domingo, 28 de febrero de 2016

Goya y las Pinturas Negras: el primer alarido moderno.

En el museo de El Prado, las Pinturas Negras provocan una sacudida. Son catorce cuadros que el artista pintó en los muros de la Quinta del Sordo, a orillas del Manzanares, justo antes de exiliarse de España para siempre. Los tiempos eran turbios por dentro y por fuera, en el agitado Trienio Liberal que abarcó desde 1820 al 1823.


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Entro en el silencio de la sala con la guía del museo en la mano y mis pupilas reciben agradecidas la penumbra del sótano.  La Romería de San Isidro enseña una columna inacabable de seres grotescos, el esperpento que no acaba. La vista se deja atrapar por los seres apiñados en el primer plano, que dejan a la vista sus expresiones forzadas, libres en su angustia o hilaridad, penetrantes como la mirada de una gárgola gótica en contrapicado. 

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La imaginería medieval del infierno es aquí ya punto de transición hacia el Siglo XX, el siglo que descubriría cómo el infierno estaba a pie de calle, entre nosotros, en la violencia que habita dentro de uno mismo. Es el siglo XIX, el enfermo mental convive ya entre los muros de la urbe moderna y en nuestra propia cabeza. Goya actuaría como visagra entre el mundo estilizado y luminoso del que provenía, de compartimentos estancos y nitidez tranquilizadora, y la caja abierta de Pandora. Su desesperación fue la del primer artista moderno que no podría franquear ambos mundos sin retorcerse de dolor.

Antes de llegar a él, he dedicado toda la mañana a las galerías del nivel principal, donde he podido comprobar cómo los grandes maestros pintaban complacidos entre los halagos de monarcas y poderosos, estilizando sus iconos de poder, amordazados por ellos.
Rubens se ha extasiado entre oropeles cortesanos y se ha evadido al mundo aséptico y lejano de la mitología clásica o al erotismo alegre de sus Tres Gracias. Tiziano y Velázquez han sido alabados por la corte más poderosa de Europa (asombra comprobar cómo los Austrias hacían desfilar por Madrid a los artistas más cotizados y los convertían en artífices de su propaganda política). Ellos han llevado cada vez más lejos el testigo de los avances técnicos en la ejecución de una pintura tan fiel a la realidad como una fotografía. Se han dejado mimar mientras perseguían un virtuosismo al servicio de lo que el ojo traía a sus retinas. Si alguna vez han franqueado ese límite y han mirado hacia dentro, y no afuera, no lo han vertido con libertad en sus telas. Por algo Las Meninas nos entusiasman, son una rendija abierta a la Modernidad, al Velázquez subjetivo y juguetón de la última etapa que, como Cervantes, reflexionaba en voz alta sobre su lugar entre tanta infamia y lucha de egos, pensando la representación y pensándose a sí mismo con los pinceles.

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Alivia comprobar que Velázquez aquí se libra por fin a sí mismo y no se conforma con la denuncia sutil que ha volcado en la expresión vulgar de los monarcas que le subvencionaban. Tan solo El Greco, en su rapto místico, ha dejado fluir sin cortapisas su mirada interior, que era una mirada flameante y hacía aletear la realidad delante de sus ojos.

Suavemente, con el avance del tiempo y las galerías, he llegado a Goya. Al maestro de Fuendetodos le hemos visto seguir los pasos de los que le enseñaron el dominio del oficio y conviven con él en la planta baja, en la majestuosa sala del Arte Clásico. Ha pintado a la Familia Real y ha hecho todas las genuflexiones necesarias. Se ganó su entrada en la Academia con un Cristo etéreo y carente de dolor, le proporcionó a Godoy un retrato idealizado de su amante (la Maja desnuda) para decorar su gabinete personal y éste lo colgó junto a la Venus de Velázquez, como un obrero lujurioso que se empapelara la garita de fotos eróticas. 
Sin embargo, para conocer la brecha que abre Goya en su historia personal y en la Historia del Arte hay que hacer un descenso: hay que bajar al sótano del museo. Como Freud enseñaría poco después, los monstruos que produce el sueño de la razón están en el subsuelo. Allí Goya enseña las huellas de su última etapa vital y creativa, los grandes encargos como Los fusilamientos del 2 de mayo y La lucha de los mamelucos, estremecedores en su gran formato.


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En La lucha con los mamelucos son los ojos de los caballos los únicos que nos miran espantados, los hombres están demasiado absortos en aniquilarse mutuamente. Es un primer indicio de la sinrazón por llegar.
La guerra ha tensado ya sus fibras hasta desatar la angustia: el artista contemporáneo ha brotado. La distorsión de la realidad obedecerá a partir de ahora al mandato de las emociones, Munch palpita en estos aquelarres (solo 70 años les separan de su famoso Grito), y con él Valle-Inclán, y el Guernika de Picasso, entre tantos otros.


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Delante de las Pinturas Negras ojeo la guía del museo y leo surrealismo, impresionismo. Habla también de un lirismo hondo en su enigmático Perro semihundido, que aparece sepultado bajo una avalancha de luz mortecina que lo aplasta. Podría ser una tormenta de arena, toda la arena misma del Sáhara al completo. El hombre del siglo XX asoma semienterrado a los albores de la barbarie por venir. Es el más bello y nihilista de sus cuadros, tan enigmático y desnudo como un heiku. La indefensión en los ojos del perro es proverbial, es la pregunta de un perro extraviado, un testigo mudo e impotente.
Al espectador, que es Goya, que somos todos, solo le queda ladrar el mundo que está vislumbrando. Después de él, muchos más lo harían con sus pinceles y sus ideas. Igual que el pintor aragonés hizo en estos frescos cargados de ocres y negros. Poco antes de abandonar la Quinta del Sordo y dejar el país para siempre (solo le distaban 5 años de su muerte en Burdeos).
Le imagino en su exilio: vacío, aislado, entre el rumor que solo él producía ya desde un adentro exhausto y afónico. 





domingo, 31 de enero de 2016

Pina Bausch y el ascetismo en la danza





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Allí donde no llegan las palabras, decía Pina, allí se abre un espacio que sus bailarines descifran con el cuerpo. Un espacio que es como una negrura sibilante, el filo de un rascacielos o un acantilado sin fin, un lugar donde ya no es hablar sino ver cruzar una mujer con un árbol nacido de las últimas lumbares,



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 o una bailarina que espera el amor en la mediana de la autopista,


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o un idilio irreal con un hipopótamo.



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Tanzt, sonst sind wir verloren (bailad, o estaremos perdidos)Pina, la película en la que Wim Wenders atrapa la poesía de esta coreógrafa alemana, es un compendio de su delicada belleza, de sus piezas breves y palpitantes como un heiku. Wenders, que tiene el mismo instinto para la fotografía y para la mística, deja desfilar en sus 99 minutos de metraje relatos sobre el amor, la culpa, el perdón, la entrega ciega, la dependencia, el mercadeo humano, la ira, la atadura invisible y cruel del destino, de las relaciones viciadas, huecas, de la ternura y del abandono.



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Entre sus obsesiones también figuran los límites de la comunicación, hace moverse a los bailarines en la búsqueda de una conexión que nunca llega, como el calor de una llama que tiembla y se apaga, los hace chocar o acompañarse en un silencio estéril e inacabable.



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Rescata también la risa, el humor como salvación, para conjurar la soledad y el absurdo.


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La película desgrana todo el material coreográfico como un testamento último de la autora y llora su muerte reciente, en los albores del rodaje mismo, en 2009. Por eso las palabras de sus principales bailarines, escuchadas a boca cerrada, golpean con más verdad, con más contundencia. Uno a uno van formando el retrato de Pina desde la cercanía, dan cuenta de cuán Pina son cada uno de ellos, y cuánto de ellos habitaba en Pina. Sois como mis ángeles, solía decirles cuando el entusiasmo por un buen ensayo o una frase ejecutada con limpieza la sacaba de su silencio. En ocasiones, Wenders también nos la muestra a ella misma en pleno trabajo, enjuta y concentrada, siempre moviéndose con un cigarrillo en la mano, fumándose su avidez de belleza y de vida. La cámara atrapa con facilidad un brillo de búsqueda en sus ojos, una expresión enigmática, escueta.
Tanzt, sonst sind wir verloren, y la confesión es breve como lo era su cuerpo, sus ojos menguados, su expresión falsamente cohibida, siempre incompleta, menos acabada que sus propias piezas. Llama la atención el contraste entre esta mujer casi muda y reconcentrada, y la transgresión que volcaba en sus coreografías.  



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La mujer metrono.

Una de mis escenas favoritas la llenan dos amantes que se reclaman y duelen. Ella cae con la limpieza de una aguja y él la rescata a unos centímetros del suelo, en una frase repetitiva e idéntica como una oración.



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Es una danza que pendula alrededor de un eje invisible en el espacio, un cuerpo que se columpia con simetría perfecta hacia la derecha y la izquierda y la derecha, siempre con la fe en unos brazos que la esperan invariables, locos de entrega, y loco sigue avanzando el bucle de su colapso ordenado y lento. El cuerpo maquinal se desarticula y cede como una columna clásica y hay tanta belleza en ello que es inútil intentar sentir la desesperación del amante, porque los ojos desean ya una nueva caída, un nuevo arco perfecto en el aire, trazado a compás, con punto de fuga.


Vollmond




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Esta coreografía es como una ola rompiendo en el acantilado, enseña su impacto y su frescura. Pina era conocida por hacer bailar a sus bailarines hasta la extenuación, experimentaba con los límites del cuerpo enfrentados a la determinación de la danza. En Vollmond, sin embargo, no hay sufrimiento, sino un jolgorio de patio escolar. Les vemos bailar hasta las yemas, hasta las tripas, empleando los cinco sentidos. Sus dedos amasan la tierra voluptuosos, animados por la primera curiosidad que aún late en las uñas del niño, chop-chop la música de las palmas en el charco, cris-cris las hojas amarillas del otoño volando en desorden sobre la cabeza, chaaaas la estela del patinaje sobre un agua nueva y fresca.



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Y la risa brota inocente, igual a aquella que se nos escapó en los parques, detrás de una exploración primera por la textura del otoño, por el alivio de la lluvia y la libertad del barro en los caminos. Impulsos que parecían lejanos, inasequibles ya, para el cuerpo disciplinado y sólido del bailarín, la inercia ordenada que se trasladó a vivir sobre los miembros rebeldes del niño. Pina consigue que los bailarines burbujeen bajo un chorro de agua y la primera energía no haya perdido la memoria, se desata otra vez, no corre sino corretea, no salta sino chapotea, y una alegría elemental, última, contagia la mirada y abre una sonrisa involuntaria, de lluvia grata chorreando despacio por la cara.

Café Müller


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En su pieza más conocida (que Almodóvar utilizó como arranque en su película Hable con ella), Pina desfila entre sillas como una figura flamígera de mirada oculta. Camina con una ceguera impostada y sus ojos se han trasladado a los brazos levantados, el cuerpo casi levita. Su rostro es un grito de Munch a ojos cerrados. Hay un aire que circula entre sus costillas, por su cintura, por debajo de los pliegues de la tela exigua, un camisón tan tenue que no puede desmentir el agujero negro en el vientre, un cuerpo horadado e ingrávido que sabe gritar en un silencio de brazos extendidos.



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Sin tregua, los acordes barrocos de Purcell empujan un aire grave que lo traspasa todo, más grave que los cuerpos de los bailarines, sin apego ya por el suelo que rozan en el café Müller, bailarines que orbitan alrededor de esa figura doliente que es Pina, la llama fría que avanza a ciegas entre las sillas y que ve más allá que los demás, con esas pupilas vivas detrás de los párpados cerrados.

Acaba la película, bailad, o estaremos perdidos. Y la mujer lánguida y estilizada como una lámina japonesa ha dicho todo lo que debía decir, Pina da un paso atrás y se sabe salvada, ha descubierto la fórmula contra la desolación y la compartirá contigo si trabajas a su lado y si no haces preguntas. Básicamente hay que cerrar los ojos y escuchar al cuerpo, que quiere avanzar un pie hacia delante para soltar el otro, flexionar la rodilla, esperar, escuchar un poco más, mover quizá una mano ahora, hacia fuera, como un péndulo, respirar, un, dos, tres y… Sigue buscando, decía siempre. Eterna.  



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Enlaces de interés:


http://www.pina-bausch.de/en/schedule/index.php

http://www.pina-film.de/en/

https://www.filmaffinity.com/es/film780724.html

martes, 29 de diciembre de 2015

Los peligros de ponerse profunda en la peluquería



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Filosofías del Underground (Anagrama, Compactos), es un compendio liviano y diáfano de la tendencias filosóficas que confluyeron en el movimiento underground. En sus páginas se intuye que a Luis Racionero le calaron a fondo en los años sesenta y setenta. Como intelectual de peso que es, pudo discernir entre toda la cacharrería hippy y el punto de hondura que acompañaba la corriente de la contracultura. En su ensayo agrupa las corrientes de pensamiento que escaparon al monopolio del dogma positivista en tres bloques: el individualismo (románticos, anarquistas, Byron, Hesse), el pensamiento oriental (basado en el flujo y la transformación continua) y las posturas nacidas de las experiencias con drogas psicodélicas, que avalaban la existencia de nuevos planos de conciencia. 

Todo ello servido de forma destilada y escueta, lista para consumir como un aperitivo. Un libro más que traigo para leer en la misma peluquería, entre el ronroneo de los secadores y el trajín de las clientas. 

Incauta de mí, desconocía los peligros de desafiar el racionalismo europeo entre potingues y mechas.

En uno de sus capítulos más curiosos, hilvana las conexiones entre el misticismo oriental y la física cuántica nacida en Europa. “Las partículas no existen -nos recuerda el autor- sino que son conjuntos de sucesos agrupados por el observador”. No creo que a Einstein se le ocurriera esta idea en la peluquería (¿alguien sabe si Einstein iba a la peluquería?). 




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Medito sus palabras mientras coloco mi nuca en la pila y me cuesta creer que la peluquera no exista: su cuerpo rollizo como una tanqueta, su casquete rubio teñido, su mandíbula de buey son todo partículas y, como tales, no se puede decir que existan ni que no existan, sólo se tiene cierta probabilidad de que aparezcan en un sitio. Mi peluquera es y no es al mismo tiempo. ¡Qué vértigo! Siento sus manos rotundas sobre mi cuero cabelludo, extendiendo el tinte a las puntas, y no puedo dar crédito. Si ella es y no es, yo me someto a la misma ley de la física cuántica, también soy un conjunto de sucesos agrupable por un observador, qué ingenua he sido pensando que sólo era ella la que se deshace ahora mismo ante mis ojos como un tropezón de píxeles.

Superado el primer mareo, la sensación de no ser empieza a entrar en mí como el frescor de una zambullida en la playa: ¿por qué he venido a teñirme, pues? ¿por qué mi urgencia, mi impostura decirle a la chica que llevo un mes sin teñirme cuando fueron dos? ¿Dónde queda de pronto mi desazón por llegar pronto a casa porque los niños tienen deberes? ¿qué niños? ¿qué desazón? La teoría de la relatividad despoja, alivia, tiene cierto efecto antigravitatorio, como si todo a mi alrededor estuviera a punto de soltar amarras y flotar en una danza suave por el local de la peluquería: los secadores, las sillas giratorias, los muebles cajonera, hasta las peluqueras en sus pijamas blancos, que tanto agradecían a la gravedad la “caída” de sus cortes de pelo. 

Enseguida, el chorro de agua fría me precipita de vuelta al suelo, siento cómo desaparece poco a poco el picor del amoniaco sobre mi cráneo y una inmensa gratitud me trae de vuelta la alegría de ser “cosa”, unívoca e inmutable, deseosa de volver a mi vieja concepción. El placer es tan voluptuoso, que me pregunto si también existirá un yoga del lavado de pelo, si las manos de mi peluquera no estarán pulsando sobre mí “el mágico arco cósmico que puentea el cuerpo individual y la energía del universo”, como los tántricos practican con el sexo. 




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La peluquera masajea con destreza, abstraída y enérgica porque rondan las siete y estará descargando su deseo de terminar la jornada. Cierro los ojos entregada, pero no dará tiempo a que se me despierte el kundalini, “¿qué te vas a hacer?”- se detiene abruptamente y acerca su cara a la mía. Su expresión complaciente no disimula la prisa, así que no encuentro el valor para pedir un planchado de pelo. Pronto paso de nuevo a la butaca y observo lánguida cómo me aplica un poco de espuma con movimientos afectados y definitivos.

El espejo frente a mí me devuelve mi cara, me acerco al cristal para comprobar que mis canas han desaparecido, mis ojeras no, es el mismo rostro distendido y cansado. Pero ahora sé que todo muta, que mis rasgos se transforman tan lentos como la rotación del planeta y mis canas asoman ya ahí aunque no las vea. “Lo que es engendra lo que no es”, nos recuerda Racionero al hilo de Hegel y su Dialéctica, y por primera vez noto una distensión, una no-lucha contra el devenir de las cosas, el inmenso privilegio de cambiar en cada respiración y dejarse ir por el viaje que impone la vida.

“La noche empieza al mediodía” decía Chuang-Tzu.




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domingo, 29 de noviembre de 2015

Mujer de barro

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Fina tiene la nariz rota. El tabique se desvía hacia la izquierda donde la piel dibuja una antigua cicatriz. Cada vez que hablábamos del asunto, mis ojos se iban siempre a este punto de su cara. Debajo de ese trozo de piel tersa sonaba para mí le estruendo de bártulos cayendo al suelo, estanterías de formica haciéndose pedazos bajo su cuerpo arrojado, puertas resquebrajadas. Un empujón más y no quedaría ni un mueble en pie en esa vivienda de protección social donde intentaba tirar adelante.

“Llora ella. Llora él. Mis padres se han pasado la vida llorando”. Adrián, el mayor, había empezado a darse cuenta a los trece o catorce. Así lo había declarado al Juez en la primera mañana del proceso que sentenció una orden de alejamiento. Ahora tenía veinte años y fuerza para defenderse de su padre cuando estaba bebido, pero ya no le hacía falta, simplemente había huido. “Sí, quiero que mis padres se separen y que él no la busque”, anotaría el sercretario del Juzgado número 4.

Fina tiene los ojos bonitos. Es el segundo lugar donde uno la mira cuando habla, o cuando llora, que es casi un sinónimo para ella. El iris cambia de color con la luz, parecían azules con el neón del hospital, pero en el despacho del centro de acogida han virado a un verde fango con vetas azuladas. Y esa cualidad magnética de la mirada se convertía a menudo en perdición, sentencia, veredicto. Seducir lleva pena mayor, puta rastrera te mato, y mirar se convierte en un gesto de bueyes, en una cosa más que esconder detrás de la barra que atiende en el bar Levante. Pone los ojos bajo sus manos pequeñas, hechas a la pila de fregar y al hábito del temblor.

Mi despacho en el centro de salud mental no tiene barra ni muebles astillados, pero Fina no podía evitar sentarse y plegar los hombros hacia abajo, se quedaba ovillada en la silla como si esa fuera la posición que quedó tras la última paliza. Parecía una gata disimulando la tensión de sus músculos, la crispación controlada en cada uno de sus movimientos. A la tercera visita, desistí de recordarle que nadie sin mi permiso entraría por la puerta: Fina la vigilaba detrás de sus palabras y siempre parecía preparada para huir.

“Sueño con un cuchillo clavado…”, me adelantaba en un susurro, inclinándose hacia delante para que la oyera. Eran los primeros días en el centro y Fina recuperaba el sueño poco a poco, aunque tuviera que volver a casa en sus pesadillas. “…que me despierto dentro de un ataúd”, continuaba mientras yo me inclinaba también para recoger sus frases susurradas, intentaba hacer algo con ellas. Las dos sabíamos que nada era suficiente para protegerla. Su verdugo seguía andando por las galerías de su sueño, ahora que no tenía que dar cabezadas en el baño porque su marido guardara el cuchillo debajo de la almohada. “Pero no quiero que le encierren”, insistía, y en ese momento yo ya me había ido a la primera noche, cuando me llamaron al hospital de urgencia y les vi allí juntos, él atado a la camilla y ella acariciándole en un mar de lágrimas, “tienes que curarte mi vida…”, una ternura tan de veras como su soga echada al cuello, porque eso es lo que siempre las mata.

Hoy he sabido que Fina no está en el centro de acogida. Por la mañana, su habitación estaba vacía y era una ausencia que palpitaba en el aire, un vuelco en el corazón de su compañera cuando ha ido a despertarla y sólo ha visto la cama hecha, las mantas dobladas sobre la mesa con un cuidado que era su delicada despedida, un adiós profundo y triste, como lo son sus ojos de color musgo y color cielo, cambiantes con la luz pero siempre inclinados, un azul claro en el neón del hospital, un verde fango con vetas azuladas en el centro que ahora ha dejado.



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miércoles, 28 de octubre de 2015

FAHRENHEIT 451.La temperatura a la que civilización se inflama y arde.





Hay un pájaro en el canalón del agua, bajo las tejas. Desde mi ventana puedo observarlo sin que se dé cuenta y emprenda el vuelo. Las patas arañan la pintura del metal, veo el plumaje del vientre, que es pálido y tierno y se abomba con su respiración rápida de animal breve. Es marrón y blanco, un pájaro común. Ignoro su nombre como él ignora que le estoy mirando. No es una especie exótica que merezca por ello mi atención. Los hay a cientos en este pueblo de la sierra, como ancianos resabiados y lentos, como niños a la deriva de agosto y sus horas graves, elásticas, espantándose las moscas en la plaza que el mediodía ha dejado desierta. Mi pájaro es tan común como las moscas, no es insólito por este pueblo, lo insólito es que yo me tome el tiempo de observarlo.

Acabo de terminar Fahrenheit 451 y me propongo escribir unas líneas sobre él, me propongo hacer algo con su fábula. Pero sólo me nacen estas líneas: el pájaro anónimo y yo, inhibiendo mi prisa por expresar lo que siento mientras le miro. Desafiando el vértigo de que no ocurra nada.

Y de que haya ocurrido todo.

En la sociedad que imaginó Bradbury, quien miraba un pájaro o descubría el color de las flores era fichado por la policía como “antisocial”. Hablar de ello podía suponer un grave riesgo. Hacerlo por escrito: un suicidio. Enseguida alguien hacía aparecer al cuerpo de bomberos en la puerta de tu casa para carbonizar tu iniciativa. Un extraño cuerpo de bomberos que, lejos de apagar fuegos, los encendían. Un cuerpo de limpieza más bien. Una antorcha eficiente y aséptica como el bisturí de un cirujano. Sobrecogedoramente rápida.

Desocupación, silencio, reflexión, debate, controversia: todo devorado por las llamas.  Las casas habían prescindido de los porches para evitarle a la humanidad el riesgo de no hacer nada. De charlar, de permanecer en silencio si era preciso. De contarse historias banales o imperecederas. De perpetuar la memoria, de comunicarse. De estar

La novela es conocida, es el más célebre de sus textos, junto a las Crónicas Marcianas. Como yo, muchos lectores han oído hablar sobre un relato futurista en el cual unos pocos individuos salvan los libros memorizándolos de forma subrepticia, una biblioteca andante que se oculta al margen de las ciudades y lucha por preservar el conocimiento humano. Una red de amanuenses mentales, morosos y precisos como los monjes que copiaban a los clásicos en la oscuridad de la Edad Media. Recitadores de párrafos amenazados que sobreviven al calor de otro fuego, otra luz, hogueras que no queman sino calientan, el calor del conocimiento. “había un silencio reunido en torno a aquella hoguera, y el silencio estaba en los rostros de los hombres, y el tiempo estaba allí, tiempo suficiente para sentarse junto a la vía enmohecida bajo los árboles, contemplar el mundo y darle vuelta con los ojos” (pág. 156).

Creí que la novela tendría un punto cómico, alguna referencia satírica hacia la barbarie que perpetraron los fascistas en sus albores. Pero no lo tiene. Hiela la sangre comprobar lo preciso de sus vaticinios. No ha habido nuevas hogueras como las de Hitler o Franco, pero la visión que desarrolló Bradbury está ya a las puertas.

El avance tecnológico y la incomunicación a la que nos ha lanzado están descritas con detalle en el matrimonio de Montag, el bombero protagonista. Mildred, su mujer, personifica el adocenamiento mortífero que trae la sociedad de consumo. Ella, como sus vecinas, ha olvidado donde conoció a su marido e incluso a su marido mismo, sólo siente un apego prefabricado por la “familia” que le parlotea sin tregua desde una triple pantalla de tamaño real, un enjambre de personas que nadie se preocupa de comprobar si tienen entidad propia.

“Yo pasé una velada agradable ─dijo ella, desde el cuarto de baño. ¿Haciendo qué? En la sala de estar ¿Qué había? Programas ¿Qué programas? Algunos de los mejores ¿Con quién? Oh, ya sabes, con todo el grupo” Y la contestación hastiada del marido no puede ser más actual: “el grupo, el grupo, el grupo” (pág. 59).

El viaje no es gratuito. A pesar de los argumentos del capitán Beatty, que defiende la tarea de los bomberos como los “Guardianes de la Felicidad” (pág. 71), la gente como Mildred paga un alto precio. Se atiborra de somníferos. Sufren una soledad hiriente y un vacío enfermizo que les abocan al precipicio. “¿Qué queremos en esta nación, por encima de todo?" Le recuerda el capitán Beatty a Montag, su bombero díscolo, en una arenga que resume el espíritu de toda esta fábula. "Quiero ser feliz, dice la gente. Bueno, ¿no lo son? ¿No les mantenemos en acción, no les proporcionamos diversiones? Eso es para lo único que vivimos, ¿no? ¿Para el placer y las emociones? Y tendrás que admitir que nuestra civilización se lo facilita en abundancia” (pág. 71).

Pero los suicidios se suceden cada noche como una plaga y, cuando se trata de su propia mujer, Montag debe asistir al triste espectáculo de una brigada de técnicos que acuden con urgencia a su dormitorio para limpiarle el estómago y ejecutan su danza macabra con indolencia, sin quitarse el cigarrillo de los labios, abrumados por el exceso de llamadas cada noche.

Quien, como yo, integre un equipo hospitalario de salud mental, no podrá dejar de asombrarse de este retrato tan real del futuro que esgrimió Bradbury. Los suicidios son nuestro dramático día a día, no hay noche en que no se haga un lavado en un hospital de la red pública. Todas las noches. 365 días. En la escena que imaginó el autor, nuestra rutina está llevada a un extremo que no tardará en llegar. “Se saca lo viejo, se pone lo nuevo y quedan mejor que nunca” (pág. 25). En la sociedad de Montag, el dolor del alma se rectifica con un artificio técnico. En la de hoy, los laboratorios farmacéuticos difunden la misma idea. Por eso la consulta del psiquiatra se debe resolver en sesiones de quince minutos. “En un caso así no hace falta doctor ─le explican a Montag con cansada solicitud─; lo único que se requiere son dos operarios hábiles y liquidar el problema en media hora. Bueno, hemos de irnos” (pág. 25).



El escenario es claro, no hay salvación para la masa. Ni hay lugar para quien, como Montag, se detenga a mirar el mundo, se haga preguntas, se deje visitar por la duda. Ha conocido a Clarisse, una joven que prueba el sabor de la lluvia, colecciona mariposas y le pregunta si es feliz o si está enamorado. Con ello, la joven (a la que llevan al psiquiatra por ello) ha abierto en él una trampilla por la que ambos resbalarán sin retorno posible. Nuestro bombero protagonista no es un intelectual, ni conoce los libros más allá de alguna lectura religiosa de su infancia. Pero el asombro y la duda son el germen que contiene la creación cultural. De ahí a ser fogueado por dar un paseo nocturno o conducir a sesenta por hora contemplando el paisaje hay un paso. Mejor dicho: el chasqueo de una cerilla.

La imaginación de Bradbury nos ha llevado de la mano por este paisaje arrasado. Nos ha puesto en alerta contra el peligro de degenerar en una legión de muertos vivientes, de los riesgos de tomar la televisión (o internet) como la única factoría de realidad a tener en cuenta. Nos ha querido prevenir de la mordaza mediática, la intromisión de la propaganda, el exhibicionismo indecente que facilitan las redes sociales. Cuando Montag es perseguido por sus infracciones, la cacería es retransmitida como un reality feroz y la acción se hará trepidante. El punto más vertiginoso del relato llegará entonces, cuando él mismo se vea en la pantalla de un vecino y se sienta imantado por la imagen de sí mismo: protagonista voluptuoso de una cacería, olvidará por unos instantes que su vida depende de que siga huyendo. Se habrá convertido así en amo y esclavo, en cazador cazado, seducido por su individualidad hasta un punto que ralla la locura. Es el guiño de Bradbury hacia la alienación a la que nos somete exhibir nuestra vida hasta las mismas tripas, ¡lo pensó antes que los mismos creadores de Facebook!

Fahrenheit 451 (1966)

Junto a este, hay párrafos tan visionarios que hielan la sangre, el mundo camina hacia su debacle porque ha suprimido la memoria, el pensamiento, la controversia. En el camino que llevó a este extremo, las carreras universitarias se abreviaron, los campus se vaciaron, los profesores y catedráticos acabaron siendo prófugos, la cultura universal se redujo a un folleto, después un párrafo, un pequeño resumen cargado de ilustraciones. "Los años de Universidad se acortan, la disciplina se relaja, la Filosofía, la Historia y el lenguaje se abandonan, el idioma y su pronunciación son gradualmente descuidados. Por último, completamente ignorados. La vida es inmediata, el empleo cuenta, el placer lo domina todo después del trabajo. ¿Por qué aprender algo, excepto apretar botones, enchufar conmutadores, encajar tornillos y tuercas?" (pág. 65).

En el sumidero por el que desaparecen las huellas de los hombres, se ha perdido también el recuerdo de sus errores, entre ellos: la amenaza nuclear, la crueldad de la guerra. Aquí es donde más se deja notar que el autor ideó su fábula en plena Guerra Fría.

Como Orwell, como Huxley, Bradbury utiliza una ficción futurista para hablar del presente y sus brechas. Son las famosas distopías, un género que se cultivó para alertarnos de los peligros de someterse a sistemas totalitarios, de aceptar fórmulas de vida “feliz” que otros idean por nosotros. Lo que distingue a Fahrenheit, lo que la hace especialmente sobrecogedora, es que Bradbury prescinde de un dictador para hacer viable tanta sumisión. Aunque la sombra del fascismo se moviliza en nuestro imaginario cuando se nos describe la quema de libros, en esta fábula no hay un poder externo que someta al pueblo. Es el mismo pueblo el que se vacía de contenido, se desprende de su raíz, su diversidad, su herencia. Se despide de valores como el esfuerzo, el sacrificio. De aspectos incómodos como la duda, la discrepancia, el escepticismo, la diferencia. Camina de forma complaciente hacia un mundo uniforme y plano donde todo se ingiere de forma bulímica, precocinada. Todo se edulcora, se ofrece para el consumo rápido y fácil. ¿Quién no se ha dado cuenta aún de que todas las ciudades se parecen hoy al mismo aeropuerto?

He vuelto a leer la novela tras fracasar en el intento de que lo hiciera mi hijo de 12 años. La leíamos juntos, pero acabé yo sola. En verano le persigo con los títulos que yo leí a su edad porque me aterroriza ver cómo engulle tecnología, información fatua, vídeos de gatitos, gente que exhibe sus resbalones, sus caídas cómicas. En la escuela no le va mucho mejor: se ha suprimido la filosofía por la economía, los valores por las cifras, las horas de parque por las prisas, los chats, los madrugones, la acumulación atropellada de deberes que le hastían. "Leer no me apetece, mamá", me dice cada noche, y yo apago la luz rendida, sintiéndome en las filas de la resistencia que imaginó Bradbury, calentándome las manos alrededor de la misma hoguera. Asumo que los libros no pueden competir con aquello que le seduce y le narcotiza tras una jornada que parece la de un ministro.

Hoy en día, en pleno siglo XXI, el papel agoniza lentamente sin que concurran las lenguas de fuego que imaginó el genial americano. En su lugar, el soporte digital ha colonizado nuestras “bibliotecas” convirtiéndolas en nubes de datos, intangibles y vastas, abrumadoramente extensas. Se nos dice que están a buen recaudo, pero es difícil creerlo después de leer Fahrenheit 451. Quién puede dejar ahora de imaginar un inmenso “apagón”, ¿por qué no?, un desliz informático podría aniquilarlas con un golpe de tecla.



Enlaces recomendados:

http://cultura.elpais.com/cultura/2013/07/01/actualidad/1372709103_285396.html

http://blogs.elpais.com/amores-imaginarios/2013/10/un-mundo-sin-libros-farenheit-451.html

Edición utilizada para las citas: Debolsillo. Edición de 2009.
174 págs.  http://www.megustaleer.com/editoriales/debolsillo/NB


lunes, 21 de septiembre de 2015

Euskadi, un corazón zurcido.





Día 1. Ametzola a 30 por hora.

Los tópicos son tópicos porque siempre funcionan: la lluvia desde la ventana es una garantía de tranquilidad. Oigo el crepitar de las gotas tímidas sobre el valle de Zeberio, a 30 km de Bilbao, y es todo un imán para los sentidos, que se han precipitado a abrir esta ventana bajo las vigas añejas del caserío y se amansan nada más sentir el aire renovado que invade la habitación.
Acabamos de llegar de Valencia y empezamos las vacaciones en Ametzola, la casa rural de Mikel. Arranca el mes de agosto, pero bajo esta luz tan mullida parece mentira que las pupilas dolieran aún por la mañana de tanto sol mediterráneo. El paisaje del norte dulcifica el gesto, hemos paseado hasta la ermita con el tumulto de nuestros niños hiriendo la respiración del valle y ha sido un lento bucear, como un braceo tranquilo en un mundo de algas donde nuestro verano parecía un sueño abruptamente roto.




Prometimos volver a Ametzola después de una nochevieja en la que la conversación cálida y los pucheros de Mikel nos arrebataron para siempre. Compruebo que todo permanece igual que en aquél diciembre de anoraks abrochados hasta arriba y el camal de los vaqueros arruinado de correr campo abajo. 



Nada ha cambiado, la permanencia actúa como otro bálsamo para la prisa que dejamos atrás, dar con un paisaje inmutable es como una vuelta a los veranos de la infancia. Lo único que ha cambiado son dos tumbonas huérfanas que Mikel ha colocado en el jardín y se oxidan despacio entre los frutales, parecen como un pie de texto gratuito que dijera “se descansa, es verano”.


La casa mantiene su gravitación hacia dentro, te traga sin remedio, como la barriga de la ballena pero libre del desasosiego de Pinocho. La reformaron Mikel y Belén con sus propias manos durante dos décadas y el mimo puesto en cada detalle es un homenaje a la vida de sus primeros dueños, a la inercia lenta de los antepasados, al sacrificio de sus horas con el horno de pan, con la plancha de hierro, con los aperos para los animales. Enseguida se encandila uno en el viaje por los siglos. Recorre uno la escalera de vigas recias y brota el deseo de contagiarse de ese aislamiento, de esa aspereza,  porque prometen una paz que cuesta tanto encontrar en nuestro correteo exhausto. Pero basta con dejar correr la ducha caliente por la piel asombrada y el espejismo de paz enseña su trampa: no estamos dispuestos a renunciar a ese grifo que se abre solícito, al refugio de la calefacción, a la inmediatez de un viaje en coche o una noticia en la tablet. Las horas morosas de nuestros antepasados hay que recuperarlas desde dentro, una tarea que empieza en uno mismo, impulsada por las vacaciones pero sin limitarse a ellas.
He fotografiado con el móvil una señal de 30 por hora que se deja llenar de musgo al borde del jardín: la intentaré recordar en los momentos de vértigo.  




Día 2. Historia de un clavo

Tiene cabeza, cola y una zona de transición que llaman vástago. Los herreros los han hecho de la misma forma desde la Edad de Hierro y éste de El Pobal, a pocos km de Muskiz, nos lo muestra con un cuidado casi voluptuoso, que contradice la brusquedad esperable en el gremio.



Hemos venido con nuestros nueve niños a esta herrería-museo que se mantiene con energía hidráulica y aún abren la mirada asombrados por el estruendo del martillo pilón o la barra de metal incandescente. Les han repartido unas gafas de protección que entusiasman sus ojos redondos pero no evitarán que pronto pierdan la atención. De momento, mantienen la mirada fresca como las chispas de luz que surgen del fuego y llenan la penumbra de mariposas eléctricas. El herrero extiende su explicación, apoya sus frases fluidas con el bullicio de sus brazos, que manipulan con destreza las brasas, las pinzas y el martillo. El cilindro incandescente que será un clavo aún no es más que una barra de “plastilina” naranja y la comparación ha hecho sonreír a los pequeños, que también se han sentido dioses cuando la han hecho rodar por el pupitre antes de darle la forma de su capricho. Mientras golpea el metal atrapado contra el yunque, se nos recuerda la extensa vida del clavo desde las sandalias de los romanos a las carabelas de Colón, pasando por los barriles de aceite de los balleneros vascos en Terranova y por las puertas de todas las casas. Insospechadamente, el pequeño engarce de metal se nos ha impuesto como sostén de la Historia, ha apuntalado todas las empresas de la humanidad, desde las más banales a las más paradigmáticas. En mi recuento personal, incorporo los clavos de Cristo, ¿también partirían de una fragua vasca?
Cuando la explicación termina y los niños se liberan alegres de sus filas, me acerco al herrero y le insisto a Manuel en que coja el clavo. Quiero que lo palpe, lo sienta, que perciba el frío del metal y el tirón de sus 200 gramos. Sin la historia de las cosas, el apego por ellas desaparece, la revolución industrial nos ha convertido en una legión de bulímicos que engullimos lo que nos rodea sin apenas reparar en su origen ni en su función, sin ni siquiera necesitar lo que devoramos. Enseguida reclamamos un rápido recambio. Y quien, nostálgico, desarrolle un vínculo con las cosas e intente retenerlas, enfermará porque son tantas que forman una monstruosa avalancha.
El clavo que sostiene Manuel no es bonito ni sofisticado, pero ya tiene alma porque hemos asistido a su nacimiento, aspiro a que mi hijo la encuentre en su tacto, en su peso específico, en su temperatura. “Vámonos, mamá, ¡que ya se van todos!” Y lo único que le convencerá es que aguante un minuto más para sacarle una foto.


Nos despedimos del herrero en un agradecimiento seco, sin ceremonias, y el guía del museo toma el relevo. Seguiré pensando en él mientras la visita se extienda hasta el agotamiento, cuando los niños empiecen a sentarse por los rincones o a estallar en pequeñas disputas por las salas del museo. Me ha embelesado la destreza de sus manos, la precisión de unos movimientos mil veces hechos, afinados en cada repetición, como los de un bailarín experto. La era en que vivimos nos ha vuelto desdeñosos hacia el trabajo manual, pero hemos perdido algo muy valioso en ello. No puedo imaginar a un herrero tradicional robándole horas a la jornada en un almuerzo ocioso o en un viaje clandestino por internet, jugando al gato y el ratón con su jefe. Un trabajo artesano prescinde del horario y del jefe, prescinde incluso de los honorarios. He visto en las manos del herrero una suerte de meditación a través de la tarea, una abstracción tan limpia que prescinde del tiempo y del resultado. Qué reliquia, y qué privilegio. Como las seis horas de Mikel anoche con la carrillada de la cena. Los niños, que no saben ponerle palabras a lo bueno pero sí emociones, ya se me cuelgan del brazo “¿qué hay hoy para cenar, mamá?”

Día 3. Guggenheim y el vértigo del siglo. Del acero al titanio.

Elegimos el domingo para desembarcar en Bilbao con nuestro pequeño rebaño, les dejamos trotar por los márgenes de la ría hasta el museo. En la pasarela de Calatrava, le robamos una foto de grupo a la cerrazón del cielo, que iba variando desde el picor de los 30 grados hasta los chaparrones imprevistos, que nos hacían correr con la boca del jersey en la cabeza.
El titanio del Guggenheim resplandecía como reclamo desde la distancia y atraía la marea de visitantes hacia sus imponentes aristas, que flameaban como las velas de un bote encallado en ría. Frank Ghery se inspiró en las sacudidas de los peces que habitaron su infancia, esbozó las líneas del edificio sin despertarse del todo de esa franja intermedia entre el sueño y la memoria. Los milagros de la tecnología hicieron el resto.




Todos hemos recorrido las tripas del edificio con el audioguía colgado al cuello y la mirada concentrada, incluso algún curioso, como Miquel, confesaría luego que acarició el recubrimiento de la pared obedeciendo las instrucciones de la máquina. Hay un movimiento incesante en las paredes del atrio que te atrapa nada más entrar, silenció a los pequeños y nos hizo caminar a todos estirando el cuello y palpando el metal y el cristal, como sonámbulos perplejos, caminantes en duermevela.




La exposición de Richard Serra alargó la estela sinuosa de nuestros pasos, fue lo que más encandiló a los niños, que completaban las parábolas del acero con la viveza de sus carreras. En la primera planta, una retrospectiva de George Braque que invitaba a recorrer el vértigo de las vanguardias en el filo del siglo XX. Los cuadros eran bellos, inquietantes, pero la extrañeza que causaron en su día no se capta bien en zapatillas, debería exigirse corsé y sombrilla para visitar la exposición, reloj de cadena y un buen bigote fin-de-siècle. La retina de nuestra generación ha incorporado ya sin sorpresa esas geometrías esquemáticas, planas, esa ruptura de perspectiva, esos trazos bastos y violentos, de manera tan natural que hasta te encuentran en la taza del desayuno, en el motivo de una camiseta o de la cortina de la ducha. Todos los caminos de la representación parecen ya expoliados, la indagación vetada, como una mina de carbón sellada tras el expolio.
En la planta baja, una video instalación donde un autor finlandés ponía en marcha la multi-perspectiva simultánea de varios músicos tocando una melodía común. Hacían sonar una especie de mantra lacónico que casaba bien con las estancias decadentes de la mansión abandonada donde actuaban. La ocurrencia era ingeniosa, sugerente, pero no pude evitar preguntarme qué hubiera hecho George Braque con tanta tecnología en sus manos, cuál hubiera sido el salto cualitativo que nosotros no sabemos dar.
Para no hastiar a los niños y a sus estómagos ansiosos, abandonamos el museo de camino a unas pizzas rápidas que devoraron a la orilla de la ría. Un sector privilegiado nos permitimos unos pinchos en el casco viejo, antes de emprender un trayecto en metro hasta Neguri que prometía playa y villas residenciales. No nos hartamos de criticar el capitalismo y sus lacras, pero acudimos fascinados a recorrer el halo de privilegio que se abre en el barrio de la primera burguesía industrial, a respirar la exclusividad de sus jardines, sus macizos de hortensias, el silencio intuido entre sus muros de piedra húmeda. De nuevo la nostalgia por el corsé que no oprime, por los botines que no rozan, un vuelco al pasado que se instalaría con más fuerza en Donosti al día siguiente.
El paseo marítimo dejó caer helados y granizados y los pequeños mitigaron la frustración de no subir a la feria instalada junto a la arena. Conocimos las callejuelas del Puerto Viejo y una taberna añeja que nos tuvo imantados un largo rato junto a los escalones, paladeando la panorámica de la ría al completo. Manolo se despidió con ganas de haber probado un bacalao en las mesas de madera, respirando el yodo de la ría y la última brisa del sol poniente, pero eso forma parte de otra crónica que ya llegará. Como él mismo dijo con acierto, lo que importa en los viajes es dejar una estela de experiencias por completar, que siempre lanza el anzuelo de la vuelta.

Día 4. Donosti, una playa de película.

En la memoria de los niños, San Sebastián será un arenal vasto, templado, sembrado de pequeñas charcas de agua abandonada por la marea en su retracción y donde los pies descalzos no captan aún el frío del Cantábrico. Un rectángulo en la arena que los chicos dibujaron con los talones antes de echarle el pulso a un puñado de vascos fibrosos, con tanta ansia de fútbol como nuestro gran equipo. Un difícil empate que dejó a la vista un rectángulo oscuro de arena batida durante horas, una irritación efímera por no seguir el partido y un par de lesiones no confesadas, sobre todo en los tobillos de los padres.
Rocío y yo improvisamos un baño entre las olas suaves de la bahía y desistimos del trayecto a nado hasta la plataforma de los toboganes. La ducha helada que hubo que enfrentar después quedará sellada también en el fondo del recuerdo, porque les hizo brincar y gritar estremecidos.
No olvidarán la playa despellejada por la marea ni tampoco la frustración de las atracciones en Igeldo, donde subieron con cuentagotas. Un trenecito rancio al ras del acantilado, unas casetas de tiro con el mostrador despintado y unos cuantos caballitos pony para coronar tanta melancolía. El cobro por acceder al esplendor perdido de esta feria enclenque era tan abusivo, que tomamos las fotos panorámicas con una sonrisa ajada y nos alejamos medio espantados. Los niños tenían una hora de coche por delante para decidir si era cierto que subirían a todo, incluso al laberinto, pero a la “vuelta”.   

Día 5. Despedida.



El valle de Zeberio es una estampa de postal. Cuando deslizamos los coches carretera abajo, hay que abrir las ventanillas para que la frescura de los helechos nos roce la cara, nos incluya en el resplandor verdoso. Examino las hileras de troncos en la esperanza de entender lo que ofrece el bosque, tan frondoso como un interrogante sin contestar. La altura de las copas es como la cúpula de una catedral, te achica y te sobrecoge igual que el abrazo de Mikel, recio e inmenso como sus árboles. Un hombre que abraza como un tronco, una casa como un sendero en el bosque, tramada de vigas que te encuentran como el ramaje mismo, el calor de Belén y el olor de su caserío, impregnado de pucheros lentos como la lluvia tenue y permanente. La vida se contagia de vida en Bizcaia, bajo el susurro de la lluvia, que es como un habitante silencioso, todo se aúna y se cierra en sí. No es difícil entender su deseo de independencia, su identidad cápsula, su amor por hablar una lengua que es un puro jeroglífico. Su antiguo celo y su violencia, que ahora parece por fin aplacada, pasto para la Historia.



Hemos llegado al corazón de esta tierra en tiempos de reconciliación, de abrir la cabeza y entenderse, de dejarse calar por lo que nos hace iguales, y todos hacemos el esfuerzo por abrir bien los poros. En la tertulia distendida de la cena, después de que Mikel exponga su visión descorazonadora de la economía global, Rafa y él derivan al nacionalismo vasco y acaban en un duelo de espadas que es pura esgrima, cortés y ágil, bienintencionada. Sin embargo, el espíritu de la vieja discordia no está tan lejos en el tiempo y yo me acuesto con el recelo de haber herido la sensibilidad de nuestro anfitrión. “¡Egunon!”, nos saludará a la mañana siguiente, desprendido por completo del debate de la noche anterior, con su limpia hospitalidad de siempre. Conoceré, incluso, que el debate sobre la soberanía de los vascos se repite con cada huésped, incluso con aquellos “españolistas de Valladolid, a los que convencí de lo nuestro”. 



Me enternece su candidez, su apasionamiento. Si hubiera sido detective, hubiera sido Wallander, el cincuentón sentimental que mal cuida su diabetes y se repone a trompicones de sus brechas personales, pero se nos hace encantador con su lealtad, su romanticismo y su brillante intuición. Como un adolescente tardío, Mikel no ha tenido empacho al confesar que se enamoró de Belén “como un crío, pero a los cuarenta” o que lloró abrazado al “gitano” que le había dejado a deber una fortuna durante cinco años. Y qué decir de su vanidad nacionalista, ese afán por que le alabes su comida única, sus bosques inacabables, su idioma singular e irrepetible. Ese orgullo tan rígido que al guía que nos enseñó la fragua le hacía resbalar hacia extremos patéticos. Estos vascos enseñan un corazón tan recio, tan verde, tan sin gastar que no le faltan sus riesgos, la historia de este país los ha sufrido. Pero Mikel es de los que supo quedarse en la frontera donde sólo brotan las palabras, vuelca su furia en la pasión de las consignas, las dispara como una nube de flechas sin más carga que la terquedad de un niño, un niño inmenso.




Ese es el interrogante que se cierra, el misterio del bosque desvelado. Cuando le escucho, siento que acabo de clavar un alfiler para siempre en el mapa: en el corazón de Zeberio, donde está Ametzola, en el corazón del caserío, donde está Mikel, y en su corazón zurcido, donde palpita la respuesta que yo estaba buscando. Su latido, remendado por el prodigio de la Uci y la sinvastatina a megadosis, parece la materia prima de este empedernido pueblo vasco. 




jueves, 7 de mayo de 2015

Desgracia. J.M. Coetzee.


“Desgracia”, de J. M. Coetzee


Desgracia no parece literatura, sino un pedazo de la vida misma, implacable y grandiosa a la vez. Cuando uno llega de la mano de Coetzee a la última línea y se toma un minuto reverencial para absorber el impacto, al minuto siguiente habrá abandonado las ganas de escribir, las ganas de abultar el número de páginas superfluas que siembran las librerías. En una novela como ésta está contenido el mundo como en el número áureo de los judíos. Todo está bien. Alrededor reina un equilibrio limpio, sencillo. Como cuando escucho las variaciones Goldberg en el coche y el paisaje en el parabrisas se asienta, se ordena de una forma fácil. La belleza de las obras maestras tiene esa cualidad, serenan el espíritu, le concilian a uno con el dolor y el caos de participar en la vida y pelear día a día para que esta broma cruel tenga sentido. Cuando aún está uno inmerso en ellas, se roza la sensación de verse salvado de la muerte, se confunde uno con la obra, entiende por qué se le llama inmortal a un conjunto de 270 páginas impresas.
Desgracia es una novela sobre el amor o sobre la incapacidad para el amor. No puede haber una buena pieza de literatura sin amor, sobre todo si se trata de una novela, un edificio que calca al milímetro las fortalezas y debilidades de las personas que se mueven por él. Freud decía que la salud mental radica en la capacidad de amar y la capacidad de trabajar. El ejemplo de David Laurie, el protagonista, desmiente esta segunda acepción y la reduce a la primera, porque su incapacidad de amar le hace perder el trabajo. La salud implicaría pues, según Coetzee, la mera capacidad de amar.
Pero Laurie no hace más que trastabillar en el intento. Después de perder su empleo como profesor de literatura por un idilio desafortunado con una universitaria, viaja a la Sudáfrica profunda para tantear el cobijo que le pueda dar la única mujer de su vida a la que no ha devastado con su soberbia y su fogosidad sexual: su hija Lucy.
Lucy, en sus veintipocos años, se ha logrado asentar en una granja en la que vive cultivando flores y acogiendo perros. A pesar de los envites de una vida que no se le adivina fácil a sus espaldas, ha encontrado su lugar en el mundo y se ha forjado un carácter dulce, sólido, capaz de ofrecer mucho más amor del que haya podido recibir de su padre. Está a años luz de él. A pesar del largo periodo en el que no han estado en contacto, le recibe con naturalidad, le escucha de una forma llana, sin aleccionarle, sin afectación tampoco.
El punto de inflexión en la novela se produce cuando unos africanos les asaltan en la granja y dan cuenta de la indefensión de Lucy, de lo arrogante de su proyecto: una mujer blanca y soltera no puede sostenerse sola en el corazón de África, desafía las leyes de la tierra, las normas que los africanos se dieron durante siglos, antes de que el hombre blanco irrumpiera con las suyas y las impusiera a la fuerza. Lucy es como un injerto exótico. Tendrá que pagar una cuota por ello. De momento ha perdido la dignidad, más adelante puede perder incluso la vida.
Es muy interesante asistir a la reacción del padre ante la asunción de que su hija, en tanto que es mujer, está expuesta a la violencia del hombre. Después de haber forzado a muchas de ellas, la última de todas con el uso y abuso de su autoridad, Coetzee le trata a David con su misma medicina. Ahora es él, a través de su hija, el que ha sido violentado. Un revulsivo moral que, contra todo pronóstico, no obra el cambio completo en él.
En una novela convencional, nuestro protagonista hubiera hecho un giro hacia la humildad y el perdón. Coetzee, como un ventrílocuo hábil y despiadado detrás de sus criaturas, nos concede un cambio modesto: Lurie se humanizará, acudirá como voluntario a la protectora de animales e irá a pedir perdón a la familia de la estudiante ultrajada. Pero esta no es una novela convencional, como la vida misma no lo es tampoco. Coetzee se encargará de mostrarnos que la redención nunca es lineal, que una palabra de perdón no repone un mundo hecho trizas, una inocencia rota para siempre. Y que el causante de tanto dolor es también víctima de sí mismo y del deseo que reflota en él como las metástasis de una descomposición interior. Lurie acude a la obra de teatro donde actúa la chica sin saber muy bien qué le mueve, pero su novio es capaz de ver su pelaje de lobo en la oscuridad y de echarle a patadas. Lurie tendrá que aplacar su deseo con una prostituta que hace la calle.
Este es el segundo punto de inflexión que abre la  novela hacia su desenlace. Aquí, el lector alberga ya pocas esperanzas de que el protagonista encuentre su lugar en el mundo, pero le mueve el ánimo tan humano de que la vida sea “otra cosa”, de que Lurie acepte por fin la derrota y compadezca a alguien de forma sincera, a alguien de carne y hueso, más allá de la Teresa, amante de Byron, que se lamenta en los linderos de su imaginación y que es un trasunto de sí mismo, llorándole al advenimiento de la vejez y a la extinción definitiva de su vigor sexual.
Lucy sería la primera candidata. Pero ha hecho una identificación con los violadores para esquivar el dolor inicial, para contener su rabia. Se inhibe de condenarlos y esto enfurece a su padre. Antepone así su deseo de ser adoptada por esa tierra, de dejar de ser una extranjera. Concebirá un hijo de ellos como acto de comunión. Pero David está lejos de aceptar tanto agravio. Su soberbia le alejará de ella.

Sólo le quedan los animales. Esos perros con los que, en un escalón al ras de la inclemencia, puede compadecer y salvar porque, y aquí Coetzee coloca su última banderilla al lector, están ya muertos cuando él les devuelve la dignidad. Se ha convertido en un ser mejor del que era en las primeras páginas. Ahora por fin es capaz de mostrar ternura, pero el requisito es que la criatura esté inerte, incapaz de devolverle una gratitud que pondría en peligro su desapego total hacia el mundo.