos años en los que viviría “como un zombi” y haría viajes kilométricos en busca de su huella: a Moscú, en el 70 aniversario de la Revolución, o a China y Méjico donde él había deseado ir. Finalmente, el fantasma de Arnaldo lo encontraría en el punto de partida: le enseñaría a los jóvenes lo que representó la II República, “la alegría por la sensación de ser útil todavía”. 

Se implicó en todos los eventos organizados por la izquierda, el otro gran cimiento al que agarrarse era el Partido y Alejandra no es una mujer dada a romper con sus lazos de lealtad. Sabemos que los comunistas sienten su filiación como un brazo o una pierna, les configura, y uno no lo tiene fácil para renunciar al orden que le ha sostenido frente al vértigo o el dolor sordo del exilio. A menudo, la rigidez de una norma es un cortafuegos contra el miedo. “Al final de todo…sigo siendo comunista”, y en esos puntos suspensivos parece estar pidiéndonos perdón por seguir creyendo en un sistema cuya puesta en práctica fracasó, caducó a ojos de tantos, incluso de los que militaron con fiereza en sus filas. Ella no es una intelectual espesa ni un Santiago Carrillo haciendo un discurso sesudo, no se aferra a sus ideas por la dificultad de admitir un error o defender su ego. Es puro sentimiento: “el comunismo es útil, pero lo que hizo Stalin es intolerable” La tecnología le permite aún hoy repasar “sus periódicos” en internet, entre ellos el Pravda soviético. Además, ya lo hemos visto, Alejandra es una mujer terca, el último de sus empeños está siendo el de seguir viva. “No me quiero morir, hubo una época en que no me importaba tanto, pero ahora soy feliz”.

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En su piso de la calle Beltrán Bigorra, con la luz de Levante filtrándose entre estanterías abarrotadas de recuerdos, esta mujer obstinada y radiante me regaló detalles minuciosos de su vida. Cultivaba unos geranios coquetos en el balcón y abría su casa a quien quisiera conocerla. Ahora, seis años después, sigue sonriendo sin un asomo de jactancia ni rencor a los que la aplaudimos. Cuando le hice la última foto, a las puertas de Les Corts, me pregunté si estaba cansada de homenajes, si después de tanto ramo de flores habría perdido el hábito de acordarse de Arnaldo, si se puede llegar a perder ese hábito. Seguro que le habla en silencio, le siente cerca.




Antes de abandonar el palacio de Benicarló, con el eco de los flashes y los discursos aún en la cabeza, merodeé por el jardín interior donde se levanta un ficus gigante de más de cien años. Quería sedimentar la experiencia, saborearla, dejarme calar por ella. “Si Alejandra fuera un árbol ─me dije─ sería como este ficus”. Elegante, recio, cimentado con dignidad en medio de un patio íntimo, con sus raíces hermosas cayendo hacia el suelo como gotas de cera sólida. Un árbol fiel a sí mismo a pesar del desfile de los hombres y de las épocas, de los requiebros e intrigas de la política, de los ecos de sus palabras llenas o huecas. Recordé las manos de Alejandra mientras sostenían mi libro: nudosas y tranquilas como las raíces al aire de este ficus centenario.




“Yo estoy segura ─concluye en su biografía─ de que los desequilibrios de la sociedad capitalista, cada vez más tremendos y más dolorosos, las contradicciones cada vez más flagrantes y universales, tienen que desembocar ineludiblemente en un movimiento de liberación y dignificación de la Humanidad”. Ella asume que no tendrá vida para verlo, ¿o quizá sí?

El testimonio y el legado de personas como ella le hacen sentirse a uno pequeño y adocenado, lleno de dudas miserables. Suelen avivar en uno el sentimiento de inferioridad que acompaña una vida carente de dramatismo. Sin embargo, bajo el estruendo de la guerra o de la depredación stalinista, entre los estragos del hambre, la derrota y la renuncia, Alejandra lanza un mensaje tenue que es casi un hilo invisible, una propuesta de vida atemporal y válida para seguir también en tiempos de paz y de complacencia. Se oye como un latido de fondo en el relato de todas sus peripecias: la convicción de que cualquiera, si lo desea de veras, puede soñar un mundo más justo y pelearlo sin cortapisas, igual en una manifestación, en un aula, un hospital o un encuentro banal con un vecino que necesita una mano tendida. Se puede ser un héroe en tiempos heroicos y en tiempos que no lo son. No hace falta que resuene la artillería nazi de Stalingrado para hacernos tan grandes como ella.  

“Hay gente con miedo a pensar ─me dijo al final de la entrevista─, es más cómodo no analizar, no buscar la verdad o por lo menos la tuya propia”. Alejandra nos enseña la suya para que vayamos pensando si tomar algo prestado o seguir dándole vueltas. Es nuestra libertad, ella ha contribuido a que la disfrutemos, ahora hay que ser valiente y ejercerla. 


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domingo, 28 de febrero de 2016

Goya y las Pinturas Negras: el primer alarido moderno.

En el museo de El Prado, las Pinturas Negras provocan una sacudida. Son catorce cuadros que el artista pintó en los muros de la Quinta del Sordo, a orillas del Manzanares, justo antes de exiliarse de España para siempre. Los tiempos eran turbios por dentro y por fuera, en el agitado Trienio Liberal que abarcó desde 1820 al 1823.


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Entro en el silencio de la sala con la guía del museo en la mano y mis pupilas reciben agradecidas la penumbra del sótano.  La Romería de San Isidro enseña una columna inacabable de seres grotescos, el esperpento que no acaba. La vista se deja atrapar por los seres apiñados en el primer plano, que dejan a la vista sus expresiones forzadas, libres en su angustia o hilaridad, penetrantes como la mirada de una gárgola gótica en contrapicado. 

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La imaginería medieval del infierno es aquí ya punto de transición hacia el Siglo XX, el siglo que descubriría cómo el infierno estaba a pie de calle, entre nosotros, en la violencia que habita dentro de uno mismo. Es el siglo XIX, el enfermo mental convive ya entre los muros de la urbe moderna y en nuestra propia cabeza. Goya actuaría como visagra entre el mundo estilizado y luminoso del que provenía, de compartimentos estancos y nitidez tranquilizadora, y la caja abierta de Pandora. Su desesperación fue la del primer artista moderno que no podría franquear ambos mundos sin retorcerse de dolor.

Antes de llegar a él, he dedicado toda la mañana a las galerías del nivel principal, donde he podido comprobar cómo los grandes maestros pintaban complacidos entre los halagos de monarcas y poderosos, estilizando sus iconos de poder, amordazados por ellos.
Rubens se ha extasiado entre oropeles cortesanos y se ha evadido al mundo aséptico y lejano de la mitología clásica o al erotismo alegre de sus Tres Gracias. Tiziano y Velázquez han sido alabados por la corte más poderosa de Europa (asombra comprobar cómo los Austrias hacían desfilar por Madrid a los artistas más cotizados y los convertían en artífices de su propaganda política). Ellos han llevado cada vez más lejos el testigo de los avances técnicos en la ejecución de una pintura tan fiel a la realidad como una fotografía. Se han dejado mimar mientras perseguían un virtuosismo al servicio de lo que el ojo traía a sus retinas. Si alguna vez han franqueado ese límite y han mirado hacia dentro, y no afuera, no lo han vertido con libertad en sus telas. Por algo Las Meninas nos entusiasman, son una rendija abierta a la Modernidad, al Velázquez subjetivo y juguetón de la última etapa que, como Cervantes, reflexionaba en voz alta sobre su lugar entre tanta infamia y lucha de egos, pensando la representación y pensándose a sí mismo con los pinceles.

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Alivia comprobar que Velázquez aquí se libra por fin a sí mismo y no se conforma con la denuncia sutil que ha volcado en la expresión vulgar de los monarcas que le subvencionaban. Tan solo El Greco, en su rapto místico, ha dejado fluir sin cortapisas su mirada interior, que era una mirada flameante y hacía aletear la realidad delante de sus ojos.

Suavemente, con el avance del tiempo y las galerías, he llegado a Goya. Al maestro de Fuendetodos le hemos visto seguir los pasos de los que le enseñaron el dominio del oficio y conviven con él en la planta baja, en la majestuosa sala del Arte Clásico. Ha pintado a la Familia Real y ha hecho todas las genuflexiones necesarias. Se ganó su entrada en la Academia con un Cristo etéreo y carente de dolor, le proporcionó a Godoy un retrato idealizado de su amante (la Maja desnuda) para decorar su gabinete personal y éste lo colgó junto a la Venus de Velázquez, como un obrero lujurioso que se empapelara la garita de fotos eróticas. 
Sin embargo, para conocer la brecha que abre Goya en su historia personal y en la Historia del Arte hay que hacer un descenso: hay que bajar al sótano del museo. Como Freud enseñaría poco después, los monstruos que produce el sueño de la razón están en el subsuelo. Allí Goya enseña las huellas de su última etapa vital y creativa, los grandes encargos como Los fusilamientos del 2 de mayo y La lucha de los mamelucos, estremecedores en su gran formato.


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En La lucha con los mamelucos son los ojos de los caballos los únicos que nos miran espantados, los hombres están demasiado absortos en aniquilarse mutuamente. Es un primer indicio de la sinrazón por llegar.
La guerra ha tensado ya sus fibras hasta desatar la angustia: el artista contemporáneo ha brotado. La distorsión de la realidad obedecerá a partir de ahora al mandato de las emociones, Munch palpita en estos aquelarres (solo 70 años les separan de su famoso Grito), y con él Valle-Inclán, y el Guernika de Picasso, entre tantos otros.


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Delante de las Pinturas Negras ojeo la guía del museo y leo surrealismo, impresionismo. Habla también de un lirismo hondo en su enigmático Perro semihundido, que aparece sepultado bajo una avalancha de luz mortecina que lo aplasta. Podría ser una tormenta de arena, toda la arena misma del Sáhara al completo. El hombre del siglo XX asoma semienterrado a los albores de la barbarie por venir. Es el más bello y nihilista de sus cuadros, tan enigmático y desnudo como un heiku. La indefensión en los ojos del perro es proverbial, es la pregunta de un perro extraviado, un testigo mudo e impotente.
Al espectador, que es Goya, que somos todos, solo le queda ladrar el mundo que está vislumbrando. Después de él, muchos más lo harían con sus pinceles y sus ideas. Igual que el pintor aragonés hizo en estos frescos cargados de ocres y negros. Poco antes de abandonar la Quinta del Sordo y dejar el país para siempre (solo le distaban 5 años de su muerte en Burdeos).
Le imagino en su exilio: vacío, aislado, entre el rumor que solo él producía ya desde un adentro exhausto y afónico. 





domingo, 31 de enero de 2016

Pina Bausch y el ascetismo en la danza





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Allí donde no llegan las palabras, decía Pina, allí se abre un espacio que sus bailarines descifran con el cuerpo. Un espacio que es como una negrura sibilante, el filo de un rascacielos o un acantilado sin fin, un lugar donde ya no es hablar sino ver cruzar una mujer con un árbol nacido de las últimas lumbares,



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 o una bailarina que espera el amor en la mediana de la autopista,


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o un idilio irreal con un hipopótamo.



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Tanzt, sonst sind wir verloren (bailad, o estaremos perdidos)Pina, la película en la que Wim Wenders atrapa la poesía de esta coreógrafa alemana, es un compendio de su delicada belleza, de sus piezas breves y palpitantes como un heiku. Wenders, que tiene el mismo instinto para la fotografía y para la mística, deja desfilar en sus 99 minutos de metraje relatos sobre el amor, la culpa, el perdón, la entrega ciega, la dependencia, el mercadeo humano, la ira, la atadura invisible y cruel del destino, de las relaciones viciadas, huecas, de la ternura y del abandono.



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Entre sus obsesiones también figuran los límites de la comunicación, hace moverse a los bailarines en la búsqueda de una conexión que nunca llega, como el calor de una llama que tiembla y se apaga, los hace chocar o acompañarse en un silencio estéril e inacabable.



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Rescata también la risa, el humor como salvación, para conjurar la soledad y el absurdo.


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La película desgrana todo el material coreográfico como un testamento último de la autora y llora su muerte reciente, en los albores del rodaje mismo, en 2009. Por eso las palabras de sus principales bailarines, escuchadas a boca cerrada, golpean con más verdad, con más contundencia. Uno a uno van formando el retrato de Pina desde la cercanía, dan cuenta de cuán Pina son cada uno de ellos, y cuánto de ellos habitaba en Pina. Sois como mis ángeles, solía decirles cuando el entusiasmo por un buen ensayo o una frase ejecutada con limpieza la sacaba de su silencio. En ocasiones, Wenders también nos la muestra a ella misma en pleno trabajo, enjuta y concentrada, siempre moviéndose con un cigarrillo en la mano, fumándose su avidez de belleza y de vida. La cámara atrapa con facilidad un brillo de búsqueda en sus ojos, una expresión enigmática, escueta.
Tanzt, sonst sind wir verloren, y la confesión es breve como lo era su cuerpo, sus ojos menguados, su expresión falsamente cohibida, siempre incompleta, menos acabada que sus propias piezas. Llama la atención el contraste entre esta mujer casi muda y reconcentrada, y la transgresión que volcaba en sus coreografías.  



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La mujer metrono.

Una de mis escenas favoritas la llenan dos amantes que se reclaman y duelen. Ella cae con la limpieza de una aguja y él la rescata a unos centímetros del suelo, en una frase repetitiva e idéntica como una oración.



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Es una danza que pendula alrededor de un eje invisible en el espacio, un cuerpo que se columpia con simetría perfecta hacia la derecha y la izquierda y la derecha, siempre con la fe en unos brazos que la esperan invariables, locos de entrega, y loco sigue avanzando el bucle de su colapso ordenado y lento. El cuerpo maquinal se desarticula y cede como una columna clásica y hay tanta belleza en ello que es inútil intentar sentir la desesperación del amante, porque los ojos desean ya una nueva caída, un nuevo arco perfecto en el aire, trazado a compás, con punto de fuga.


Vollmond




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Esta coreografía es como una ola rompiendo en el acantilado, enseña su impacto y su frescura. Pina era conocida por hacer bailar a sus bailarines hasta la extenuación, experimentaba con los límites del cuerpo enfrentados a la determinación de la danza. En Vollmond, sin embargo, no hay sufrimiento, sino un jolgorio de patio escolar. Les vemos bailar hasta las yemas, hasta las tripas, empleando los cinco sentidos. Sus dedos amasan la tierra voluptuosos, animados por la primera curiosidad que aún late en las uñas del niño, chop-chop la música de las palmas en el charco, cris-cris las hojas amarillas del otoño volando en desorden sobre la cabeza, chaaaas la estela del patinaje sobre un agua nueva y fresca.



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Y la risa brota inocente, igual a aquella que se nos escapó en los parques, detrás de una exploración primera por la textura del otoño, por el alivio de la lluvia y la libertad del barro en los caminos. Impulsos que parecían lejanos, inasequibles ya, para el cuerpo disciplinado y sólido del bailarín, la inercia ordenada que se trasladó a vivir sobre los miembros rebeldes del niño. Pina consigue que los bailarines burbujeen bajo un chorro de agua y la primera energía no haya perdido la memoria, se desata otra vez, no corre sino corretea, no salta sino chapotea, y una alegría elemental, última, contagia la mirada y abre una sonrisa involuntaria, de lluvia grata chorreando despacio por la cara.

Café Müller


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En su pieza más conocida (que Almodóvar utilizó como arranque en su película Hable con ella), Pina desfila entre sillas como una figura flamígera de mirada oculta. Camina con una ceguera impostada y sus ojos se han trasladado a los brazos levantados, el cuerpo casi levita. Su rostro es un grito de Munch a ojos cerrados. Hay un aire que circula entre sus costillas, por su cintura, por debajo de los pliegues de la tela exigua, un camisón tan tenue que no puede desmentir el agujero negro en el vientre, un cuerpo horadado e ingrávido que sabe gritar en un silencio de brazos extendidos.



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Sin tregua, los acordes barrocos de Purcell empujan un aire grave que lo traspasa todo, más grave que los cuerpos de los bailarines, sin apego ya por el suelo que rozan en el café Müller, bailarines que orbitan alrededor de esa figura doliente que es Pina, la llama fría que avanza a ciegas entre las sillas y que ve más allá que los demás, con esas pupilas vivas detrás de los párpados cerrados.

Acaba la película, bailad, o estaremos perdidos. Y la mujer lánguida y estilizada como una lámina japonesa ha dicho todo lo que debía decir, Pina da un paso atrás y se sabe salvada, ha descubierto la fórmula contra la desolación y la compartirá contigo si trabajas a su lado y si no haces preguntas. Básicamente hay que cerrar los ojos y escuchar al cuerpo, que quiere avanzar un pie hacia delante para soltar el otro, flexionar la rodilla, esperar, escuchar un poco más, mover quizá una mano ahora, hacia fuera, como un péndulo, respirar, un, dos, tres y… Sigue buscando, decía siempre. Eterna.  



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Enlaces de interés:


http://www.pina-bausch.de/en/schedule/index.php

http://www.pina-film.de/en/

https://www.filmaffinity.com/es/film780724.html

martes, 29 de diciembre de 2015

Los peligros de ponerse profunda en la peluquería



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Filosofías del Underground (Anagrama, Compactos), es un compendio liviano y diáfano de la tendencias filosóficas que confluyeron en el movimiento underground. En sus páginas se intuye que a Luis Racionero le calaron a fondo en los años sesenta y setenta. Como intelectual de peso que es, pudo discernir entre toda la cacharrería hippy y el punto de hondura que acompañaba la corriente de la contracultura. En su ensayo agrupa las corrientes de pensamiento que escaparon al monopolio del dogma positivista en tres bloques: el individualismo (románticos, anarquistas, Byron, Hesse), el pensamiento oriental (basado en el flujo y la transformación continua) y las posturas nacidas de las experiencias con drogas psicodélicas, que avalaban la existencia de nuevos planos de conciencia. 

Todo ello servido de forma destilada y escueta, lista para consumir como un aperitivo. Un libro más que traigo para leer en la misma peluquería, entre el ronroneo de los secadores y el trajín de las clientas. 

Incauta de mí, desconocía los peligros de desafiar el racionalismo europeo entre potingues y mechas.

En uno de sus capítulos más curiosos, hilvana las conexiones entre el misticismo oriental y la física cuántica nacida en Europa. “Las partículas no existen -nos recuerda el autor- sino que son conjuntos de sucesos agrupados por el observador”. No creo que a Einstein se le ocurriera esta idea en la peluquería (¿alguien sabe si Einstein iba a la peluquería?). 




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Medito sus palabras mientras coloco mi nuca en la pila y me cuesta creer que la peluquera no exista: su cuerpo rollizo como una tanqueta, su casquete rubio teñido, su mandíbula de buey son todo partículas y, como tales, no se puede decir que existan ni que no existan, sólo se tiene cierta probabilidad de que aparezcan en un sitio. Mi peluquera es y no es al mismo tiempo. ¡Qué vértigo! Siento sus manos rotundas sobre mi cuero cabelludo, extendiendo el tinte a las puntas, y no puedo dar crédito. Si ella es y no es, yo me someto a la misma ley de la física cuántica, también soy un conjunto de sucesos agrupable por un observador, qué ingenua he sido pensando que sólo era ella la que se deshace ahora mismo ante mis ojos como un tropezón de píxeles.

Superado el primer mareo, la sensación de no ser empieza a entrar en mí como el frescor de una zambullida en la playa: ¿por qué he venido a teñirme, pues? ¿por qué mi urgencia, mi impostura decirle a la chica que llevo un mes sin teñirme cuando fueron dos? ¿Dónde queda de pronto mi desazón por llegar pronto a casa porque los niños tienen deberes? ¿qué niños? ¿qué desazón? La teoría de la relatividad despoja, alivia, tiene cierto efecto antigravitatorio, como si todo a mi alrededor estuviera a punto de soltar amarras y flotar en una danza suave por el local de la peluquería: los secadores, las sillas giratorias, los muebles cajonera, hasta las peluqueras en sus pijamas blancos, que tanto agradecían a la gravedad la “caída” de sus cortes de pelo. 

Enseguida, el chorro de agua fría me precipita de vuelta al suelo, siento cómo desaparece poco a poco el picor del amoniaco sobre mi cráneo y una inmensa gratitud me trae de vuelta la alegría de ser “cosa”, unívoca e inmutable, deseosa de volver a mi vieja concepción. El placer es tan voluptuoso, que me pregunto si también existirá un yoga del lavado de pelo, si las manos de mi peluquera no estarán pulsando sobre mí “el mágico arco cósmico que puentea el cuerpo individual y la energía del universo”, como los tántricos practican con el sexo. 




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La peluquera masajea con destreza, abstraída y enérgica porque rondan las siete y estará descargando su deseo de terminar la jornada. Cierro los ojos entregada, pero no dará tiempo a que se me despierte el kundalini, “¿qué te vas a hacer?”- se detiene abruptamente y acerca su cara a la mía. Su expresión complaciente no disimula la prisa, así que no encuentro el valor para pedir un planchado de pelo. Pronto paso de nuevo a la butaca y observo lánguida cómo me aplica un poco de espuma con movimientos afectados y definitivos.

El espejo frente a mí me devuelve mi cara, me acerco al cristal para comprobar que mis canas han desaparecido, mis ojeras no, es el mismo rostro distendido y cansado. Pero ahora sé que todo muta, que mis rasgos se transforman tan lentos como la rotación del planeta y mis canas asoman ya ahí aunque no las vea. “Lo que es engendra lo que no es”, nos recuerda Racionero al hilo de Hegel y su Dialéctica, y por primera vez noto una distensión, una no-lucha contra el devenir de las cosas, el inmenso privilegio de cambiar en cada respiración y dejarse ir por el viaje que impone la vida.

“La noche empieza al mediodía” decía Chuang-Tzu.




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domingo, 29 de noviembre de 2015

Mujer de barro

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Fina tiene la nariz rota. El tabique se desvía hacia la izquierda donde la piel dibuja una antigua cicatriz. Cada vez que hablábamos del asunto, mis ojos se iban siempre a este punto de su cara. Debajo de ese trozo de piel tersa sonaba para mí le estruendo de bártulos cayendo al suelo, estanterías de formica haciéndose pedazos bajo su cuerpo arrojado, puertas resquebrajadas. Un empujón más y no quedaría ni un mueble en pie en esa vivienda de protección social donde intentaba tirar adelante.

“Llora ella. Llora él. Mis padres se han pasado la vida llorando”. Adrián, el mayor, había empezado a darse cuenta a los trece o catorce. Así lo había declarado al Juez en la primera mañana del proceso que sentenció una orden de alejamiento. Ahora tenía veinte años y fuerza para defenderse de su padre cuando estaba bebido, pero ya no le hacía falta, simplemente había huido. “Sí, quiero que mis padres se separen y que él no la busque”, anotaría el sercretario del Juzgado número 4.

Fina tiene los ojos bonitos. Es el segundo lugar donde uno la mira cuando habla, o cuando llora, que es casi un sinónimo para ella. El iris cambia de color con la luz, parecían azules con el neón del hospital, pero en el despacho del centro de acogida han virado a un verde fango con vetas azuladas. Y esa cualidad magnética de la mirada se convertía a menudo en perdición, sentencia, veredicto. Seducir lleva pena mayor, puta rastrera te mato, y mirar se convierte en un gesto de bueyes, en una cosa más que esconder detrás de la barra que atiende en el bar Levante. Pone los ojos bajo sus manos pequeñas, hechas a la pila de fregar y al hábito del temblor.

Mi despacho en el centro de salud mental no tiene barra ni muebles astillados, pero Fina no podía evitar sentarse y plegar los hombros hacia abajo, se quedaba ovillada en la silla como si esa fuera la posición que quedó tras la última paliza. Parecía una gata disimulando la tensión de sus músculos, la crispación controlada en cada uno de sus movimientos. A la tercera visita, desistí de recordarle que nadie sin mi permiso entraría por la puerta: Fina la vigilaba detrás de sus palabras y siempre parecía preparada para huir.

“Sueño con un cuchillo clavado…”, me adelantaba en un susurro, inclinándose hacia delante para que la oyera. Eran los primeros días en el centro y Fina recuperaba el sueño poco a poco, aunque tuviera que volver a casa en sus pesadillas. “…que me despierto dentro de un ataúd”, continuaba mientras yo me inclinaba también para recoger sus frases susurradas, intentaba hacer algo con ellas. Las dos sabíamos que nada era suficiente para protegerla. Su verdugo seguía andando por las galerías de su sueño, ahora que no tenía que dar cabezadas en el baño porque su marido guardara el cuchillo debajo de la almohada. “Pero no quiero que le encierren”, insistía, y en ese momento yo ya me había ido a la primera noche, cuando me llamaron al hospital de urgencia y les vi allí juntos, él atado a la camilla y ella acariciándole en un mar de lágrimas, “tienes que curarte mi vida…”, una ternura tan de veras como su soga echada al cuello, porque eso es lo que siempre las mata.

Hoy he sabido que Fina no está en el centro de acogida. Por la mañana, su habitación estaba vacía y era una ausencia que palpitaba en el aire, un vuelco en el corazón de su compañera cuando ha ido a despertarla y sólo ha visto la cama hecha, las mantas dobladas sobre la mesa con un cuidado que era su delicada despedida, un adiós profundo y triste, como lo son sus ojos de color musgo y color cielo, cambiantes con la luz pero siempre inclinados, un azul claro en el neón del hospital, un verde fango con vetas azuladas en el centro que ahora ha dejado.



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miércoles, 28 de octubre de 2015

FAHRENHEIT 451.La temperatura a la que civilización se inflama y arde.





Hay un pájaro en el canalón del agua, bajo las tejas. Desde mi ventana puedo observarlo sin que se dé cuenta y emprenda el vuelo. Las patas arañan la pintura del metal, veo el plumaje del vientre, que es pálido y tierno y se abomba con su respiración rápida de animal breve. Es marrón y blanco, un pájaro común. Ignoro su nombre como él ignora que le estoy mirando. No es una especie exótica que merezca por ello mi atención. Los hay a cientos en este pueblo de la sierra, como ancianos resabiados y lentos, como niños a la deriva de agosto y sus horas graves, elásticas, espantándose las moscas en la plaza que el mediodía ha dejado desierta. Mi pájaro es tan común como las moscas, no es insólito por este pueblo, lo insólito es que yo me tome el tiempo de observarlo.

Acabo de terminar Fahrenheit 451 y me propongo escribir unas líneas sobre él, me propongo hacer algo con su fábula. Pero sólo me nacen estas líneas: el pájaro anónimo y yo, inhibiendo mi prisa por expresar lo que siento mientras le miro. Desafiando el vértigo de que no ocurra nada.

Y de que haya ocurrido todo.

En la sociedad que imaginó Bradbury, quien miraba un pájaro o descubría el color de las flores era fichado por la policía como “antisocial”. Hablar de ello podía suponer un grave riesgo. Hacerlo por escrito: un suicidio. Enseguida alguien hacía aparecer al cuerpo de bomberos en la puerta de tu casa para carbonizar tu iniciativa. Un extraño cuerpo de bomberos que, lejos de apagar fuegos, los encendían. Un cuerpo de limpieza más bien. Una antorcha eficiente y aséptica como el bisturí de un cirujano. Sobrecogedoramente rápida.

Desocupación, silencio, reflexión, debate, controversia: todo devorado por las llamas.  Las casas habían prescindido de los porches para evitarle a la humanidad el riesgo de no hacer nada. De charlar, de permanecer en silencio si era preciso. De contarse historias banales o imperecederas. De perpetuar la memoria, de comunicarse. De estar

La novela es conocida, es el más célebre de sus textos, junto a las Crónicas Marcianas. Como yo, muchos lectores han oído hablar sobre un relato futurista en el cual unos pocos individuos salvan los libros memorizándolos de forma subrepticia, una biblioteca andante que se oculta al margen de las ciudades y lucha por preservar el conocimiento humano. Una red de amanuenses mentales, morosos y precisos como los monjes que copiaban a los clásicos en la oscuridad de la Edad Media. Recitadores de párrafos amenazados que sobreviven al calor de otro fuego, otra luz, hogueras que no queman sino calientan, el calor del conocimiento. “había un silencio reunido en torno a aquella hoguera, y el silencio estaba en los rostros de los hombres, y el tiempo estaba allí, tiempo suficiente para sentarse junto a la vía enmohecida bajo los árboles, contemplar el mundo y darle vuelta con los ojos” (pág. 156).

Creí que la novela tendría un punto cómico, alguna referencia satírica hacia la barbarie que perpetraron los fascistas en sus albores. Pero no lo tiene. Hiela la sangre comprobar lo preciso de sus vaticinios. No ha habido nuevas hogueras como las de Hitler o Franco, pero la visión que desarrolló Bradbury está ya a las puertas.

El avance tecnológico y la incomunicación a la que nos ha lanzado están descritas con detalle en el matrimonio de Montag, el bombero protagonista. Mildred, su mujer, personifica el adocenamiento mortífero que trae la sociedad de consumo. Ella, como sus vecinas, ha olvidado donde conoció a su marido e incluso a su marido mismo, sólo siente un apego prefabricado por la “familia” que le parlotea sin tregua desde una triple pantalla de tamaño real, un enjambre de personas que nadie se preocupa de comprobar si tienen entidad propia.

“Yo pasé una velada agradable ─dijo ella, desde el cuarto de baño. ¿Haciendo qué? En la sala de estar ¿Qué había? Programas ¿Qué programas? Algunos de los mejores ¿Con quién? Oh, ya sabes, con todo el grupo” Y la contestación hastiada del marido no puede ser más actual: “el grupo, el grupo, el grupo” (pág. 59).

El viaje no es gratuito. A pesar de los argumentos del capitán Beatty, que defiende la tarea de los bomberos como los “Guardianes de la Felicidad” (pág. 71), la gente como Mildred paga un alto precio. Se atiborra de somníferos. Sufren una soledad hiriente y un vacío enfermizo que les abocan al precipicio. “¿Qué queremos en esta nación, por encima de todo?" Le recuerda el capitán Beatty a Montag, su bombero díscolo, en una arenga que resume el espíritu de toda esta fábula. "Quiero ser feliz, dice la gente. Bueno, ¿no lo son? ¿No les mantenemos en acción, no les proporcionamos diversiones? Eso es para lo único que vivimos, ¿no? ¿Para el placer y las emociones? Y tendrás que admitir que nuestra civilización se lo facilita en abundancia” (pág. 71).

Pero los suicidios se suceden cada noche como una plaga y, cuando se trata de su propia mujer, Montag debe asistir al triste espectáculo de una brigada de técnicos que acuden con urgencia a su dormitorio para limpiarle el estómago y ejecutan su danza macabra con indolencia, sin quitarse el cigarrillo de los labios, abrumados por el exceso de llamadas cada noche.

Quien, como yo, integre un equipo hospitalario de salud mental, no podrá dejar de asombrarse de este retrato tan real del futuro que esgrimió Bradbury. Los suicidios son nuestro dramático día a día, no hay noche en que no se haga un lavado en un hospital de la red pública. Todas las noches. 365 días. En la escena que imaginó el autor, nuestra rutina está llevada a un extremo que no tardará en llegar. “Se saca lo viejo, se pone lo nuevo y quedan mejor que nunca” (pág. 25). En la sociedad de Montag, el dolor del alma se rectifica con un artificio técnico. En la de hoy, los laboratorios farmacéuticos difunden la misma idea. Por eso la consulta del psiquiatra se debe resolver en sesiones de quince minutos. “En un caso así no hace falta doctor ─le explican a Montag con cansada solicitud─; lo único que se requiere son dos operarios hábiles y liquidar el problema en media hora. Bueno, hemos de irnos” (pág. 25).



El escenario es claro, no hay salvación para la masa. Ni hay lugar para quien, como Montag, se detenga a mirar el mundo, se haga preguntas, se deje visitar por la duda. Ha conocido a Clarisse, una joven que prueba el sabor de la lluvia, colecciona mariposas y le pregunta si es feliz o si está enamorado. Con ello, la joven (a la que llevan al psiquiatra por ello) ha abierto en él una trampilla por la que ambos resbalarán sin retorno posible. Nuestro bombero protagonista no es un intelectual, ni conoce los libros más allá de alguna lectura religiosa de su infancia. Pero el asombro y la duda son el germen que contiene la creación cultural. De ahí a ser fogueado por dar un paseo nocturno o conducir a sesenta por hora contemplando el paisaje hay un paso. Mejor dicho: el chasqueo de una cerilla.

La imaginación de Bradbury nos ha llevado de la mano por este paisaje arrasado. Nos ha puesto en alerta contra el peligro de degenerar en una legión de muertos vivientes, de los riesgos de tomar la televisión (o internet) como la única factoría de realidad a tener en cuenta. Nos ha querido prevenir de la mordaza mediática, la intromisión de la propaganda, el exhibicionismo indecente que facilitan las redes sociales. Cuando Montag es perseguido por sus infracciones, la cacería es retransmitida como un reality feroz y la acción se hará trepidante. El punto más vertiginoso del relato llegará entonces, cuando él mismo se vea en la pantalla de un vecino y se sienta imantado por la imagen de sí mismo: protagonista voluptuoso de una cacería, olvidará por unos instantes que su vida depende de que siga huyendo. Se habrá convertido así en amo y esclavo, en cazador cazado, seducido por su individualidad hasta un punto que ralla la locura. Es el guiño de Bradbury hacia la alienación a la que nos somete exhibir nuestra vida hasta las mismas tripas, ¡lo pensó antes que los mismos creadores de Facebook!

Fahrenheit 451 (1966)

Junto a este, hay párrafos tan visionarios que hielan la sangre, el mundo camina hacia su debacle porque ha suprimido la memoria, el pensamiento, la controversia. En el camino que llevó a este extremo, las carreras universitarias se abreviaron, los campus se vaciaron, los profesores y catedráticos acabaron siendo prófugos, la cultura universal se redujo a un folleto, después un párrafo, un pequeño resumen cargado de ilustraciones. "Los años de Universidad se acortan, la disciplina se relaja, la Filosofía, la Historia y el lenguaje se abandonan, el idioma y su pronunciación son gradualmente descuidados. Por último, completamente ignorados. La vida es inmediata, el empleo cuenta, el placer lo domina todo después del trabajo. ¿Por qué aprender algo, excepto apretar botones, enchufar conmutadores, encajar tornillos y tuercas?" (pág. 65).

En el sumidero por el que desaparecen las huellas de los hombres, se ha perdido también el recuerdo de sus errores, entre ellos: la amenaza nuclear, la crueldad de la guerra. Aquí es donde más se deja notar que el autor ideó su fábula en plena Guerra Fría.

Como Orwell, como Huxley, Bradbury utiliza una ficción futurista para hablar del presente y sus brechas. Son las famosas distopías, un género que se cultivó para alertarnos de los peligros de someterse a sistemas totalitarios, de aceptar fórmulas de vida “feliz” que otros idean por nosotros. Lo que distingue a Fahrenheit, lo que la hace especialmente sobrecogedora, es que Bradbury prescinde de un dictador para hacer viable tanta sumisión. Aunque la sombra del fascismo se moviliza en nuestro imaginario cuando se nos describe la quema de libros, en esta fábula no hay un poder externo que someta al pueblo. Es el mismo pueblo el que se vacía de contenido, se desprende de su raíz, su diversidad, su herencia. Se despide de valores como el esfuerzo, el sacrificio. De aspectos incómodos como la duda, la discrepancia, el escepticismo, la diferencia. Camina de forma complaciente hacia un mundo uniforme y plano donde todo se ingiere de forma bulímica, precocinada. Todo se edulcora, se ofrece para el consumo rápido y fácil. ¿Quién no se ha dado cuenta aún de que todas las ciudades se parecen hoy al mismo aeropuerto?

He vuelto a leer la novela tras fracasar en el intento de que lo hiciera mi hijo de 12 años. La leíamos juntos, pero acabé yo sola. En verano le persigo con los títulos que yo leí a su edad porque me aterroriza ver cómo engulle tecnología, información fatua, vídeos de gatitos, gente que exhibe sus resbalones, sus caídas cómicas. En la escuela no le va mucho mejor: se ha suprimido la filosofía por la economía, los valores por las cifras, las horas de parque por las prisas, los chats, los madrugones, la acumulación atropellada de deberes que le hastían. "Leer no me apetece, mamá", me dice cada noche, y yo apago la luz rendida, sintiéndome en las filas de la resistencia que imaginó Bradbury, calentándome las manos alrededor de la misma hoguera. Asumo que los libros no pueden competir con aquello que le seduce y le narcotiza tras una jornada que parece la de un ministro.

Hoy en día, en pleno siglo XXI, el papel agoniza lentamente sin que concurran las lenguas de fuego que imaginó el genial americano. En su lugar, el soporte digital ha colonizado nuestras “bibliotecas” convirtiéndolas en nubes de datos, intangibles y vastas, abrumadoramente extensas. Se nos dice que están a buen recaudo, pero es difícil creerlo después de leer Fahrenheit 451. Quién puede dejar ahora de imaginar un inmenso “apagón”, ¿por qué no?, un desliz informático podría aniquilarlas con un golpe de tecla.



Enlaces recomendados:

http://cultura.elpais.com/cultura/2013/07/01/actualidad/1372709103_285396.html

http://blogs.elpais.com/amores-imaginarios/2013/10/un-mundo-sin-libros-farenheit-451.html

Edición utilizada para las citas: Debolsillo. Edición de 2009.
174 págs.  http://www.megustaleer.com/editoriales/debolsillo/NB